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febrero, 2012

  1. El día de la wikimarmota

    Lo escribí el Miércoles 29 de febrero de 2012

    Me imaginé cualquier cosa menos esa cuando la cuenta de Twitter de Público anunció, el domingo, que a partir de la una de la madrugada iba a dar una exclusiva. Igual salía el Rey haciendo tiro al blanco con Pantagruel, o algo peor. Me imaginaba que, en su forzosa y reciente reconversión, el periódico habría desempolvado un jugoso documento y estaría resuelto a utilizarlo como apertura de una nueva etapa.

    Cuál fue mi sorpresa cuando la portada digital se llenó de color salmón y Wikileaks volvió a ocupar todo el espacio disponible, y volvió a brotar uno de esos editoriales (en esta ocasión, de Nacho Escolar) en la línea del de la coalición informativa, las revelaciones valiosísimas, etc., etc.

    Wikileaks ha ido en esta ocasión a por Stratfor, una empresa de inteligencia privada –por llamarlo de alguna manera– y ha distribuido la información por 23 periódicos de todo el mundo. De El País se han apeado a Público, una vez terminado el amor.

    Las revelaciones, de momento, son que existen empresas que ofrecen este tipo de servicios; que unos espías estadounidenses se rieron del pelo de Aznar y que Coca-Cola espió (así dicho suena feo) a activistas de PETA. Pero todo envuelto con ese halo que rodea a Julian Assange, y que ha terminado por agotar al más pintado.

    Es el día de la wikimarmota: basura, que vive bajo nuestras alfombras sin llegar a hacernos tropezar con los bultos, proferida en un tono soberbio, peleón que cada vez resulta más irritante.

    Wikileaks, en un alineamiento con lo que Xabel Vegas describe como matonismo digital al hilo de Anonymous, hace de nuevo la labor de zapa de sacar los trapos sucios (que no los colores) al poder, otra vez.

    No discuto que las revelaciones puedan sorprender o tener valor para algunos, pero para la mayoría, aparte de responder a lo que ya nos olíamos, no son más que un entierro en el que nadie nos ha dado vela. Otra guerra, la de Assange, que busca partidarios. Y los que no somos muy dados a subirnos a carros nos preguntamos: ¿Esto va a ser siempre así a partir de ahora? Feliz día de la wikimarmota.


  2. La ciénaga

    Lo escribí el Martes 28 de febrero de 2012

    8,51 %. 8,51 %. Así de grande, persiguiéndonos hasta en nuestros peores sueños (valientes ojeras), es la cifra definitiva del déficit.

    No se salva nadie de la quema: ni herencias ni malas gestiones. Ni fity-fiftys ni nada. No hay excusa, solo la debacle detrás de una colección de excesos que aún no se ha detenido, ni se va a detener.

    En Asturias nos ha faltado poco para cuadruplicar el límite de déficit, motivo más que válido para tirarse excrementos de vaca (culona, o asturiana de los valles, eso sí) durante una temporada. Las soluciones luego. El 26 o 27 de marzo.

    –Buenos días, presidente –saluda el presentador a un sonriente Griñán, esta mañana.

    Se embadurnan en una cordial conversación sobre el día de Andalucía (que es hoy) y, después, se despiden.

    El presentador dice a sus tertulianos: «Bueno, y ¿qué opináis, por cierto, de las encuestas que dan la mayoría absoluta al PP en las andaluzas del 25 de marzo?»

    Pero Griñán ya ha colgado. Ya da igual, porque a estas horas el Gobierno espera que la Unión Europea suavice antes del viernes el objetivo de déficit para este año.

    Ya da igual porque, total, los números no son más que eso: argumentos remojados, pelotas de papel húmedo que emplear como arma arrojadiza mientras que nos hundimos (o no) y buscamos la manera adecuada (o no) de que las tablas preñadas de manchitas rojas se vuelvan verdes, y tener así la opción de devolver la pelota al tejado del vecino.

    Seguimos empeñados en buscar el culpable en el lodazal, en enmarañarnos en debates estériles para salvar una economía cuyo funcionamiento ni siquiera somos capaces de vislumbrar. ¿El resultado? El resultado, en el fondo, nos da igual. Hemos venido a emborracharnos. A seguir nadando en la ciénaga.


  3. Pecios y pecunios

    Lo escribí el Lunes 27 de febrero de 2012

    Estoy henchido de gloria patria, aún, después de haberme empapado de la historia del Nuestra Señora de las Mercedes, las monedas de marras y la megalomanía de Odyssey. Pero el tesoro ya está en casa. ¡Albricias! ¡Bribones! ¡Botarates!

    Qué grande se siente la conciencia patrimonial después de un triunfo de esta magnitud. Y qué apasionante resulta todo el relato de las idas y venidas de las monedas, que desaparecieron de las costas españolas como quien no quiere la cosa, cuando nadie miraba, para luego convertirse en el núcleo central del barullo diplomático, cultural y judicial que ahora termina para gloria de nuestros museos.

    Lo más fascinante de todo, creo, no es la milagrosa cantidad de fuerzas que se han alineado para lograr traer el tesoro de vuelta ni el triunfo (uno más, cada vez más frecuente) de nuestro país en lides internacionales. Lo fascinante es que una empresa pueda dedicarse a buscar pecios hundidos, a sacarlos y que todavía tenga dineros para llevarlos de un lado a otro en aviones militares.

    Es más, que cuando el litigio se complica en Estados Unidos, gasten dólares en comprar lobbies para influir en congresistas y cambiar las leyes que atañen a los tesoros submarinos. ¡Alcornoques!

    Me cuesta imaginar qué tiene en la cabeza alguien que decide montar una empresa de cazatesoros, o de arqueología submarina, o como quiera llamarse. No se me ocurre dónde se buscan esas cosas, dónde se encuentra la referencia de esa empresa tan necesaria cuyo fin me parece, más bien, producirle documentales a Discovery Channel (como tengo entendido que hicieron en cierta ocasión). ¿Quién es el loco que se dedica a pagar a gente para que rastree el Archivo de Indias, y luego a otra gente para que sondee el Estrecho en busca de un cargamento del siglo XIX? No lo entiendo. ¡Rufianes!

    Nadie se ha resistido al aroma de otro tiempo, a la épica de la hazaña. Pero nunca se me había ocurrido que un barquito con rumbo a Disneylandia acabaría detenido por la Guardia Civil. Galdós, en fin, vuelve a casa gracias a un juez de Florida.


  4. Clic, clac, vacío

    Lo escribí el Domingo 26 de febrero de 2012

    Desconectar, dejar de pensar, y desenchufarse completamente durante unas horas.

    A media luz, empantallado con una comedia estúpida, oigo el ronroneo de una lavadora de domingo y mordisqueo una manzana, apuro un té frío y, por supuesto, queda totalmente desterrada la idea de salir de casa. De despegarse del televisor, la manta y el sillón de los trances domingueros.

    Ha sido arduo: me resuenan en los oídos palabras entrecortadas, mal pronunciadas a causa del sueño y de los cubitos de hielo en un vaso vacío. Hay risas, una luz dorada y la despreocupación total en el aire. Calma. Un bar, otro bar, y otro, hasta que se me hace de día mirando por la ventana.

    Seis y media de la tarde: un plato de garbanzos, un té y mucho silencio. Clic, clac, vacío: lo hemos logrado.

    La cabeza no responde al fin de las FARC, a la declaración e Urdangarín ni, mucho menos, permite hacer frente a la vociferante actualidad deportiva. Solo andar en silencio, como un fantasma, por el salón, marcar quizás el teléfono de una hamburguesería a domicilio, rascarse un poco la barriga y volver al trance catódico.

    Qué vergüenza, si no fuera porque es domingo. Domingo, día de vacío. Domingo, día de no pensar en nada y dejarse llevar.

    Ahí está el descanso. No hace falta dormir muchas más horas. Domingo, solo eso: lograr dejar la cabeza en blanco, el estómago lleno y lo anecdótico en primer plano, sin una sola preocupación (mañana, mañana) y sin molestarse en recoger, siquiera, a Franzen, a Ross, los kilos de papeles desgajados por el suelo.

    Recita Hamlet si quieres, pero no te quites las zapatillas y no dejes de quedarte adormilado, en equilibrio constante y simbiótico con tu entorno. Podrías deshacerte, desaparecer, y nadie notaría nada. Clic, clac, vacío. ¡Viva el domingo!


  5. La mesa de Markham

    Lo escribí el Sábado 25 de febrero de 2012

    En el último New Yorker que me ha llegado se detalla, con todo lujo, la historia de Q. R. Markham, el plagiador que logró engañar a todo el mundo con Assasin of Secrets, su novela de espías definitiva.

    Tan definitiva que no hay una sola palabra escrita por él: todo son retazos sacados de aquí y de allá, de más treinta fuentes, según se ha llegado a saber. Para sonrojo de su agente y de la editorial, que le pide la devolución del anticipo recibido y que, además, asuma los costes de producción.

    En el reportaje de Lizzie Widdicombe Quentin Rowan –que así se llama Markham– aparece casi como un copiador patológico, como un tipo incapaz de escribir una historia por sí mismo. Hasta tal punto llega su arte que incluso sus respuestas en una entrevista digital son copiadas. Pero ni se arrepiente ni se sonroja: sabe lo que ha hecho.

    Su delito fue callarse. Su delito fue no reconocer que estaba copiando:«Porque podía esparcir todos los libros por la mesa y entonces, solo tenía que…»

    Todos los hacemos: copias y añades una cucharada de cosecha propia, un poco de salsa a lo que ya conoce todo el mundo. Pero cuando tu único (y desde luego, no baladí) esfuerzo es cortipegar lo que han hecho otros, los dedos acusadores se ciernen sobre ti. Markham está escribiendo un libro, dicen. Pero no encuentra trabajo ni en librerías. Anda cabizbajo: le encanta la literatura, pero lleva plagiando desde que nació.

    Siempre cuento la historia de Las crónicas italianas de Stendhal, uno de esos libros que cualquier francés –que compre libros– debería tener guardado entre Montaigne y Flaubert. Son relatos cortos, sacados, en su época como cónsul de Francia en Roma, del sótano de una familia amiga.

    Se puso a traducirlos y, a la mitad, le pareció que aquello no tenía la enjundia necesaria. Con lo que empezó a hacer retoques. Y le salieron unas Crónicas que ni son lo uno, ni son lo otro. (Pero lo dijo).

    Todos extendemos libros sobre la mesa y los vamos desbrozando, a medida que la página toma cuerpo –sea de periódico, de teatro, de novela, o de nada–. Ninguno es capaz de sacar nada en claro. Salvo Markham. O Rowan: hasta su nombre es un plagio.