Qué cosa tan jodida –y perdón por el exabrupto– esto del éxito, o del muy hollywoodiense success. Un día, alguien se descubre frente a un montón de flashes y de personas que aplauden; al día siguiente, está bebiendo de una botella sucia al lado de un Bukowski cualquiera.
Hay una escena espléndida en la no menos excepcional El prestigio en la que el mago, que tras ejecutar su ilusión acaba debajo del escenario, no tiene más remedio que hacer su reverencia hacia una pared: escucha la ovación, pero no puede salir a escena a recibirla.
Supongo que en ese mundo, el de los flashes, el del success más que el del éxito, lo que se crea a su alrededor es una pared, una cortina adictiva, cainita y agotadora que poco tiene que ver con los pequeños éxitos a los que aquí, por poner el caso, está sometido cualquiera: estoy seguro (no me voy a ir lejos) de que más de una de las caras, desconocidas para la mayoría, que se han hecho un hueco en la lista electoral del PSOE para las próximas elecciones en Asturias estarían anoche con alguien querido, en algún buen restaurante, brindando por los réditos de la carrera política.
No es que el éxito, el success de Whitney Houston fuera uno de ese tipo, multiplicado por diez mil, por cien mil, por diez millones. No, su éxito residía en haber traspasado las infranqueables fronteras del showbiz hacia sus intestinos para luego volver a traspasarlas en dirección opuesta, hacia el mundo. Para convertirse en la cara más deseada, la voz más escuchada… Y en ese mundo, eso no puede ser fácil de gestionar.
Tenía 48 años, probablemente una de las peores edades para dejar este mundo: con un buen trecho recorrido y otro, no menos apetecible, por recorrer. Y a falta de conocer las causas de la muerte, planea sobre el titular un historial de cocaína, marihuana, pastillas y éxitos naufragados en una industria a la que no supo sobrevivir.
Descanse en paz.
