Grecia, creo que voy a dejar de respirar si vuelven a decir eso de la cuna y la tumba de la civilización por los edificios quemados anoche. Grecia, creo que voy a empezar a perder pelo si otro estadista de tres al cuarto compara nuestra situación con la tuya y, como leí ayer a alguien a quien consideraba con seso, lo único que nos impide salir a tomar las calles es la cobardía ingénita al pueblo español.
Entre todo este lío, me permití volver a Shakespeare, ya que la cosa va de los clásicos, y descubrí en el rubicundo Hamlet sirve de inspiración a nuestros quemadores de contenedores más de lo que yo pensaba:
Todos los acontecimientos me acusan
y espolean mi torpe venganza. ¿Qué es el hombre,
si el mejor uso y disfrute de su tiempo
es dormir y comer? No más que una bestia.
Cierto que quien nos creó con tan gran juicio,
abarcando el pasado y el futuro, no nos otorgó
este don del cielo para que quedaa enmohecido
por no usarlo. Y sea por bestial olvido
o por algún temeroso escrúpulo que me hace meditar
con demasiada minuciosidad los efectos
–divídase mi pensamiento en cuatro partes y tres serán
de cobardía y solo una de prudencia– aún no sé
como vivo para decir «esto ha de hacerse»
[...]
Duermo… solo duermo, mientras contemplo, para mi vergüenza,
la muerte segura de veinte mil soldados,
sólo por la ilusión de un día de gloria,
caminando hacia su tumba como hacia un lecho,
peleando por un trozo de tierra, en el que apenas
hay sitio para las fosas de los que allí
caigan muertos. ¡De sangre serán, en adelante,
mis pensamientos! ¡O no serán nada!Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Manuel Ángel Conejero Dionís-Bayer,
A todo esto… ¿Cómo acaba Hamlet? Pues eso.
