Venía en el tren terminando de ver ese peliculón que es JFK cuando noté, con los últimos rayos de sol entrando perpendiculares a la ventanilla, cómo las minúsculas motas de polvo que se posaban en la pantalla del ordenador me complicaban ligeramente la tarea de ver el espléndido alegato final proferido por Kevin Costner.
Luego se me terminó la película, y repasé algo de música de viaje.
Y luego, rebusqué entre los libros de la maleta de mano. Allí encontré el espléndido ladrillo de Sir Norwich sobre la historia de Venecia y, aún con la erudición musical enchufada en las orejas, lo abrí. Admiré los mapas, miré el índice y me propuse iniciar su lectura. Pero claro, oír cantar a un señor mientras se intenta leer a otro es algo que, al menos a mí, me cuesta lo mío: por eso deposité el libro abierto en mi regazo y, con ambas manos, retiré los cascos de mis queridas orejas.
–¡MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!
–Pelayín, corazón, no grites, que hay gente durmiendo.
Y más adelante, ya con la introducción avanzada:
–Tía, Paula, que se enrolló con él.
Mientras, Sir Norwich explica cómo su padre le llevó a Venecia por primera vez con 16 años, para dejarle maravillado llevándole tan solo a dos lugares: la basílica de San Marcos y el Harry’s Bar.
Punto pelota, me voy a la cafetería a intentar leer, una revista aunque sea. Estoy de suerte: atravesamos los puertos, con la noche ya bien ceñida sobre el tren, mientras que un hombre, gin tonic en ristre, se marca un solo de air guitar en mitad del vagón vacío. No había otro sitio.
Pistola de dardos. ¡Ya!

¿Dardos? ¡Ballesta! O que repartan mordazas con los cascos, o más alcohol, a ver si borrachos callan. Y a ver si sale de una vez un pediatra descubriendo que los niños que viajan en tren desarrollan bacterias coprófagas en las uñas. Cómo agudiza la misantropía esto del transporte público…