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septiembre, 2010

  1. Periodismo y huelga (La resaca)

    Lo escribí el Jueves 30 de septiembre de 2010

    Ya ha pasado todo. Parece que el país vuelve a funcionar y, con él, quienes lo habitamos, empezando por nuestros políticos. No son capaces de esperar ni hasta que me tome el primer café para ponerse con lo suyo… ¡calma, señores, calma!

    Pero lo importante en esta mañana de resaca son los periódicos: anoche, con Telemadrid revolucionada de nuevo con su Diario de la noche como signo inequívoco de que la huelga general había terminado, las miradas se posaban en las portadas del día siguiente. El ABC organizó una encuesta; El Mundo la colgó en PDF.

    La cobertura de ABC, El Mundo y El País fue, dicho sea de paso, impecable. Cada uno en su estilo y con sus medios, pero los tres apostaron por el tiempo real mediante Twitter y redes sociales y dieron en el clavo, bajo mi punto de vista. Vaya, igualmente, mi más profunda admiración a quienes, ya con el sol asomando en Gijón, seguían en El Comercio pegándose con la edición impresa mientras que no paraban de informar de lo que sucedía.

    De las televisiones y su deserción total mejor ni hablamos, pero sí quiero dedicarle unas palabras al diario Público. Si alguien tiene a bien leer esta entrada posiblemente me tache de una serie de cosas ideológicamente erróneas, pero me da lo mismo: lo que este periódico hizo ayer fue sencillamente impresentable.

    Lo que hizo Público fue poner un precioso banner en su portada, la madrugada de la huelga, diciendo precisamente eso, que como el 90% de su redacción digital se había parado, la web no se actualizaría en todo el día. Bueno, no estoy de acuerdo con que un periodista se ponga en huelga (en ningún caso) pero vale, se puede aceptar.

    Lo que no es de recibo es que tan emocionante parón se rompiera, repentinamente, cuando faltaba una hora y pico para que llegara el olvidado 30-S. Claro, la prensa impresa tenía su huelga convocada para anteayer, y la digital (que debe de ser que tienen otros redactores de una subcontrata, o que hace falta un ingeniero para colgar noticias), no. Pero ¡ay! que me salta el resultado del Barça por el Twitter; y el éxito de la huelga; y la desarticulación del comando Donosti… Pincho enlaces y ¡gol!: noticias frescas, pero fechadas hoy a las 8 de la mañana.

    Entiendo que los periodistas de la edición impresa –que al parecer nada tienen que ver con la digital, insisto– hagan el periódico que hoy está en los kioskos. Pero lo que no se puede tolerar es que un medio de comunicación se ponga en huelga en bloque, se jacte de hacerlo y luego disimule a lo zorro cambiando las fechas de las noticias. Mal jugado, compañeros.

    Y no, no me meto con Intereconomía, La Gaceta y compañía porque ni los leo ni me interesan. Los de Público, al menos, regalaban pelis de vez en cuando.


  2. Una hora, y fin

    Lo escribí el Miércoles 29 de septiembre de 2010

    Este día de huelga general sigue sin funcionar. ¿Qué ha sido lo positivo? ¿Qué se buscaba? ¿Una paralización de unas horas de la actividad económica del país que manifestara el desacuerdo? Sí, supongo que sí.

    Sin embargo, me pregunto hasta qué punto es legítimo forzar este indicador –de una magnitud, por otra parte, imposible de medir en términos macroeconómicos o políticamente sociales– impidiendo, aunque sea a una sola persona, ganarse el pan en un día como hoy.

    Yo ya he dicho que lo más sensato en este caso concreto me parecía trabajar más de lo normal y no engrosar el PIB, para repartir coscorrones a los que están a favor y en contra a partes iguales, pero soy de la opinión de que hoy más que nunca ni un solo español debería perder la oportunidad de percibir el salario al que tiene derecho. Lo menciono, más que nada, porque en los piquetes que he visto cerrando negocios el principal argumento era que estaban defendiendo los derechos de quienes habían decidido currar. Curioso.

    Hoy han caído las caretas de unos y de otros. De los huelguistas, por la falta de organización –¿cómo puede haber triunfado todo el mundo? ¿cómo puede ser que los piquetes violentos y los pacíficos caigan en el mismo saco?– y de las autoridades, por una pasividad sólo rota a porrazos cuando ha sido necesario o cuando han considerado que lo era.

    Según mi punto de vista, ha sido un día triste. Triste porque a pesar de vivir en el año 2010 en la televisión, a esta hora, sólo hay dos canales generalistas (Canal 10 e Intereconomía –mira tú–) que estén analizando lo sucedido; triste porque la última comparecencia del ministro de Trabajo ha sido a las 19.30, y prácticamente la ha calcado de las 8.30 de la mañana; y triste porque todos los servicios extra (limpieza, seguridad) que barren las calles de la basura (en todos los sentidos) de esta huelga general los estamos pagando todos. Todos.

    Pero sobre todo triste porque, a falta de tan solo una hora, se confirma la impresión que tenía: no se ha conseguido nada más que un enorme caos del que cada cual puede extraer las conclusiones más convenientes, esas a las que me refería en la entrada anterior. Cada cual esgrimirá las suyas, y a ver quién las tiene más largas (las conclusiones).

    En fin, que sigan jugando. Verás que risa cuando la Esteban acabe con el derecho a huelga.


  3. Nada nuevo bajo el sol

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    He hecho muy bien echándome a dormir unas horas y desconectándome de la actualidad, para dejarla cocerse a gusto.

    Vuelvo a encender la televisión y, de nuevo, Celestino Corbacho. Habla de un seguimiento desigual –”esta es la valoración del Gobierno”–. No voy a comentar ni los porcentajes que está lanzando el ministro ni los que han declarado Toxo y Méndez, sonrientes, momentos antes de que empezara la manifestación que a estas horas recorre Madrid.

    No, sigo pensando que la única forma de medir la huelga es la anécdota, el aquí y el ahora, cómo llega hasta las puertas de nuestras casas. Aún no he tenido la paciencia o las ganas de volver a salir a la calle: cuando lo haga, hablaré de qué tal ha salido. Eso sí, las imágenes que me llegan de Asturias y de Madrid son las esperables: unos cuantos animales de bellota (64 detenidos, leo) y algún ciudadano civilizado o a medio civilizar manifestándose en libertad.

    A lo que voy, a esta hora, es a las valoraciones: parece que las comparecencias de unos y de otros, de quienes nos representan, siguen un guión perfectamente pautado. Parece que han grabado las intervenciones y se han ido a dormir: a media tarde, Zapatero, Salgado y De la Vega empiezan a dejar caer la palabra “diálogo” tímidamente; Corbacho se niega a meterse en guerra de cifras (le han pedido tres veces una global); en la sede del PP ya se han dado unos puñetazos; y los sindicatos, en fin, se congratulan y repiten su manido discurso, pulido y refrito hasta dejarlo sin un solo grumo.

    Veo, también, a mis congéneres detrás de una pancarta con una consigna, con la misma cara y actitud que si se estuvieran manifestado contra la subida del precio de la hortaliza: ni voz ni voto, basta con elegir la cara que menos rabia nos dé y hacer bulto detrás.

    Espero que a las 12:01 alguien se dé cuenta de que no están arreglado nada, que como mucho empujarán la pelota cuesta arriba para que ruede de vuelta. Yo, de momento, voy a tratar de averiguar si soy un trabajador, un burgués, un capitalista o un cabrón con pintas.


  4. …y las corbatas se levantaron

    Lo escribí el

    Ahora, cuando escribo esta entrada, en el Congreso de los Diputados nuestros representantes electos están tirándose los trastos a la cabeza en la sesión de control. Han empezado a eso de las 9, media hora después de que Celestino Corbacho realizara su primera intervención en La Moncloa para valorar las primeras horas de huelga.

    Corbacho ha abierto, con su comparecencia, la veda del primer café y el afeitado reciente, esto es, una declaración de diez minutos actualizando lo que ya sabíamos y respuestas a las preguntas tan originales como las de un entrenador de Primera División (que no sea Manolo Preciado).

    Así, mientras que Zapatero intervenía en su primer turno en el Congreso podía verse, en la esquina inferior izquierda de la pantalla, cómo el atribulado ministro ocupaba su escaño. Simultáneamente, también, el baile de cifras sobre éxitos y fracasos desde las sedes de los sindicatos; los reporteros, con ojeras, contando desde cada rincón de España cómo nos desperezamos.

    Y para completar tan copioso desayuno, empezamos a recoger cristales rotos de anoche… Lo más interesante, hasta la hora de comer, va a ser ver cómo la ingente cantidad de datos que se están generando en este preciso instante se van encorbatando, se van convirtiendo en armas arrojadizas sobre tinta, en adormecedores discursos que imprimir mañana.

    Empecemos a sonreír, que ahora es cuando el sol empieza a calentar el puchero a base de sindicalistas, piqueteros, gobernantes y currantes.


  5. Piqueteros y macarras (horas calientes)

    Lo escribí el

    Ahora son las 7:40 de la mañana. Ahora, la España que no apoya la huelga empieza a dirigirse al trabajo; ahora, los piquetes empiezan a poner en marcha el plato fuerte de la huelga general: el corte de transportes.

    Me llueven informaciones desde casi todos los flancos posibles sobre un altercado por aquí, una situación de tensión por allá… Pero, en general, lo más impactante son las imágenes. Imágenes de antidisturbios, de masas de gente actuando legítima o ilegítimamente para tratar de parar el país.

    Lo que yo me pregunto, viendo las barbaridades que unos cuantos están poniendo en marcha, es si esta catarsis de violencia, de odio contenido no debería celebrarse una vez al año. Como la solución del botellón, oye: coger a los policías más tensos, a los trabajadores más llenos de odio y meterlos en una explanada cerrada para que se insulten y se casquen a gusto.

    Es decir, tengo la sensación –en todos lados hablan de tensión a estas horas– de que en esta huelga no sólo se están defendiendo ideas, derechos, libertades y un puñado de conceptos democráticos que casi nadie tiene sinceramente interiorizados; también afloran sentimientos digamos poco armoniosos para con el bando contrario.

    Existe un pacto sobre los servicios mínimos. Existen manifestaciones convocadas, acciones preparadas y, en general, presión más que suficiente y teóricamente equilibrada para que no sea necesario plantarse en la puerta del trabajo de nadie a hablarle, convencerle o coaccionarle. Tampoco hace falta sacar la porra, evidentemente.

    A esto me refería cuando hablaba de lo decisivo de este día para nuestro país: al termómetro real que supone el comportamiento de la ciudadanía o ciudadanaje bajo la cálida manta del confuso todovale que reinará hasta las 12 de esta noche. De momento, ese termómetro indica temperaturas elevadas en cuanto a resentimiento y nerviosismo, algo que el INE, que yo sepa, no puede medir.

    Cuesta dormirse sabiendo que, queriendo o sin querer, esta España que se va despertando poco a poco se está retratando. Y ahora mismo, no sale muy bien parecida. Calma, mejor.