Fenómeno troll: dícese de la tendencia, especialmente agudizada por la pujanza de las redes sociales, de criticarlo todo y de hacerlo con la osadía que solo permite no tener al criticado delante, al alcance de las vista.
Lo vimos en la noche del domingo con la muerte de Manuel Fraga y las auténticas barbaridades que se podían leer por ahí.
Lo vimos, en otro contexto, por supuesto, ya en la madrugada del lunes, quienes tuvimos el placer de hacer la traducción simultánea de los Globos de Oro para Canal Plus.
La interpretación simultánea es probablemente la profesión más imperfecta que existe: requiere de una capacidad cognitiva para escuchar mientras se habla, solo comparable a tratar de aspirar por la nariz mientras se expulsa aire por la boca. Es decir, lo imposible.
Dentro de la imperfección, nuestro trabajo como traductores consiste en hacer que la gente que no habla inglés capte el sentido de lo que está ocurriendo en ese preciso instante, en directo, a miles de kilómetros de distancia y en una lengua que les es ajena. Nos inventaremos palabras sin querer y meteremos gambazos como los que más, en las cuatro horas de directo televisivo. Faltaría más.
Fenómeno troll: a medida que avanzan las horas, y desfilan las frases y los invitados, una burbujeante (aunque afortunadamente escasa) masa de televidentes se vuelven irremediablemente bilingües y dejan que el demonio del home-va-eso-hágolo-yo se apodere de su raciocinio. Empiezan a criticarnos porque (cito): «’lo siento, soy frances’ no es lo mismo que ‘lo siento por ser frances’ señores traductores del plus» (sic).
Con frecuencia, nadie repara en nosotros cuando acertamos, pero siempre cuando fallamos, en el caso de los paladares más selectos. Por eso unos nos critican. Por eso otros traducimos. Y por eso, los demás, desactivan la opción de escucharnos.