Abel Hernández
Madrid: Gadir, 2008
240 páginas
Hay libros necesarios, como esos pequeños volúmenes que quizás pasan desapercibidos hoy, mañana, y pasado y que, de pronto, un alma inquieta por cómo era la vida en otro tiempo recupera. Es el encanto de España, de Europa incluso: que un habitante curioso de estas tierras decide escarbar en su pasado, en el de su lugar de origen y plasmarlo en un libro.
La relevancia del resultado es, ante todo, propia y personal, una especie de esfuerzo, como escribe Hernández en este libro dirigido a su hija Sara, por mantener la herencia que va pasando de generación en generación: puede parecer algo atávico que esta tradición tenga espacio en nuestras librerías y bibliotecas, pero es, ante todo, relevante.
Porque la voz de este periodista político carece del engolamiento de esos «viajes espirituales» con los que más de uno se ha cargado una crónica humilde y sincera de sus orígenes; es más, carecía de las ganas de escribirlo hasta que sus hijos le empujaron a hacerlo: de esta forma, Abel Hernández recoge cuarenta capítulos –cortos, muy cortos– historias de aquí y de allá, insertadas e hiladas en una estructura sólida, para ofrecer una descripción de doscientas y pico páginas de otro lugar, y de otro tiempo.
Es decir, este libro no sirve para revolucionar la literatura, ni para copar las listas de ventas, ni para marcar un antes y un después en la vida del lector; este libro sirve –como el pueblo que tan bien dibuja– para refugiarse y buscar silencio en mitad de los bulevares madrileños, por ejemplo.
También es, sin querer, una forma de dotar a quien quiera explorar el mundo rural sentimental o artísticamente: es un buen lienzo sobre el que empezar a pintar más cosas.
Esta es la gran muestra de honestidad que convierte un ejercicio que fácilmente podría pecar de pesado –repito: una descripción de doscientas y pico páginas– en un volumen entrañable y necesario: por una vez, aquello de «acompañar al autor en su camino» que tan bien queda en las traseras de los libros es enteramente cierto; y el trayecto es, encima, de lo más agradable.
