Al final, decidió levantarse para dejar de soñarla como sabía que no era. La noche no había sido larga, pero sí lo suficiente como para que el sueño empezara a hacer mella en él cuando aún estaba llegando a casa, andando solo por las aceras aún calientes por el castigo del sol. Así, al acostarse, las casi dos horas que había invertido en acercarse a ella; la otra media que tardó en conseguir su teléfono; y el paseo de vuelta se engarzaron con un sueño profundo y repleto de imágenes.
Pocas horas después de haberse acostado, se sorprendió despertándose solo y sobresaltado entre las sábanas, creyendo que ella se había marchado sin mediar palabra; claro, ella nunca había estado allí. Decidió dormir un poco más.
Ni media hora más pasó antes de que la recordara silbándole su teléfono de cerca, bajo la atronadora música del bar, mientras que él lo apuntaba y contenía una sonrisa irredenta por las cosquillas que le estaba haciendo, en la oreja, con la nariz. Pero luego, en su duermevela, en lugar de alejarse de él como efectivamente había ocurrido, la recordaba besándole como pocas veces lo habían hecho: de nuevo, al separarse de aquellos labios, mirarla a los ojos y descubrir que se trataba de la pescadera, volvió a ser repentinamente consciente de que los sueños le estaban jugando una mala pasada.
Hizo un último intento por descansar, pero fue en vano: en esta ocasión, el tiempo corría, y se veía levantándose al día siguiente, y llamándola; ella contestaba, y quedaban; charlaban, y a ella parecía gustarle; se besaban, y se abrazaban; se iban juntos, y funcionaba; ella le preparaba un café, y quedaban en volver a verse.
Pasaba el tiempo, se conocían mejor; ella encontraba trabajo y él, también. No hacían lo mismo, pero lo hacían a gusto, se veían los jueves para cenar en casa de uno de ellos algún plato que incluyera, necesariamente, verduras a la parrilla; luego se contaban la semana apurando la botella de vino. Finalmente, apagaban las velas y se iban a dormir.
Un buen día se presentaban a sus amigos; otro, por pura coincidencia, a los padres; luego llegaban los viajes a la tierra de cada uno de ellos: el peligro a precipitarse, la sensación de bienestar, el cosquilleo al salir de viaje el viernes, en coche, después de la oficina; irse a vivir juntos…
Decidió levantarse, como digo, para dejar de soñarla como sabía que no era. Simplemente abrió la nevera, con los ojos rojos y el pelo alborotado, y bebió un largo trago de agua helada. Entonces se acercó al teléfono, descolgó, marcó, y esperó a que diera señal.
