Es fácil suponer que alguien como yo, que colabora en un periódico de tirada regional, tiene un sueldo aproximado de 2.000 euros por columna publicada y que goza de un estatus que le compromete a infinitos y tediosos partidos de golf con la élite local.
Si a esto le sumamos que últimamente no hay ostras frescas y que el caviar iraní escasea, no hace falta decir mucho más para darse cuenta de que mi vida se está convirtiendo en un pozo negro y sin sentido: no sé qué hacer con tanto dinero, mujeres y drogas.
En fin, estoy exagerando; pero curiosamente, más de uno me ha fascinado con suposiciones de esta índole: tendré que empezar a pensar en dejar de colocarme plumas de faisán en el sombrero. No obstante hay gente, como dos que me encontré ayer, que me sorprende muy gratamente: me felicitaron por mi trabajo, charlaron un rato conmigo y yo me fui a casa más contento que unas pascuas, porque pocas cosas hay mejores que esa.
Por desgracia, no me ocurre todos los días: es más –de esto, en cambio, me alegro– poquísima gente me reconoce en Gijón; en Madrid, nadie. Y la vida es más que plácida teniendo la suerte de que te paguen por hacer algo que te apasiona y, encima, hacerlo tan a gusto.
No hay limbo como este, el de no ser tan asquerosamente conocido como para que la humanidad se vea indefectiblemente obligada a dividirse en amor y odio; ni tan poco como para que dos o tres no te odien enconadamente y tu abuela recorte las páginas del periódico los días en que sales.
