Pocos minutos después de que, este mediodía, el parlamento catalán aprobara la prohibición de los toros en aquella comunidad, mi Facebook y mi Twitter empezaban a echar humo con reacciones (en general desaforadas) a tan polémica decisión.
La verdad es que a mí, personalmente, me ha costado mucho formarme una opinión al respecto; es más, no lo he hecho y dudo que llegue a hacerlo en algún momento. Todos los argumentos esgrimidos tienen dos, tres o cuatro filos, tanto de un bando como del otro: me cuesta empatizar con un bicho que sólo comparte conmigo el hecho de ser mamífero; me cuesta, igualmente, creer que es sano cargarse cosas para pasarlo bien. Pero también tengo la sensación de que es una tradición que, por pillarme un poco con el pie cambiado, no llego a comprender del todo –lo mismo que la mayoría de antitaurinos exaltados–; igual que pienso que es algo complicado trazar la línea entre lo culturalmente aceptable y lo moralmente deplorable.
No obstante, el debate en torno a los toros se ha ido cargando de una serie de implicaciones de las que la fiesta originalmente carecía: implicaciones ideológicas, biológicas, políticas, territoriales, económicas… Es agotador tratar de deshacer semejante maraña; pero es, al mismo tiempo, ese nudo el que ha hecho calar la discusión en la sociedad de la forma en que lo ha hecho y, con ello, ha obligado a TODO el mundo a decidirse por el sí o el no sin condiciones.
Como siempre, no tiene sentido declararse partidario o detractor de los toros tajantemente –igual que en tantas otras polémicas– a menos que poseamos una conciencia y un conocimiento del asunto tan arraigados que podamos estimar nuestra voz enteramente autorizada para pronunciarse. No es que no se pueda opinar –obvio– pero sí es necesaria, creo, una buena dosis de prudencia para no correr el riesgo de dejarnos llevar por ideas prefabricadas y niveladas a la baja.

No puedo estar más de acuerdo. Yo siempre reclamo mi derecho a no tener opinión al respecto. Cuando el estatut o el Mundial… (estos temas cíclicos distraen mucho el hambre) todo el mundo tenía una clara opinión sobre lo que fuera, y yo siempre preguntaba a la gente si se lo había leído o solo tenía lo que cada periódico decía.
Yo reclamo mi derecho a no tener siquiera opinión ni compartirla; porque no me interesa, porque no es algo que quiera plantearme o porque no me da la gana. No quiero estar en un platillo de una balanza, sino más bien en la zona que indica el peso, máxime ahora que vivimos en esta época primermundista de «conmigo o contra mí», blanco/negro, bipartidismo à la americaine galopante y buenos/malos.
Dixit.