Es fácil suponer que alguien como yo, que colabora en un periódico de tirada regional, tiene un sueldo aproximado de 2.000 euros por columna publicada y que goza de un estatus que le compromete a infinitos y tediosos partidos de golf con la élite local.
Si a esto le sumamos que últimamente no hay ostras frescas y que el caviar iraní escasea, no hace falta decir mucho más para darse cuenta de que mi vida se está convirtiendo en un pozo negro y sin sentido: no sé qué hacer con tanto dinero, mujeres y drogas.