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Bah

  1. Madrileño y en 3D

    Lo escribí el Domingo 27 de marzo de 2011

    Es el primer martes por la tarde de la primavera en Madrid. Los oficinistas vuelven a casa paseando por la calle Luchana. Pero allí, en el cine que hace esquina, una cola que alcanza la puerta de la discoteca contigua se aprieta para sacar su entrada. No es que vayan a ver Torrente 4: no son jóvenes, ni fans atraídos por uno de los horterísimas preestrenos de la Gran Vía. Son señores y señoras ataviados con sus mejores galas que esperan pacientemente para aprovecharse del precio especial de un euro que hoy se les ofrece.

    Porque este Madrid, Madrid, Madrid del chotis no es necesariamente elegante, pero sigue teniendo encanto. Es, incluso, un pelín cutre cuando se lo propone. Eso sí, cuida el estómago y el bolsillo a partes iguales, y alimenta una de las pocas cosas por las que algunos no nos quejamos en absoluto de vivir en la capital del reino.

    Como aquellos mayores, procuro ir a cines de barrio cuando toca. Sigo prefiriendo las butacas desvencijadas y el estampado gastado de las paredes de esta sala al mega emporio de enfrente (los horrores de Las Rozas, a la vuelta de la esquina). Claro que la última vez que me acerqué a uno de estos cines, lo que topé fue a una taquillera borde negándome el descuento por llevar el carnet joven y a 4 personas ociosas desperdigadas por el patio de butacas. Igual que el pescadero sospechosamente sonriente y pesetero que suele intentar colarme estas doradas, «fresquísimas».

    Los viernes en el Camacho no cabe un alma, porque los camareros gruñirán con entusiasmo, pero nadie se resiste a la llamada de esos vermús alquímicos a euro y poco. En el Palentino corretean sin cesar los sábados, pero es que ¿quién puede hacer caso omiso a esos grasientos pepitos de ternera?

    Ahí lo tenemos: ¿por qué llena nuestro policía más insigne las salas del país? ¿Es lo que es, o es el 3D?


  2. Congresos, periodismos y cordero, mucho cordero

    Lo escribí el Sábado 12 de marzo de 2011

    Empecé a escribir estas líneas desde una Huesca primaveral. Huesca, por cierto, no es nada grande, tiene poco más de 50.000 habitantes. Y una catedral.

    Pero ayer  Huesca era trending topic en Twitter, y lo era ni más ni menos que por el motivo que me había llevado allí: el XII Congreso de Periodismo Digital (de Huesca).

    En el auditorio hervían ordenadores, iPads y móviles: las redes sociales reventaban ayer y anteayer de puro entrecomillado deliciosamente relleno de vacuidad. Por supuesto que algún esbozo de proyecto de idea hemos sacado, pero en general, uno tiene la sensación de que lo que más vale la pena son los contactos que pueden llegar a hacerse y, qué carajo, la comida. Dejaré de lado los episodios «Lo que pasa en Huesca se queda en Huesca» para evitar el sonrojo de algún congresista.

    Es lo primero que me dijeron al acreditarme, que si me quedaba cenar. Y me dieron un vale que gasté gustoso, para volver después al Edén, afrodisíaco pub local en el que lo más granado del congreso ya se puso tibio la primera noche a base de copas y futbolín.

    Porque hemos tenido a ponentes más repetitivos (pero por desgracia no tan sabrosos) que las judías que cenamos el primer día; hemos tenido a ponentes más populistas (pero que no achispaban el corazón) que el vinazo de segunda con el que regamos el bacalao al horno del segundo día; y hemos tenido a ponentes más abstrusos (pero no tan tonificantes) que la presunta ensalada de cogollos, gambas, huevo duro y anchoas de la última comida.

    Lo más reseñable y entrañable, sin duda, fue el anuncio del alcalde Luis Felipe de que la ciudad va a dedicarle una rotonda a Forges (porque «no hay nada más democrático que una rotonda»). Eso, y algunas charlas al fresco de la noche oscense mientras fumábamos, o las carreras por el histórico hostal Rugaca, o incluso escuchar a gente a la que conocemos y respetamos soltarse la lengua (y la melena) para dejarnos boquiabiertos.

    Pero por lo demás, el famoso Congreso de Periodismo parecía una broma de mal gusto. Una excusa que sorprendió, como bien decía alguien, a lo más granado de la profesión hablando sobre sí misma mientras que, al otro lado del mundo, se desencadenaba el cuarto mayor terremoto de la historia. No, aquí lo importante eran los 5.000 tweets por segundo, lanzar el discurso de turno con la accesoria soflama contra alguien o algo. Ya está ahí para contarlo y quedarse anonadado el respetable, integrado en su inmensa mayoría por estudiantes.

    Nos llevamos grandes recuerdos y, claro, algún destello fugaz de inteligencia, un mordisco de información enterrado entre el puro trámite: nos llevamos la permanente sensación de perplejidad ante un sector que no sabe ni lo que hace ni cómo hacerlo mejor y, en los momentos cumbre, un par de experiencias enriquecedoras de gente que sí sabe lo que pretende conseguir en esta selva de mediocridad y estrechez de miras.

    Me he tragado algunos congresos sobre Traducción y, si bien los vórtices de endogamia y onanismo puro y duro son frecuentes en esta clase de reuniones, en el caso del Periodismo la capacidad para hablar de todo menos de eso, de un oficio y de un arte, llegan a cotas alucinantes.

    Por lo demás, la pata de cordero correcta y abundante. Solo un consejo para el año que viene: pongan gaseosa al lado del vino.


  3. La cocina de los Oscar

    Lo escribí el Martes 1 de marzo de 2011

    Estamos en Los Ángeles. Esta noche se entregan los Oscar, los premios -quizás- más importantes de la «industria del cine». Bueno, más bien, estamos en una cocina de una de las plantas altas del Círculo de Bellas Artes de Madrid mirando fijamente a una pantalla y esperando a que un presentador o premiado tome la palabra.

    Dos voces masculinas y dos voces femeninas llevamos cuatro horas, cuando se acercan las 2 y media de la madrugada en España, con el ceño fruncido sobre el guión de casi 200 páginas que rigió, con paso marcial, la ceremonia de entrega de los premios de la Academia.

    Los técnicos corretean entre el plató de televisión y el de radio que nos rodean, van dando buena cuenta del catering entre carrera y carrera y nosotros, entre tanto, vamos repartiéndonos los papeles: «Bueno, yo creo que seré James Franco», afirma Fernando. «Oprah. Sí, soy yo, que tú eres Anne Hathaway», dice Christine a Christina. Por supuesto, el guión no revela todos los misterios («Pero ¿quién es TBR?»): nadie sabe por dónde van a salir los premiados, nadie puede esperarse la metralleta de nombres en la que se convierte Andrew Sorkin al recoger el Oscar al mejor Guión Adaptado; tampoco que Bob Hope pueda ponerse a charlar, desde el más allá, con Jude Law y Robert Downey Jr.

    Así van pasando las horas hasta que cae el telón: son casi las seis de la mañana en un Madrid de lunes que empieza a desperezarse y entre tragos de café hemos ido tratando de poner voz, con el mayor tino posible, a todo el firmamento de Hollywood. Han caído los premios más técnicos, en los que una voz en ‘off’ felicitaba a los técnicos reconocidos por haber «desarrollado tanto ese sistema de cabrestantes»: ojipláticos, nos giramos entonces hacia Christina y le aplaudimos en silencio para que las palmadas no se colaran por el micrófono. En una noche recurrente pero inolvidable, hemos sido, por un rato y en la sombra, desde Kathryn Bigelow hasta Geoffrey Rush, desde Steven Spielberg hasta Sandra Bullock, desde Gwyneth Paltrow hasta Randy Newman. Y todo… desde la cocina.


  4. Y estos ¿en qué creen?

    Lo escribí el Viernes 25 de febrero de 2011

    The businessman, who spoke on the condition of anonymity, described a recent dinner with a number of Afghan officials: “I said to them, ‘Look at the Taliban. They believe in their cause, and that sustains them. You people have no cause. You don’t believe in anything.’ And these guys just sat there in their chairs. They agreed with me.”

    Dexter Filkins, “The Afghan Bank Heist”: The New Yorker, Feb. 14 & 21, 2011

    Este pequeño párrafo dice mucho, no solo del papel de Estados Unidos en Afganistán (muy recomendable la lectura del artículo completo). También revela uno de los prismas fundamentales para entender qué está pasando hoy en el norte de África y en Oriente Medio: la peculiar relación que Occidente (o mejor, los occidentales) tenemos con ese trocito del mundo.

    Hace meses que veo a la gente despepinarse de la risa con el tonto yanqui, el que protagoniza vídeos como este:

    No obstante, tengo serias dudas de que a día de hoy haya muchos españoles capaces de situar en el mapa Afganistán, donde tenemos misión, o Irán, donde «les cortan las manos a los ladrones» o, si me apuráis, Libia, Egipto, o el propio Golfo Pérsico.

    La imagen que hemos logrado formarnos de esa zona, la superficial y la emocional, la que en momentos de calentón rige nuestras opiniones y percepciones. La profunda y colonialista percepción con la que, como buenos europeos en nuestro caso, vemos a ese vecino machista y retrógrado que tan mal nos cae.

    Todo esto tiene que ver, como digo, con el párrafo que cito arriba porque los motivos que están llevando a la población a derrocar dictadores (o a intentarlo: ¡Váyase, señor Gadafi!) están arraigados en una voluntad grupal y firme, en una convicción que, sin embargo, no parecemos captar del todo.

    He oído en los últimos días muchas soflamas entusiastas que hablan del hastío del pueblo, de una revolución idealista contra la opresión. Y no estoy del todo seguro que ahí radique la clave, o al menos no por completo, visto que muchos de ellos llevan no años, sino décadas encaramados al poder. La lectura es, como de costumbre, mucho más compleja, y atiende a toda una colección de factores tremendamente difíciles de analizar y de maniatar.

    Pero sobre todo, con estas revueltas, y con el consiguiente entusiasmo populista de algunos, percibo que se olvida por momentos el principio básico que nos ha aupado a formar parte del primer mundo que tan cómodo nos resulta. Es el mismo colonialismo ciego con el que evaluamos a determinados países y regímenes el que nos ha permitido explotarles sin cargo de conciencia alguno: todo un chollo moral. Es más, es el mismo colonialismo que nos confiere la presunta autoridad para evaluar a nuestros representantes, a los suyos y, por qué no, al mismo tonto yanqui.

    El silencio de la UE, o en el mejor de los casos, la actuación a rebufo de lo que diga Estados Unidos, no responde más que a nuestra capacidad para colocar totalitarismos por la puerta de atrás para luego tirarles huevos a la fachada.

    ¿En qué cree esta gente? Y ¿nosotros?


  5. Dublinesca

    Lo escribí el Miércoles 23 de febrero de 2011

    Dublinesca

    Enrique Vila-Matas

    Seix-Barral, Barcelona: 2010

    325 pp.

    Ya me ha costado meterme a leer Dublinesca. No por nada –París no se acaba nunca es una de mis novelas favoritas–, pero es que hay dos cosas de Vila-Matas que no soporto: a ese segmento de sus lectores que abren sus libros como si fueran álbumes de fotos, buscando al siguiente referente que el magno Dios ha señalado con su dedo (alguno seguirá intentando leer Ulysses a estas alturas); y lo que escribe cuando se encuentra plenamente bien, o lo aparenta.

    El Vila-Matas que más me gusta es el patético, el que está tan inmerso en esa parcelita literaria que resulta cómico, grotesco, muy gracioso. Ese es el que aflora en la primera mitad de Dublinesca y el que me seduce por la convicción de su prosa. Aquel dispuesto a enseñar sus miserias y obsesiones con tan poco pudor que se acaba por dudar de si lo está haciendo propósito (el reto, irónico, de la segunda mitad del libro).

    Y no digo que sea patético en el sentido anglosajón, como algo negativo, sino decantándome por la acepción más nuestra: que es débil, frágil, «malo» pero tierno. Autores como Vila-Matas solo me resultan gratos cuando se deja la piel en la novela. Da igual que siempre hable de lo mismo, como Auster; importa menos aún que se ensimisme y se enfangue en determinados pasajes. La gracia es asistir no solo a lo que contiene la propia novela sino también, y sobre todo, a lo que vive tras ella. Ahí, en esa trastienda, es donde está el autor genial.

    Todo lo demás es accesorio. Los libros que cita, la metaliteratura que exuda y demás devaneos son totalmente accesorios. Lo mejor es que ni lo sabe ni parece capaz de calcularlo; lo malo, es que sus novelas son una lotería: o son el gran acierto, o son el gran error. Eso sí, Dublinesca es todo acierto.