RSS Feed

Enmiendas y culpas

  1. Hamletopoulos

    Lo escribí el Lunes 13 de febrero de 2012

    Grecia, creo que voy a dejar de respirar si vuelven a decir eso de la cuna y la tumba de la civilización por los edificios quemados anoche. Grecia, creo que voy a empezar a perder pelo si otro estadista de tres al cuarto compara nuestra situación con la tuya y, como leí ayer a alguien a quien consideraba con seso, lo único que nos impide salir a tomar las calles es la cobardía ingénita al pueblo español.

    Entre todo este lío, me permití volver a Shakespeare, ya que la cosa va de los clásicos, y descubrí en el rubicundo Hamlet sirve de inspiración a nuestros quemadores de contenedores más de lo que yo pensaba:

    Todos los acontecimientos me acusan
    y espolean mi torpe venganza. ¿Qué es el hombre,
    si el mejor uso y disfrute de su tiempo
    es dormir y comer? No más que una bestia.
    Cierto que quien nos creó con tan gran juicio,
    abarcando el pasado y el futuro, no nos otorgó
    este don del cielo para que quedaa enmohecido
    por no usarlo. Y sea por bestial olvido
    o por algún temeroso escrúpulo que me hace meditar
    con demasiada minuciosidad los efectos
    –divídase mi pensamiento en cuatro partes y tres serán
    de cobardía y solo una de prudencia– aún no sé
    como vivo para decir «esto ha de hacerse»

    [...]

    Duermo… solo duermo, mientras contemplo, para mi vergüenza,
    la muerte segura de veinte mil soldados,
    sólo por la ilusión de un día de gloria,
    caminando hacia su tumba como hacia un lecho,
    peleando por un trozo de tierra, en el que apenas
    hay sitio para las fosas de los que allí
    caigan muertos. ¡De sangre serán, en adelante,
    mis pensamientos! ¡O no serán nada!

    Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Manuel Ángel Conejero Dionís-Bayer,

    A todo esto… ¿Cómo acaba Hamlet? Pues eso.


  2. Carne española

    Lo escribí el Sábado 11 de febrero de 2012

    –¿Cuánto quieres?

    –Medio kilo.

    Y me sirvió 615 gramos de cerdo delicioso, perfectamente cortado.

    Llevamos algo más de una semana inmersos en esto de  decidir si el asunto de los guiñoles franceses tiene gracia o no. Institucionalmente no tiene ninguna, y según los demás, tampoco, aunque todos sabemos lo que nos hemos fajado cuando tocaba con cuestiones mucho más nimias que Rafa Nadal levantando la ceja tras un partido, para quejarse de lo que nos importa poco.

    Ayer vi al carnicero que le sirvió el entrecot a Alberto Contador en la tele, salpicado por el dopaje. Ese hombre de acento vasco y cara imperturbable, enterrada bajo los años de trabajo duro, con esos gramos de más que, al parecer, llevaban un Clembuterol prohibido hasta la médula en el mundo del ciclismo.

    Contador se ha batido por su inocencia, sin fin, y tiene previsto seguir haciéndolo, levante la ceja Nadal o deje de levantarla. Y ese carnicero, el de los gramos de más, se mostraba aliviado ante las cámaras por un mero tecnicismo en el juicio que, sobre el papel, limpia su nombre.

    Pero a este carnicero no le vale con eso. Él quiere pleitear, quiere armar lo imposible para defender el honor de ese mostrador refrigerado en el que un buen puñado de señoras, señores y cocineros se avituallan a diario. No le valía, a su semblante pétreo como un cordero congelado, con que Contador dijera digo o Diego; solo le bastará oír decir que su carnicería es inmaculada. Él no compra cosas malas, atestadas de fármacos en los que preferimos no pensar.

    No, a nuestro carnicero no le vale la razón a medias: igual de cabezón que Contador, solo le basta con obtener la razón completa, la razón pública, el recorte de hemeroteca que esgrimir ante el impresentable que hará una bromita (¿cómo un guiñol francés?) dentro de unos años. Carne española, sin tonterías para turistas.

     


  3. Garzón, el tocino y la velocidad

    Lo escribí el Jueves 9 de febrero de 2012

    Hace una hora, cuando empiezo a escribir este artículo, que he  sabido que el juez Garzón ha sido condenado por un delito de prevaricación. La sentencia, muy dura según he podido escuchar, ha sido votada por unanimidad y supone, además, once años de inhabilitación para el juez y el fin de su carrera judicial.

    Ya han empezado las valoraciones: el PP no va a decir nada (el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, se ha quedado en lo del respeto a las instituciones) y Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Unida, ya ha entrado como un mihura. Un día triste para la democracia, según él. El PSOE, algo más tibio, también ha entrado por ahí.

    Mientras, otras voces más anónimas y bastante más descarnadas han empezado, ya, con el tocino y la velocidad. Se comparta o no la sentencia (que, repito, a esta hora han leído los periodistas que están allí y las partes implicadas), vamos a tratar de abstraernos de crímenes del franquismo, martas del castillo, megauploads y demás barbaridades.

    Que la sentencia haya sido refrendada por unanimidad, y que sea tan contundente, le va a costar al Tribunal Supremo una somanta de palos en los próximos días, eso seguro. También van a germinar toda una serie de argumentos absurdos que poco tienen que ver con el consabido Estado de Derecho, manoseado hasta la náusea y bastante poco creíble a ojos de la opinión pública, de la masa enfurecida.

    No he estudiado derecho, ni soy juez, ni soy abogado: solo sé que a Garzón le han pillado en un renuncio con la ley en la mano, que ha sido imposible defenderse de las acusaciones vertidas y que ahora le toca pagar con la dureza que establece. Por supuesto que la gandalla política que prendió la mecha no lo hizo por mantener la higiene pública, sino por motivos mucho más espurios.

    Lo que prueba la sentencia, lo único –esencial no olvidarlo– es que esos elementos han encontrado un resquicio para entrar a degüello contra su enemigo. ¿Triste? Quizás. ¿Justo? Según la ley, sí.


  4. El día de Público

    Lo escribí el Miércoles 8 de febrero de 2012

    Dice algún que otro confidencial que hoy, 8 de febrero, es el día en que Jaime Roures comunicará a la directiva de Público qué va a ser de su futuro. Me fío de ese dato y de ninguno más, porque esta es, aproximadamente, la fecha que se había manejado en un primer momento para anunciar si el periódico seguía adelante o no.

    Durante este mes que ha transcurrido desde que se supo del concurso de acreedores voluntario de Público y, por ende, de La Voz de Asturias, la movilización entre lectores habituales, eventuales o sencillamente afines ha sido máxima. Pero hoy es, en realidad, el día decisivo: por muchas firmas que se hayan recogido, o por muchos ejemplares que se hayan vendido, Roures se va a limitar a hablar de cifras y de inversores, supongo, y de nada más.

    Sobre las redacciones planea no solo esa sombra, sino otra mucho más turbia: Público ha decidido prescindir de su hasta ahora colaborador y corresponsal en Sudamérica, Daniel Lozano, según él por presiones recibidas desde Caracas y por una serie de tejemanejes de Mediapro con el gobierno de Hugo Chávez de aspecto feo. Jesús Maraña, director del diario, lo niega en su Twitter.

    Sin entrar en lo cierto o falso de todos estos asuntos, el hecho es que en los mentideros periodísticos no se está hablando de manifiestos, ojotadés o colecciones a la venta para salvar la cabecera, sino de estas cuestiones, bastante menos románticas que el producto periodístico que, como siempre, es sano que exista.

    Sirva esto para exorcizar, de nuevo, esa idea mentirosa y utópica que tiene a los medios por servicios públicos únicamente: si así fuera, en las redacciones de El País o del propio Público no se estarían comiendo hasta los nudillos el pasado sábado por ver qué secretario general elegía el PSOE. Estarían inquietos, únicamente, por la velocidad a la que lo contaban.

    Es el problema de la prensa nacional. Una colección de ideologías, dimes y diretes empresariales desenchufados de la auténtica realidad, que no es otra que la que se construye cada mañana el lector, son el mejor arsénico para un periódico. Ojalá sea de eso de lo que hable hoy Roures con la dirección de Público. Y ojalá lo acompañe de un buen puñado de euros para intentar enderezar en próximas fechas. Ojalá.


  5. No temáis

    Lo escribí el Jueves 2 de febrero de 2012

    Hace apenas un par de semanas, en el capítulo 16 de esta aventura, defendía la profesión de intérprete. De saltar al ruedo, y equivocarse, y todavía ser tan contumaz en mi cabezonería de defender el trabajo con errores. Ayer me llamaron y, en efecto, me comunicaron que me había equivocado, que había que buscar relevo. Ayer mismo, por Dios, escribía sobre Preciado, amado por la grada y denostado por la tabla, despedido, caput, fuera.

    El fracaso resquema. Fastidia escuchar el no, saber que algo salió mal; pero alegra, después de cometer el error correspondiente delante del número de personas y con el grado de responsabilidad consabido, sentirse lo suficientemente paisano como para apoyar el pie en el borde del escenario y proferir un «¡Sí, qué pasa!» al patio de butacas.

    Por Dios, ayer mismo, la conversación en torno a unas cervezas después de trabajar devino en la típica y tópica anatomía de los males que nos acechan. De los que nos acechan cuando ha caído el sol, que vienen a ser los mismos que con el primer café y las tertulias de actualidad en llamas: que si el paro, que si la juventud, que si la educación.

    La conclusión, ayer, volvió a ser la misma: que lo que nos atenaza, a los hispanos, no deja de ser el miedo. El que la caga, dijo aquel, sabe que no se expone a la mofa recubierta de respeto por haberse atrevido, sino que se expone a la mofa sin más.

    Ayer mismo tuve oportunidad de abrazar a alguien a quien admiro –no diré quién–, y que no tenía motivo alguno para sonreír y decir: «Gracias, de verdad».

    Aquel tipo vive de equivocarse. Cobra lo que cobra no por lo bien que hace su trabajo (que también), sino porque cuando se equivoca, saca su sentido del ridículo, lo parte contra el suelo y dice: «¡Sí, qué pasa!»

    Erramos. Todo el rato, sin parar. Y erraremos, y hasta nos reiremos, que dijo el otro, cuando miremos atrás y todo nos resulte gracioso. Erramos. Erremos. Pero como paisanos.