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Bah

  1. La flaqueza del Niemeyer

    Lo escribí el Lunes 12 de diciembre de 2011

    Es muy probable que la caída en desgracia (presupuestaria, política, municipal) de la Semana Negra en lo que al nuevo ejecutivo gijonés respecta comenzara con el primer ultimátum de Paco Ignacio Taibo II, su director. No hay nada peor que buscarle las cosquillas en público a un político.

    Es el síndrome del ultimátum, un virus que con el cambio de Gobierno se ha extendido como setas por la región y que también ha tocado al Centro Niemeyer de Avilés.

    El consejero de Cultura de esta nuestra Asturias, Emilio Marcos Vallaure, es un señor, digamos, decidido en la forma de presentar sus planteamientos: en su comparecencia ante la Junta General del Principado de Asturias dijo, en referencia al modelo del Niemeyer:

    Aflora una ideología de forzada modernidad, que se queda a medio camino entre la ambición frustrada y una perspectiva original pervertida por su alejamiento de la cultura.

    Todo un charco de gasolina en el que solo hacía falta una cerilla. Esa cerilla se llama Natalio Grueso y dirige, dirigía, dirigiría o dirigiera el Centro Niemeyer:

    El cierre del Centro Niemeyer a finales de la próxima semana es un símbolo de la derrota de la sociedad civil y de la ciudadanía frente a la política, o quizás sea más preciso decir frente a determinada forma de hacer política, esa basada en la destrucción y la venganza despreciando el bien común.

    Tampoco es cuestión de aburrir con las dagas que vuelan de un lado a otro. Resultado: el Niemeyer está cerrado. De su futuro poco se sabe, aunque los pronósticos no son de lo más halagüeño. Aquí la polémica está en la calle, pero, como ocurre de vez en cuando y para desgracia de quienes queremos que este asunto se resuelva rápida y velozmente, la prensa nacional ya ha entrado como un elefante en una cacharrería.

    En octubre, fue esta sonrojante información, por llamarla algo, de La Sexta:

    Y este lunes, ha sido El País el que ha permitido a Borja Hermoso escribir este reportaje, o editorial. Extracto algunas perlas:

    Todo es dinero, la política también; todo es política, la cultura también. Con el primero de por medio, la tercera suele pasarlo fatal en las fauces de la segunda.

    [...]

    Álvarez-Cascos y su apisonador Foro Asturias, armados hasta los dientes con el ferozmente demagógico aunque eficaz argumento de que, en tiempos de crisis, hay que recortar en cultura, llevan seis meses enfrentados a los gestores de la Fundación del Centro Niemeyer.

    Kevin Spacey ha defendido el Niemeyer, y ha brindado en Avilés el lujo de su Ricardo III. Y lo defienda Spacey o el Papa, el caso es que en un sitio como ese nada malo puede ocurrir. En un espacio reservado a la Cultura o a la cultura, elíjase la mayúscula, el beneficio obtenido es irreprochable.

    Pero ocurre que estos equipos solo se sostienen con dinero público, del que maneja la política, y ocurre que sus gestores y todas aquellas personas que orbitan en torno a su funcionamiento tienen que dividir su talento y su aptitud entre mantener una paz mínima y jugársela con la programación.

    Igual que la Cultura, o la cultura, es un patrimonio irrenunciable y no siempre rentable económicamente, la entrada en este tipo de lizas no le hace ningún favor a nadie. Y, lo que es peor, no tiene vuelta atrás.


  2. Brañaganda

    Lo escribí el Domingo 11 de diciembre de 2011

    David Monteagudo se hizo conocido (para lo que es ser conocido en este mundillo) con Fin, una novela (que no he leído) que venía envuelta en ese halo del autor de vocación tardía, el que coge la pluma pasada la treintena.

    Juan Marsé es, probablemente, el máximo representante de este grupo, y a la vista están los resultados: es posible ponerse a escribir tarde.

    Brañaganda invita a acordarse de que hay quien es capaz de contar mucho en poco y quien prefiere contar nada en mucho, con resultados espectaculares si sale bien. Monteagudo se queda aquí a medio camino entre ambas opciones: la idea es muy buena pero el desarrollo es insuficiente, y parece que justifica esta infusión narrativa por un subtexto rural, humano, intenso que no llega a domar del todo.

    Parece que cuando el aterrador lobishome se va a convertir en el centro de la narración, ora por sus brutales actos, ora por el efecto que produce en los personajes, el autor se queda con el balón pegado a los pies, la portería vacía delante y los once jugadores del equipo contrario corriendo hacia él para quitársela sin esfuerzo.

    El lector, como un hincha, le grita desde la grada, se tira de los pelos por impotencia y ve cómo se desvanece la posibilidad de gol: las procelosas relaciones familiares y vecinales de Brañaganda están bien esbozadas pero les falta textura; la tensión sobre quién es el lobishome, sobre su existencia o no, desaparece al poco de plantearse; y, en cuanto a la atmósfera general, quizás a los detalles y giros argumentales les falte un conocimiento más íntimo del medio: en ocasiones, Monteagudo tropieza con la misma piedra que aquellos que escriben novela negra basándose no en lo que saben o creen saber, sino en lo que han visto por la tele.

    Brañaganda es una novela bien escrita, con un principio y un final (algo por lo que, hoy en día, podemos darnos con un canto en los dientes), pero que no pasa de ser anecdótica y adecuada para llevar en el tren. De ahí la decepción: comparte colección con Stefan Zweig, con Pessoa… Hay ligas, señores de Acantilado. Hay ligas.

    Brañaganda

    David Monteagudo

    Barcelona, Acantilado, 2011

    282 páginas


  3. En invierno hace frío; y en verano, calor

    Lo escribí el Miércoles 30 de noviembre de 2011

    Desde el lunes y hasta el viernes de la semana se está celebrando en Durban, en Sudáfrica, la cumbre –otra cumbre– contra el cambio climático auspiciada por la ONU. Después de dos días, los visos de éxito son prácticamente nulos: España no tiene postura común todavía y la Unión Europea, tampoco. Tienen hasta la semana que viene, cuando acudan los ministros (de momento solo se han reunido los expertos).

    El problema, dicen, es el mismo que hace más de veinte años: la falta de voluntad política. Que China y Estados Unidos tienen un impepinable problema con Kyoto difícil de sortear. Para entendernos, lo que se intenta es casi que los países participantes se pongan de acuerdo para fijarse unos techos de contaminación y que, con ello, produzcan menos energía por el bien del planeta.

    Un objetivo algo naïf que, si bien ha servido a Al Gore para hacerse rico y a Rush Limbaugh para hartarse a echar bilis por la boca, no ha tenido mayor predicamento entre la gente que en realidad se ocupa de decidir estas cosas.

    Los que defienden la existencia del cambio climático defienden que hay que confiar en nuevos modelos energéticos que aunque ahora no salgan rentables lo harán en el futuro. Los contrarios (siempre hay contrarios), que el cambio climático es un invento y que por tanto el peligro es nulo: podemos seguir cocinando el pollo asado sobre un bidón de gasolina en llamas.

    España es, en este sentido, un modelo en las energías renovables. O lo era. También lo es (o lo era) por su alta velocidad, y estamos muy orgullosos de ello. Pero ocurre que llegó la crisis, llegó el caimán y el discurso de Gore y las lecciones sobre ecología, aprendidas desde pequeños en libros chorreantes de tintas peligrosísimas, se han olvidado de golpe. No, ahora toca crear empleo y luego ya veremos. Corramos un tupido velo, por descontado, sobre las subvenciones a la energía eólica o las placas solares.

    Algún día será rentable. Ese día no es hoy: el cortoplacismo catastrófico es lo que tiene. Basta un Al Gore defendiendo desde esa plataforma elevadora que tanto le gusta que el advenimiento está al caer para opacar todas las posturas intermedias, todas las que quedan entre la que niega la necesidad de un cambio y la que lo urge mediante el matonismo.

    En resumen, las renovables son muy vistosas, pero muy poco rentables (y más desde que se decidió pasar de ellas). El cambio climático es, sin embargo, muy rentable y poco peligroso, en tanto en cuanto es invisible. En invierno hace frío; y en verano, calor. Punto.


  4. Yo también quiero un indulto

    Lo escribí el Martes 29 de noviembre de 2011

    El viernes pasado el Consejo de Ministros aprorbó el indulto a Alfredo Sáenz, consejero delegado del Banco Santander, además de a otros dos imputados en la misma causa, que tiene que ver con el turbio caso Banesto allá por 1994. Y no dio más que la explicación que se suele dar en estos casos: el informe favorable del Ministerio Fiscal. José Blanco, que quizás ya se esté estudiando el trámite por si le pillan en un renuncio (ayer supimos que el Ministerio Fiscal interesa que el Tribunal Supremo le abra una causa), dijo que estas cosas no suelen explicarse.

    ¿Es normal que se indulte a la gente en este país? Me temo que sí. La ocasión más reciente es el 24 de octubre, cuando se publicaron cuatro indultos en el BOE; antes, el día 14, se indultó a un buen puñado de civiles y a una ristra inconmensurable de militaries. Más indultos el 3 de octubre, y el 16 de septiembre… No es algo infrecuente. Y, además, como efectivamente apuntaba el Ministro de Fomento, la fórmula siempre es la misma: dos escuetos párrafos en los que, básicamente, se viene a dar cuenta del indulto, sin más.

    Ahora bien, a la vista de los cuatro últimos indultos concedidos, el de Sáenz llama algo la atención. Mientras que a él se le indulta  por un delito de acusación falsa, a los últimos diablillos a los que se ha perdonado o conmutado la pena son: una traficante (delito contra la salud pública, 3 años de cárcel y multa de 258 euros); un falsificador y estafador (seis años de prisión y uno de multa); un tipo condenado por resistencia a la autoridad (por Dios…); y el autor de un robo con fuerza (en grado de tentativa).

    No parecen nada del otro mundo. La de Sáenz, tampoco: ¿qué problema tendría entonces este hombre en pagar unos pocos de ricos euros y santas pascuas? Uno grande: que no podría volver a ser banquero si se le condenaba, por esto que el Banco de España entiende como honorabilidad y porque la pena de inhabilitación para el sufragio pasivo quedaba conmutada por la de la prohibición de desarrollar profesiones relacionadas.

    Asunto feo, este. No solo porque el Santander mantenga al personaje a su frente, sino porque el Gobierno saliente, ahora y solo ahora que puede armar el ruido que le plazca, decide indultarle y apartarse de puntillas.


  5. Vil metal

    Lo escribí el Lunes 28 de noviembre de 2011

    El vil metal, el pecunio, el dinero. Al final, es de lo que llevamos hablando toda la semana en el Festival Internacional de Cine de Gijón, que terminó el sábado.

    Se ha completado un ciclo que está empezando a ser frecuente en Asturias en los últimos tiempos: se celebra un acontecimiento anual, como es este, y de pronto empieza a mirarse con otros ojos, con extrañeza la edición correspondiente: ¿Será rentable? ¿Le quitarán las subvenciones? ¿Habrá exabruptos? ¿Se pegarán unos con otros? Ay, qué nervios.

    En eso andamos con el festival, con el «cadáver aún caliente», como dice un amigo mío.

    Montxo Armendáriz, en el encuentro que mantuvo el mismo sábado con medios y aficionados, dijo muchas cosas con las que no estoy de acuerdo, pero sí dijo una que, aunque todos sabemos, conviene que alguien nos recuerde de cuando en cuando: que no todo se puede medir en términos económicos.

    A los gijoneses, a los asturianos, como a todo el mundo, nos gusta salir de casa y hacer cosas. Así, en general. Nos gusta ir a conciertos, a exposiciones, al teatro, a la ópera, al Aquasella, a beber hasta caernos al suelo, de botellón, de excursión, de fartura a algún pueblo perdido, de viaje… Nos gusta, nos gusta todo eso y más.

    Por desgracia, Asturias no es grande y acusamos, en cierta medida, ese efecto Springfield, el pueblo de Los Simpson: tenemos de todo, pero, en muchos casos, tenemos uno solo. Chigres tenemos a manta, y buena comida, también: es por lo que se nos conoce. Así todo de vez en cuando nos gusta tachar de esa lista de arriba la fartura y la borrachera y ocuparnos de otras tradiciones, acudir a distracciones que ni salen caras ni salen mal.

    Se me ha olvidado añadir, a la lista de cosas que nos gustan, otra más: criticar. No con mezquindad –o sí– pero es algo que nos presta por la vida. Aunque solo sea por mantener los viejos usos, esperemos no perder nunca esa posibilidad: la de criticar. Que encima, es gratis.