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Lo que se oye

  1. Whitney

    Lo escribí el Domingo 12 de febrero de 2012

    Qué cosa tan jodida –y perdón por el exabrupto– esto del éxito, o del muy hollywoodiense success. Un día, alguien se descubre frente a un montón de flashes y de personas que aplauden; al día siguiente, está bebiendo de una botella sucia al lado de un Bukowski cualquiera.

    Hay una escena espléndida en la no menos excepcional El prestigio en la que el mago, que tras ejecutar su ilusión acaba debajo del escenario, no tiene más remedio que hacer su reverencia hacia una pared: escucha la ovación, pero no puede salir a escena a recibirla.

    Supongo que en ese mundo, el de los flashes, el del success más que el del éxito, lo que se crea a su alrededor es una pared, una cortina adictiva, cainita y agotadora que poco tiene que ver con los pequeños éxitos a los que aquí, por poner el caso, está sometido cualquiera: estoy seguro (no me voy a ir lejos) de que más de una de las caras, desconocidas para la mayoría, que se han hecho un hueco en la lista electoral del PSOE para las próximas elecciones en Asturias estarían anoche con alguien querido, en algún buen restaurante, brindando por los réditos de la carrera política.

    No es que el éxito, el success de Whitney Houston fuera uno de ese tipo, multiplicado por diez mil, por cien mil, por diez millones. No, su éxito residía en haber traspasado las infranqueables fronteras del showbiz hacia sus intestinos para luego volver a traspasarlas en dirección opuesta, hacia el mundo. Para convertirse en la cara más deseada, la voz más escuchada… Y en ese mundo, eso no puede ser fácil de gestionar.

    Tenía 48 años, probablemente una de las peores edades para dejar este mundo: con un buen trecho recorrido y otro, no menos apetecible, por recorrer. Y a falta de conocer las causas de la muerte, planea sobre el titular un historial de cocaína, marihuana, pastillas y éxitos naufragados en una industria a la que no supo sobrevivir.

    Descanse en paz.


  2. Ya no se hacen catedrales

    Lo escribí el Miércoles 25 de enero de 2012

    Se puede hacer un Calatrava, un Niemeyer, un Ghery. Pero tiene que servir para algo: ya no se hacen catedrales.

    Será un edificio bonito, a la par que funcional. Será un edificio en el que hasta el último tornillo tenga una utilidad más allá de la estética, en el que todo rincón tenga un fin claro.

    Ya no se hacen catedrales. Ya no se hace nada «porque sí». Buscar la belleza por la belleza, la enormidad por la enormidad solo tiene perdón si al final da dinero, acoge congresos de dentistas o permite alojar a unas cuantas familias.

    Últimamente, he pasado suficiente tiempo metido en los entresijos de Peter Grimes, la última ópera de la temporada en Oviedo, como para conocer al equipo que allí curra. Obviamente, hasta que no se estrene no sabremos si el resultado es una catedral de las que aguantan o de las que se derrumban, pero el caso es que va tomando forma día a día.

    Ves al coro de la Ópera de Oviedo escuchando las lecciones de dicción del director de escena, David Alden, perfectamente vestidos después de 7 horas de ensayos.

    –Jobs. You say joooobs –pronuncia Alden.

    Y las siluetas contestan, ante la mirada paciente de su director, Patxi Aizpiri, y la atención precisa del maestro Corrado Rovaris.

    Y Albert, el regidor, corretea y se estresa, igual que Marioli, la jefa de producción. A Javier, director artístico, le arde el móvil; Alicia organiza a la prensa; Toni, la montaña humana que se ocupa de la técnica, da órdenes sin parar.

    Todos, del primero al último, parecen trabajar sin un objetivo concreto, parecen correr sin tener en cuenta el sentido o el producto final. Se ensimisman en los detalles, como hace la gente de su profesión, para que el resultado cuando se levanta el telón sea el buscado desde un primer momento.

    Construyen catedrales, porque aunque el teatro se llenara cada noche este nunca se iba a convertir en el negocio del siglo para nadie. Quizás la catedral se caiga, como digo, pero al menos estas gentes de escena ponen una piedra encima de otra.

    No, ya no se hacen catedrales.


  3. Lo viejo y lo nuevo

    Lo escribí el Martes 24 de enero de 2012

    Los fans condicionales y condicionados tenemos el gran problema de que tardamos horas, incluso días, en decidir si lo último del ídolo nos gusta o no. En esta ocasión, el bocado ha sido este, y ha requerido de todo el fin de semana para llegar a una conclusión:

    La última vez que le vi en directo me prometí no volver a hacerlo, al menos con la E-Street Band, para no destrozar las buenas sensaciones que me dejó. Sigo firme con mi objetivo.

    Al lado de lo que es, o fue capaz de hacer, esta canción es bastante flojera: letra endeble, melodía simple y arreglos ramplones.

    Pero, con todo, me pone de buen humor, me despierta, me da ganas de barrer, de cantar, de fregar los cacharros, de andar por la calle, de no aburrirme. No sé qué pasa con tres acordes y ninguna floritura.

    De viejo, me acusan al chaval. De haber perdido la pegada y de no ser capaz de innovar más. De hacer nada así, nuevo, y de estar estancándose en lo que hacen los grupetes con los que se junta últimamente, como The Gaslight Anthem, a los que servidor no aguanta.

    El fan condicional y condicionado lo es porque procura escuchar varias veces los singles no con el objetivo de que le gusten sino de disfrutarlos en distintos momentos del día y de la noche. De darles nueva vida o de que se la den a él, como pasa con este temazo de los Black Keys que lleva pegado a mi cabeza una semana, sin dejar hueco a la posibilidad de que el propio fanatismo sea el que hace escucharlo.

    Springsteen para el común de los mortales, Bruce para los amigos, se nos hace mayor. Ahora bien, parece que se acerca más al retiro olímpico que a una residencia de ancianos de Florida: hazte viejo, Bruce. Que innoven otros.


  4. Hablar por hablar

    Lo escribí el Domingo 15 de enero de 2012

    A lo largo de esta temporada de la Ópera de Oviedo he disfrutado de todos sus  los títulos en distintos momentos de su vida artística: ensayo general, segundo reparto, función. Y todos los he disfrutado, como digo, a pesar de aquel que en este aria abría un caramelo sonoramente, o del otro, el que tenía un acceso de mocos en mitad de una majestuosa obertura. O del que, claro, estaba mirando el reloj y hablando con su peripuesta acompañante sin prestar atención al espectáculo. Por suerte, han sido pocos. Y cobardes, que se callan con una mala mirada.

    Pero es que, además, el otro día vi a cierto artista de más que reconocido talento, o fama, en cierta sala de Gijón. Y tocaba en acústico, y desnudaba sus canciones para el entregado público que había pagado un dinero nada desdeñable por su recital, por la mera herencia de los recuerdos que le había dejado su pasado triunfal. También allí, con los monitores a un volumen decente y las acústicas y voces en su punto, descubrí que se escuchaban las toses, los caramelos, las conversaciones. Los mocos.

    Convertido todo, eso sí, en ruidosos choques de vasos y exagerados gritos entre los unos y los otros. Muy tabernario, el intercambio entre determinada actriz, sus atopadizos colegas y las miradas asesinas de quienes habían pagado por ver al ídolo empuñar la guitarra.

    Ópera y pop encontrados, casados, unidos (¡milagro!) no por el pésimo gusto de algún músico que no ha entendido nada, sino por el simple hecho de que la gente, por motivos inexplicables, habla en los conciertos. Habla por hablar.

    Dudo que las óperas vistas (El murciélago, La italiana en Argel, La flauta mágica y Norma) sean para oídos entrenados; igual que el artista popero al que me refiero. Dudo que sea fácil aburrirse, o incluso que vayan dirigidos, todos ellos, a las élites. Pero por A o por B –probablemente por C, es decir, por culpa de todos a la vez– nos ha faltado esa mala mirada a tiempo. Y es una pena. Hablamos por hablar, cuando estaríamos más guapos callados.


  5. Con frecuencia, Beethoven

    Lo escribí el Martes 10 de enero de 2012

    El otro día cayó en mis manos un documento curioso: un estudio médico que versa sobre la correlación entre la sordera de Beethoven y su proceso compositivo a lo largo del tiempo. Este, realizado por Edoardo Saccenti, Age K Smilde y Wim H M Saris, se centra en el uso de determinadas frecuencias por parte de Beethoven en función de lo que oyera: al parecer, percibía mejor las frecuencias bajas que las altas, y por lo tanto se sentía más cómodo con composiciones (en especial las de la última época) no graves, ya, sino directamente oscuras.

    Ahora bien, dicen los doctores que quizás al genio no le hiciera falta oír nada para componer. Que quizás, como decía Wagner, la sordera fuera la introspección definitiva, el encuentro consigo mismo que necesitaba para escarbar en los confines de su alma. ¿Un pintor ciego, un poeta sordo?

    Si se estudia la producción musical de cualquier autor contemporáneo (popular, rockero, da igual), se observará que, por muy bueno que sea, los vicios de postura acaban por influir en su producción: contaba Springsteen, en el documental Wings for wheels (o quizás en Storytellers, no recuerdo), cómo la escritura de Born to run se basa en su decisión de componer el disco al piano (donde tiene una serie de vicios) en lugar de a la guitarra (donde tiene otros). Igual que las Suites para chelo de Bach son difíciles de tocar en el bajo, pongamos por caso, por estar este afinado de distinta forma que el violín, la viola o el chelo mismo. Es muy difícil: olvida la impostura, y muévete en terreno cómodo.

    Lo mismo ocurre en literatura, cuando uno empieza a encontrar repeticiones y patrones permanentes en el pensamiento de su autor favorito: le pasó a John Fante en su autobiografía, que dictó ya ciego y al final de su vida. Ocurre en todas las formas de arte: que, al final, uno solo lo consigue cuando acepta sus vicios y empieza a vivir con ellos. Beethoven, con una trompetilla, renunciando a oír, curvado sobre su piano. Limitándose a escribir. Pariendo la 5.ª sinfonía.