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Bah

  1. Hoy, en España (Cinco patinazos)

    Lo escribí el Domingo 24 de abril de 2011

    Creo que la operación salida ha llegado a las redacciones con todo su ímpetu. Repasando la prensa del viernes-sábado y la de hoy, domingo de resurrección, me he dado cuenta de que en tan solo dos ediciones, las principales cabeceras nacionales (confieso que no he tenido paciencia de consultar La Razón) han logrado condensar (todas) aquellos motivos por los que gustoso dejaría de leer periódicos.

    No son errores factuales, no son la clase de equivocaciones que se pueden cometer por las prisas. Eso ocurre a diario, y no se puede censurar.

    Se trata de errores, a mi jucio, más hondos, editoriales. Errores de sentido común, errores de fondo, errores que no hacen sino perpetuar la crispación, el cabreo y el hastío.

    Empecemos.

    Abc

    Abc, tratando de dar un giro a sus informaciones, ha hecho un examen a 400 estudiantes de bachiller sobre su cultura democrática y constitucional de cara a las próximas elecciones autonómicas y municipales, y también de cara a las generales del año que viene. ¿Están preparados estos neo votantes para enfrentarse a su responsabilidad?

    La respuesta es, obviamente, no.

    Los chavales no tienen claro en qué año se inauguró el AVE a Barcelona y en qué año a Sevilla; no tienen claro qué día se aprobó la Constitución; no tienen claro quién la redactó; no tienen claro cómo se elige al presidente del Gobierno. Sí. Es todo bastante comprensible, teniendo en cuenta que no se les enseña (y que, sencillamente, no estaban vivos: si no hubieran nacido un año después de que se inaugurara el AVE, seguramente se acordarían).

    Pero el trasfondo de la noticia parece, más bien, abonar el terreno a los comentarios. Los he consultado en diversos momentos y ahora mismo, a las 13.30, el primero es este, firmado por Marine Le Pen (es un poco largo, omito lo aburrido):

    HECHOS SON AMORES……La seguridad social Y CON MEDICINAS GRATUITAS, fue implantada por el régimen de Franco, para todo trabajador y familias. [...] El despido del trabajador era mucho más difícil que hoy [...] Al llegar a los 65 años: EL TRABAJADOR SE JUBILABA COBRANDO ÍNTEGRAMENTE LA PAGA QUE ESTUVIESE COBRANDO EN ACTIVO.

    Público

    El problema de fondo es, evidentemente la educación. En algo están, por una vez, de acuerdo Abc y Público. Claro que no tan, tan en el fondo. Titular de portada de Público.es ahora mismo:

    Los libros de texto se olvidan de la diversidad sexual

    Comentarios: 49 | S. HIDALGO / D. BARCALA

    Los activistas gays reclaman que la historia del colectivo se imparta más allá de Educación para la Ciudadanía y sea una materia transversal.

    No sé qué se puede decir. ¿Que sí, que vale? ¿Que no, que no vale? Da igual, todo lo que sea oponerse puede tener respuesta, agresiva, con olor a facherío: es la trampa que desde esa trinchera le tienden a Tertsch, a Losantos, a Burgos, a Sostres, a toda la caterva de indignados profesionales de la otra, la diestra, para poder perpetuar un partido de tenis aburridísimo entre estos y el incombustible Javier Vizcaíno.

    No deja de tratarse de una cuestión de lobby, término que suena bastante peor que «colectivo» pero que, creo se adapta mucho mejor a la realidad. El lobby gay tiene en Público un estupendo hogar, un buen sitio donde dejarse caer y dar pábulo a este tipo de informaciones (que no son informaciones, sino reivindicaciones) llamadas a dividir más: ¿O acaso si no estás en contra eres de derechas, y si estás a favor eres de izquierdas?

    La Gaceta

    Introduzco aquí la morcilla de turno de La Gaceta porque de absurda resulta casi entrañable. Fueron los chicos de Público los que fueron a darse cuenta, precisamente, de la situación de tensión que debió de vivirse en la redacción de la Castellana.

    Pongámonos: jueves santo por la noche, se ponen a preparar la portada de la edición de papel del viernes y sábado. Editoriales: correcto. Opinión: en su sitio. Informaciones: también. Eh, y mira qué fotón para la portada, de EFE, de unos legionarios llevando al Cristo en Málaga.

    Pero hete aquí que, a última hora, alguien se da cuenta de que uno de los legionarios lleva una esvástica tatuada en el brazo, una cosa discretita. ¿Solución? Sí, amigos: borrarla con Photoshop. Y dale otra vez a la matraca.

    Sin entrar en consideraciones religiosas, políticas, ideológicas, ni siquiera sobre el sentido común: ¿A nadie se le ocurrió pensar que en una foto del tamaño de una sábana nadie se fijaría en los detalles?

    El Mundo

    El caso de El Mundo atiende, más bien, a determinada línea desvencijada y morbosa que se empeñan en mantener, y que seguramente atrae a lo más selecto de la abyección patria. Titular de hoy:

    Se suicidó tras ser despedido

    El profesor español de Princeton, ¿víctima de una conspiración?

    La información versa sobre un señor que, cuatro días después de abandonar su puesto, se suicidó en su apartamento. El artículo no aporta absolutamente nada más que esa información, aunque sí se preocupa de regarla con una dosis de especulación gratuita y de frivolidad que a la familia del finado debe de haberle sentado de maravilla.

    Y si a esto le sumamos el hecho de que, salvo excepciones, es muy recomendable no informar sobre suicidios para que no se produzca un efecto llamada, tenemos el cóctel perfecto de lo innecesario, lo evitable y, por qué no, lo peligroso. Bravo.

    El País

    Por su uso de un español retorcido y trabado, me ha costado horrores leérmelo, pero finalmente lo he hecho. Me refiero al artículo de opinión de José María Izquierdo en El País de ayer y antesdeayer en el que, de alguna manera que se me escapa, ha logrado mezclar el fútbol de Mascherano o de Arbeloa con la postura del PP ante la negociación con ETA. Sí, sí, como suena.

    Recluido ya en los medios de extrema derecha, el exministro del Interior [Mayor Oreja], tan demócrata y tan cristiano, no tiene el menor empacho en utilizar el terrorismo como arma de destrucción del enemigo. [...]

    Y si en ambos casos los ejecutores del tajo y la bazofia son quienes hemos citado con nombre y apellido, qué duda cabe, muchos les acompañan en la complacencia del silencio, cuando menos, o del apoyo más o menos directo cuando más. Florentino Pérez, Jorge Valdano o los jugadores que no recriminan a Pepe la entrada alevosa a Messi deben llevarse la parte alícuota de la vergüenza. Como Mariano Rajoy o Dolores de Cospedal, tan contentos y sonrientes de que sus licántropos les hagan el juego sucio mientras ellos fungen, o lo intentan, que ya no cuela, de amigables centristas.

    No lo entiendo. Es decir, sí, pero hay que tener redaños.


  2. Día del libro (abrumado en el Atlántico)

    Lo escribí el Sábado 23 de abril de 2011

    Cito Mortal y rosa, de Umbral:

    La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras.

    Ayer, después de cenar, y paseando por las callejuelas de Muros, con la ría al lado, empezamos a seguir uno de los pasos de Semana Santa, con una banda de música de calidad discutible. Era el único camino posible para volver a casa. El suelo estaba empapado, acababa de llover. Y la solemndidad del momento, sin embargo, podía masticarse. Pero no explicarse.

    Entonces, con los cadenciosos y lentos pasos que estaba obligado a dar, pensaba en todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, en el cóctel de vidas, impresiones y pasiones que se estaban desatando en cada uno de los lugareños que, sin saberlo, me han visto crecer con cada visita esporádica. Según el INE, en el último siglo en todo este concejo la variación demográfica no ha llegado al 10%: hay 800 habitantes más que en 1900. Están inmóviles, y sin embargo no se están quietos.

    Pasan demasiadas cosas en Muros, y demasiadas, pocas, como para lograr explicarlas todas. Esta casa de piedra que levantó algún antepasado, este puerto que cambia constantemente, estos pescadores y este frío granítico que enciende las neuronas y despierta los recuerdos.

    Ese mejunje, todo lo que ocurre al mismo tiempo, me parece casi imposible de detener. Ese cóctel al que me refería, esa simple imagen de los muradanos paseando al santo de turno como han hecho siempre, esas calles mojadas y, por qué no, ese pulpo a la gallega que parece no acabarse nunca. Estampa que me parece casi imposible de recoger.

    Parece que por mucho que agarre la pluma nunca lograré contarlo, y sin embargo me empecino en hacerlo. Por muchas páginas que escriba (qué paradoja: hoy es el Día del Libro pero no hay prensa en papel) creo que nunca lograré dar cuenta de todo eso que no cabe ni aquí, ni en una foto, ni en un vídeo, ni en nada.

    Solo algunas novelas y poesías lo consiguen, las que trascienden las recetas y nos sitúan en otro plano, las que acarician el milagro.

    Y vuelvo a citar a Umbral:

    Hay una dimensión del hogar que sólo descubre el niño. De la persona descomunal que le toma en brazos, sólo le interesa un botón determinado. Del mar sólo le interesa una concha. Sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño.

    Aunque solo sea por hoy: Feliz día del libro.


  3. ¿Botellón?

    Lo escribí el Viernes 22 de abril de 2011

    Es miércoles. Se está jugando la final de la Copa del Rey entre silbidos y el himno a un volumen «en el umbral del dolor», según dicen.

    En una marisquería no muy lejos de la playa, algunos se hinchan con buenos productos del mar y con selectos vinos blancos. Fuera, pasan dos jóvenes sospechosamente emperifolladas –mañana es jueves santo y, por tanto, fiesta–: «Tía, ¿sabes que hay una movida que la copa cuesta 150.000 euros?» «¡Calla, ho!», contesta exageradamente su acompañante.

    A simple vista, cualquier chigrero que haya vuelto a la calle, a fumar para aliviar los nervios de tan cardíaco encuentro, diría que esas dos chicas son víctimas de su tiempo, frutos de una educación que reformar y de un sistema que se derrumba.

    Un par de horas antes de que comenzara el segundo de los partidos de la tetralogía llamada a parar el país, un candidato a la alcaldía de su ciudad estaba comprometido, en las redes sociales, con su mensaje político y su consabido discurso electoral.

    Sin embargo, ahora, al filo del fin de la primera parte, con el gol (que no es gol) de Pepe, con medio país saltando del butacón y el otro medio tratando de aislarse del deporte rey, nuestro candidato retransmite un escueto pero significativo «Qué mal Arbeloa…» Ahora estamos a lo que estamos.

    Hay quien se abstrae, en esta noche de abril, con un cine y una buena cena (la minoría) y hay quien se abstrae con un buen Madrid-Barça (la mayoría), con lo que ello conlleva. Hay quien se abstrae, en primavera en general, con un terraceo. Hay quien no deja de ser cabal. Y hay quien, imitando a sus mayores o tratando de cabrearles, se apalanca en el parque de turno para circunvalar los derechos que le otorga su edad y ponerse tibio. Pues bueno.

    Podríamos examinarlo todo (empezando por los botellones, siguiendo por los patadones de Messi al respetable) a la luz del café meditado del sábado por la mañana, al calor analítico y somnoliento de los lunes. Pero de momento, mañana es fiesta, y el marcador está a ceros.


  4. La operación Moccia

    Lo escribí el Miércoles 20 de abril de 2011

    Hay ciertos autores que no te apetece leer. Por lo que sabes de ellos, por lo que te sugieren o por lo que gente en la que confías te ha contado. Dentro de ese grupo, los que puedes llegar a detestar sin haber leído son un núcleo ínfimo, enano: son la cumbre del prejuicio. En general, suele contribuir a formar estos bajos sentimientos una horda de fans o un fenómeno social invasivo y difícil de tragar.

    En mi caso, Federico Moccia está muy cerca de ese centro. Hoy aparece en El Comercio un texto sobre su nueva incursión en el cine. Bueno, así, de memoria, veamos qué sé de Moccia:

    –Que es italiano.

    –Que tiene un apellido que ya me suena empalagoso de por sí.

    –Que está forrado.

    –Que escribe libros como churros.

    –Que escribe sobre amor. Siempre.

    –Que escribió la novela en la que se basa Tres metros sobre el cielo.

    –Que ahí salen Mario Casas y María Valverde, y que reventó la taquilla.

    –Que nunca en la vida la veré, porque no veo cosas que se llaman como empresas de cola industrial (3MSC).

    –Que por su culpa en Roma hay un puente en el que la gente ata candados para sellar su amor y luego tira las llaves al Tíber y que hay unos señores allí que se están sacando un pastizal a costa de los guiris empalagosos.

    –Que he estado a punto de vomitar algodón de azúcar (rosa, muy rosa) al leer la contracubierta de alguna de sus obras en un aeropuerto, una estación o cualquier otro recinto donde pueda haber libros y humanos al mismo tiempo.

    Esto es lo que sé de Moccia. No solo no me gusta, sino que no quiero saber más.

    Quizás sea el autor que me cambiará la vida cuando, empujado por el fin de Sexo en Nueva York, me apoltrone en mi sofá de Ikea a atiborrarme de helado de chocolate bajo en calorías. Pero de momento, prefiero mantenerme alejado de él.

    Sigo creyendo que es mejor que alguien que no leería en su vida se trague las obras completas de Moccia a que no abra un libro en absoluto: no quiero perder la esperanza de que un movimiento tan mecánico como es pasar una página y mirar qué pone en esas manchas negras acabe desembocando en una lectura de verdad.

    Lo que sí resulta inquietante es lo que hay detrás. Para que se pueda producir el salto de Moccia a alguien que no te haga llorar sirope, algo te tiene que despertar su lectura. Algo que no te pueda despertar otra cosa que no sea la lectura. Y en este caso, sospecho que la experiencia Moccia no difiere mucho de esnifar ositos de gominola.

    Está bien que cada cual escriba lo que considere oportuno. Y que lo compren, que lo lean. Que se den besitos sobre el Tíber. Pero por favor, que no se lo crean. O les suelto a Umbral.


  5. ¡Fascinaos!

    Lo escribí el Lunes 18 de abril de 2011

    No he leído el famoso ¡Indignaos! de Stéphane Hessel que, aparte de despertar a la juventud, debe de estar financiándole unos meses de vida cómoda. Eso sí, conozco su discurso y he escuchado a su «homólogo» español, José Luis Sampedro, hablar del agotamiento del sistema y de modelos de crecimiento y de ejes de poder y de claves de análisis.

    En las últimas semanas los ánimos, efectivamente, se están caldeando. Y en los últimos días, con unas vacaciones agradables y un verano prematuro a la puerta, más de uno se declara feliz y relajado del parón informativo. De que las malas noticias dejen de llovernos. Hasta que ve el excepcional Inside job y se cisca en los muertos de algún habitante de Wall Street. O hasta que lee un reportaje sobre la juventud, el paro y el hastío en España y hace lo propio con su situación en nuestro país. O hasta que, en un acto de masoquismo, se lee un periódico de arriba a abajo.

    Situémonos en ese momento, el de decidir si nos dejamos salpicar por la bilis o no.

    En los últimos meses, he tenido la oportunidad de visitar ciertos círculos gastados, usadísimos, y de conocer a ciertas personas que parecen tener por valor supremo el embotamiento. La reacción natural ante ellos es la indignación y el desánimo. La mía y la de cualquiera, creo.

    Sin embargo, prefiero quedarme con ese otro grupo de profesionales, amigos, libros, entrevistados, compañeros, oyentes, profesores, escribientes, pensadores y guisos (qué judías hacen en Zamora, ¡qué judías!) que están ahí, al alcance de la mano.

    Al volver de tocar en Murcia hace unos días, perdido en Pozoamargo (Cuenca), estaba bajo la solana a unos 35 º. Un lugareño, que parecía estar masticándose a sí mismo, me miraba con curiosidad. Llevaba, a pesar del calor, un jersey y un abirgo, y unas botas. «Aprieta el sol, ya, ¿eh?», me dijo, acompañando sus palabras con lo que interpreté como una sonrisa. Y se metió en la tasca.

    Aquel hombre, despreocupado, me hizo recordar que de poco sirve indignarse. De poco sirve cabrearse ante el esperanzador (estoy siendo irónico) mercado laboral que nos agurda. Porque lo único que nos diferencia de ese hombre es que nos hemos podido formar más, hemos viajado más, hemos leído más, hemos tenido la oportunidad de conocer más. Eso, y que nosotros nos indignamos. Él, me imagino, se fascina. Porque hace sol y estamos a 35 º.

    Probablemente no vote en las próximas elecciones porque estoy agotado del rufianismo y la mezquindad; probablemente me cueste un mundo encontrar acomodo en este tiempo que nos ha tocado vivir porque no soporto la mediocridad, ni siquiera para echarme un bocado al plato. Como tantos y tantos. Pero estoy convencido de que no es imposible, ni siquiera es difícil vivir así: es tan fácil como sacar la cabeza de nuestro banales cabreos, levantar la vista, y tomar aire. Y dejarse fascinar.