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Bah

No, no a la Pantoja

La entrada del Domingo 22 de agosto de 2010, por Alejandro Carantoña

Estaba esperando ansioso a que llegara el día de hoy para abrir mi querido El Comercio y enterarme de qué tal fue el recital de la Pantoja de ayer en Gijón, el que marca el inicio de una nueva y –que me perdonen, pero no hay más adjetivo posible– casposa era en la Laboral.

Me he llevado una enorme alegría al comprobar que se dieron un castañazo de órdago, con 1.500 entradas colocadas, de las cuales, calculo, un buen número serían de cortesía: sí, por una vez, me alegro del mal ajeno.

El tipo de «cultura» (con muchas comillas) que representa esta mujer no tiene nada que ver con Camela, por ejemplo, tal y como muchos han afirmado: este es un grupo popular y urticario para los adalides de la más avanzada cultura, pero que tiene claro el lugar que ocupa y que cumple su función: sacar a la gente de los barrios y petar la playa de Poniente, punto; aquella, sin embargo, con la siniestra mano de José Luis Moreno detrás, no sólo dejó de ser una artista el día en que vender su vida se convirtió en la principal fuente de ingresos, sino que, no sé qué artes mediante (concurso público, claro), se ha ido a colar en el lugar menos apropiado para ofrecer lo que quiera que ofrezca.

El proyecto de la Laboral hacía aguas, eso lo sabíamos todos. El concepto de vanguardia y de cultura de Asturias se ha marchitado: la cerrazón de quienes controlan los hilos les ha aturdido por completo; dan palos de ciego obteniendo, así, un acierto por cada veinte fracasos.

Pero ¿qué es un acierto? ¿Lo de Feijóo? No, mientras que la cultura no sea económicamente sostenible no es sostenible, a secas. Esto no es una oenegé. ¿Lo de Moreno? No, mientras que la cultura no sea intelectualmente sostenible, tampoco es sostenible.

Me explico: una de las manifestaciones artísticas más encomiables y respetables que existen es aquella que emociona y/o entretiene. Eso es Camela, eso son los tropecientos mil revivals que nos hemos comido este verano en Gijón, y eso es, hasta cierto punto, la Pantoja. Excelente, ahí lo tenemos: esos grupos cumplirán con su función y entretendrán a quienes busquen eso, pan y circo (que al parecer son mayoría).

Pero la Laboral es –o debería ser– otra cosa. La Laboral es un espacio para emocionar y/o entretener, pero es, ante todo, un espacio para educar, elevar, sorprender: nadie que acuda por su propio pie a uno de los conciertos mencionados en el párrafo anterior aspira a aprender nada nuevo; alguien que se asoma a un nuevo montaje de Shakespeare, a una reinterpretación de Salomé, a ver la última de Nolan, si me apuras, no sólo espera sino que exige que ahí pase algo. Que te revuelva las tripas la osadía, que te levanten dos palmos del suelo con unas ideas fascinantes… que hayas ido a parar a algún lugar, en definitiva.

Yo no sé de quién es la culpa de este desaguisado, ni lo quiero saber. Pero si no lo arreglan, Gijón se convertirá definitivamente en un pueblo cuyo mayor atractivo es que los bares cierren a la hora que les apetezca y el alcohol y la comida estén buenos y baratos. Si quieren llenar hoteles, que lo intenten; espero no ser el único que piensa que gente como Sam Mendes es la que hace falta en Asturias, y no gente como José Luis Moreno.


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