Puede que el título de esta entrada sea algo sensacionalista, porque ni he estudiado periodismo ni me atrevo demasiado a considerarme como tal: aunque, como dice un buen amigo, ¿quién es el periodista sino el que escribe en un periódico?
El caso es que aventurar qué o quién puede colgarse esa etiqueta me parece muy osado en los tiempos que corren (¿Cuatro años escuchando dinosaurios te habilitan como profesional? ¿Tener el móvil de la Pantoja te da voz o voto frente a reporteros agudos, aventurados, hábiles?); pero la semana pasada, en que tuve el privilegio de llenar diez contraportadas de El Comercio pateándome la calle y buscando historias hasta debajo de las piedras, pude darme cuenta de algo importante.
Se trata de la transformación que se producía al salir de casa con la libreta roja asomando por el bolsillo y el bolígrafo en la mano: uno de los días pretendía completar mi reportaje con las vacaciones de quienes amarran en el Puerto Deportivo de Gijón durante la Semana Grande. La noche anterior, a las seis de la mañana, aún estaba preocupado y rezando por encontrar un personaje en el que centrar la historia; a las 11, me estaba tomando un café; a las 12, estaba en un pantalán dando vueltas nervioso, fumando, esperando a que apareciera el organizador de una regata.
Al día siguiente se me cayeron cuatro historias en apenas dos horas; el tiempo apremiaba y, con la inestimable ayuda de quien dirige la sección del periódico, acabé entrando en una caseta de obra, interrumpiendo al responsable –que repasaba planos en ese preciso instante– y rascando unos minutos de conversación con los obreros.
Cualquiera de esas situaciones parece anecdótica en esta profesión; cualquier periodista se habrá visto en las mismas encontrando su texto –sea de deportes, de política, de actualidad…–. Pero para mí, alguien a quien le da vergüenza acercarse a charlar con quien no conoce una velada con los amigos cualquiera, supone, como digo, una transformación sin igual.
Puede que sea la excusa, como expone mi compañero y buen amigo Mario; puede que sea, ante todo, la primera casilla del juego del periodista.
