Siempre me ha puesto muy nervioso que se considere a los periódicos como Centros de Salud, Institutos o Bibliotecas Municipales. Como si fueran servicios públicos a los que se les puede exigir (y digo exigir) ser objetivos, templados, de largo alcance y, por supuesto, gratuitos (si no baratos).
Ya lo contaba María de Álvaro en su blog hace un tiempo: es imposible entrar en un café de Gijón, pedir un desayuno y que a uno no le intenten robar el periódico que le costó un euro diez, o veinte. La gente no lo compra, va a leerlo. Pero luego, cuando cierra un medio, se trata de una lesión irreparable a la sociedad democrática y al pluralismo. O algo así.
Todo esto viene a cuento de que, como bien sabrán, Público anunció ayer que había pedido el concurso de acreedores voluntario y, lo que es peor, con él, La Voz de Asturias, que hace poco se embarcaba además en el proyecto cultural de Los cuadernos de la Voz.
El problema, el único problema, es que ningún periódico vive, en España, de sus lectores. Eso es así: el noble acto de ir al kiosko y gastar un poco, un nada de dinero no basta para pagarlo. Hace falta publicidad –que es lo que ahora escasea–, y hacen falta señores que les ofrezcan sartenes con su cabecera preferida para poder pagar este servicio público en el que nos hemos convertido. Servicio escrutado, para más inri, como si tuviéramos alguna responsabilidad más allá de la de no estafar a los lectores, a los que pagan por un producto bien hecho. (Añado, solo de pasada, que esta mentalidad funcionarial y comodona también se ha instalado en alguna que otra redacción patria. Pero ese es otro asunto.)
Que nadie olvide que si La Voz de Asturias acude al concurso de acreedores voluntario solo es porque no está vendiendo ni periódicos ni sartenes. Porque se ha convertido en una empresa (periodística, pero empresa) que no funciona, y que no es capaz de endeudarse más.
Quizás sea una pena. Otrosí, el remedio a tal pena está claro: bajar al kiosko, y comprar el periódico.