RSS Feed

octubre, 2010

  1. El mejor canal

    Lo escribí el Domingo 31 de octubre de 2010

    Desde que en una cena reciente alguien contó que se había encontrado, paseando por la Gran Vía madrileña, vestido de punta en blanco, a aquel cabrero de ‘Granjero busca esposa’ que nunca se lavaba los dientes, la confianza en la televisión actual se ha desvanecido: la intrahistoria televisada, trampeada. Es lo último. Ya no tiene sentido ver ‘realities’, los telediarios han perdido la enjundia. Pero en mitad de la ingente cantidad de canales, queda un rayo de esperanza.

    Hay un canal que siempre se puede poner, un canal en el que 22 horas al día pasan algo interesante, instructivo y entretenido: me refiero, obviamente, al Canal Cocina.

    Tiene trepidantes concursos en los que cocineros profesionales se juegan la eliminación en función del punto que hayan logrado darle a la reducción de Chardonnay; es posible topar con el siempre diminutivo («un cacito», «un poquito», «una gambita») chef asiático tiñendo un arroz de rosa fluorescente; es más, el otro día, mientras planchaba, aprendí a cortar una cáscara de huevo con láser.

    El hecho es que buscar el último episodio de la serie preferida en la parrilla es una actividad absolutamente insulsa, aburrida, desde que descubrí que todo el cosmos se concentra tras estos fogones: en lugar de asistir a arengas en el debate del estado de la nación, conviene asomarse al fascinante ejercicio retórico de la cocinera vegetariana para convencernos de que una hamburguesa de tofu sabe «casi igual» que una de buey; en vez de padecer los desgarradores datos de paro y fracaso escolar, mejor aprender a preparar un brownie con petazetas (verídico). Visto lo visto, quizás prefiramos examinar un inolvidable fumé de pescado que la última filtración de Wikileaks. ¿No?


  2. ¿Quién es Enrique Meneses?

    Lo escribí el Miércoles 27 de octubre de 2010

    A ver ¿alguna pregunta?» Y se hace el silencio en el aula del Máster. Nadie se atreve.

    Enrique Meneses ha pasado los últimos minutos contándonos, desde sus silla de ruedas, cómo ha vendido recientemente unas fotos fracias a su Flickr y, de paso, cómo las hizo. Esto podría no resultar demasiado interesante para el escuchante medio, si no fuera porque Meneses tiene 81 años y las fotos incluyen esta:

    ©Enrique Meneses

    Meneses nos contó cómo logró saltarse la vigilancia de los hombres de Batista, que cercaban la Sierra Maestra en el año 1957, para colarse con los rebeldes, compartir vida con ellos. Los de la foto son el Che y Fidel Castro, por si alguien no se había dado cuenta.

    Las peripecias de este hombre a lo largo y ancho del globo, con lo puesto, son las que parecen haberle mantenido con vida, a pesar del cáncer con el que batalla sin pestañear y de la edad: nos habla de lo fundamental de las nuevas tencologías, del periodismo, de la vida –de alguna forma–. Pero insiste, repite y machaca que lo fundamental de esta profesión es arrojo y entusiasmo. Y no le falta razón.

    Mientras que escribo estas líneas, Meneses rebota un correo electrónico al director del Máster –y él, a nosotros– que le han dejado en su blog: alguien con carrera, máster, sin trabajo ni ganas de quejarse se ha atado la manta a la cabeza y se ha ido a probar suerte al extranjero.

    Esta es la lección esencial: «Sois periodistas», dice. Y pase lo que pase, habremos de serlo: abriéndonos un blog y corriendo a hacer un reportaje por nuestra cuenta, aprendiendo a hacer entrevistas haciendo el pino, si hace falta. Pero esta profesión, cuenta, esta vida, es de quien va a por ella sin amilanarse. No es una profesión «para funcionarios», recomienda, «porque los 20 ó 30 periodistas que quedarán en las redacciones serán periodistas experimentados, leídos, viajados y conocedores del mundo». Más de uno se ha quedado inquieto, pero a mí me tranquiliza bastante, viendo la que está cayendo en el sector: anteayer, como bien decía un compañero, el sentimiento del periodista en ciernes se parecía más al de «un judío, en 1938, intentando alquilar una parcelita en Auschwitz».

    Bromas aparte, manda narices que tenga que venir este hombre a decirnos que hay futuro. Pero, a fin de cuentas, lo hay. Y es más nuestro que de nadie, sospecha Meneses.


  3. El canon ¿qué más da?

    Lo escribí el Sábado 23 de octubre de 2010

    Un magistrado de la Audiencia Provincial de Madrid nos dijo el año pasado, en una charla, que el Derecho y la Medicina eran las dos «únicas ciencias abocadas al fracaso de antemano». La suya, en concreto, porque se ocupa de la dificilísima tarea de vertebrar y organizar una sociedad.

    Así, los derechos de autor han encontrado, en esta disciplina, un campo de batalla fértil para la pelea y farragoso para dar con una solución razonable; un debate que al ciudadano medio le cuesta entender, y no digamos ya juzgar.

    De lo legal se ha saltado a lo político; de lo político, a lo popular; y de lo popular, a lo faltoso. Con ese cóctel, ha terminado por ocurrir lo único posible: que los derechos de autor se hayan convertido en un tema tan vidrioso que es mejor no acercarse.

    Esto ya no se trata de compensar a los autores (que pregunten a los artistas nacionales que a día de hoy copan las listas de éxitos cuánto dinero perciben al año), ni de echarle la culpa al intercambio de archivos de la caída en el número de ventas, no. Se trata de un cómodo tema, acotado y paulatinamente vaciado de contenido, que se está instalando entre el tabaco y la obesidad en la siempre necesaria lista de asuntos de sociedad sobre los que debatir con el menor fundamento posible.

    El Tribunal de Justicia de la UE acaba de prohibir cobrar el canon digital a personas jurídicas, pero no a físicas. ¿Quién gana, quién pierde? Una pequeña victoria para algunos, y una inyección de polémica para otros. Poco importa, mientras que sigamos enzarzados en una pelea que tiene que ver con todo menos con los discos y libros que se gestan afortunadamente lejos de tribunales y polémicas, y que mañana, sin duda, querremos disfrutar.


  4. La red social

    Lo escribí el Viernes 22 de octubre de 2010

    Muchas son las moralejas que aparentemente se pueden extraer de La red social; pero, al mismo tiempo, ninguna. Se trata únicamente de un retrato (aunque el cartelito que anuncia que está basada en hechos reales no aparece al principio de la película) de un momento histórico que estamos viviendo. Ahora, aquí.

    Es difícil decir, tras haber salido del cine hace apenas 45 minutos, cuál es su alcance: sólo sé que me ha empujado a escribir estas líneas, que me ha removido varias cosas a lo largo de las dos horas que he pasado apoltronado en la butaca. Es una película absolutamente Sorkin: es épica, es honda, tiene unos diálogos afiladamente brillantes, no es tópica, posee una estructura inapelable y tiene una carga tan concentrada que casi asusta. Por otro lado, es una película absolutamente Fincher: cuidada, conmovedora, gélida, difícil de digerir e impactantemente cercana al espectador –en todo–. Por cierto, la escena de la carrera de traineras, con esa banda sonora, probablemente sea lo mejor de todo 2010.

    Como adelantaba, la epopeya de los Zuckerberg y Savarin de la pantalla no es una historia que provoque simpatía, antipatía, miedo o asco hacia Facebook; es más, es la demostración de que este mundo en el que vivimos contiene una fascinante cantidad de hechos, de cosas, compuestos a su vez por tantos elementos que lo convierten en un festival tan poliédrico que es inevitable la tentación de exprimirlo hasta dejarlo seco.

    Lo más inteligente es, sin duda, haber logrado eso que tanto le critican a El Americano, de Anton Corbijn: aislar a sus personajes y a las relaciones entre ellos de todo lo demás, abstraer la auténtica esencia de lo que ocurre y destriparlo sin contemplaciones o prejuicios incómodos –salvo, levemente, al final–.

    Lo negativo es, quizás, que no se haya aprovechado del todo la teatralidad (por lo reducido de los espacios) del guión de Sorkin, y quizás esa abundancia de escenarios sea lo único que puede confundir al espectador.

    Por todo lo demás, corriendo al cine.


  5. Tuppers en órbita, consejos y tortilla

    Lo escribí el Jueves 21 de octubre de 2010

    Ayer nos visitó Bieito Rubido en el Máster. Fue nuestra primera charla, nuestro primer encuentro bajo la atenta mirada de Alfonso Armada y Luis Prados, nuestro coordinador y cabeza que se asoma (es la hora, déjame descansar a los chicos).

    Bieito Rubido es el actual director de ABC, y responsable, pues, de la estrategia destinada a cambiar el rumbo de este linajudo diario. Nos habían anunciado su llegada a las 16.30, aunque las ineludibles y políticas obligaciones del director de un medio nacional –comidas institucionales, manos tendidas a entrevistados bajo la atenta mirada de redactores fumadores en la puerta– nos tuvo aprovechando un rato más para digerir la comida.

    Secretamente, comemos en torno a una mesa narrando los avatares de nuestro tuppers, esto es, el tema de conversación común a todos a los pocos días de conocernos: uno que vuela en el autobús, no quiero más tortilla…

    En fin, Rubido aprovechó para repasar el futuro del periodismo (medios digitales, etc.) pero también sobre su calidad y presencia en el soporte que, creo, más nos enamora a todos: el papel. ¿Será el más elitista? Sí, dice el director. ¿Ha muerto el periodismo? Para nada, dice el director. Creo que todos coincidimos en ese punto, todos adoramos el tacto de la tinta (ni siquiera del propio papel) bajo los dedos cuando llegamos con el pelo alborotado y las ganas a flor de piel a primera hora de la mañana.

    Ahora bien, se presentó ante nosotros de traje y recién llegado, como digo, de los compromisos propios de un director de periódico. Un director salido de las trincheras, claro, pero hablando para un escogido auditorio de consumidores de comida dispuestos a tirarse estudiando (y pagando, pues) con hora de entrada, pero sin hora de salida. Dispuestos a comernos el mundo, aunque sea en tupper, vaya.

    Luego, cuando esto me surcaba la mente, se refirió a dentro de 20 años, cuando ocupemos –dijo– cargos de relevancia en medios de comunicación. ¿Llevaremos corbata entonces?