El domingo por la noche, tras la gesta que me hizo abrazar a más de un desconocido, más de siete de mis contactos en Facebook había colgado el vídeo de Casillas y Carbonero, con diversas músicas de fondo. La pareja del año, del siglo, ha removido corazones a lo largo y ancho de la nación; igual que el gol de Iniesta; o incluso el “otro” proyectil de Piqué.
No obstante anoche, con un buen amigo al que llevaba años –años– sin ver, estuvimos poniéndonos al día y, con el correr de licores espirituosos y la consiguiente desinhibición, fuimos contándonos esas cosas que solo se le cuentan a un amigo, por años que pasen. Vaya: me sé mejor la vida de Casillas que la de quienes me rodean. Al menos, hasta ayer.
No es nada, ni siquiera me preocupa: la conclusión que saqué de aquella conversación, volviendo a casa, es que, más bien, ese beso y las 37 horas de telediario ininterrumpido y monotemático que siguieron al Gran Gol marcan la línea entre la lágrima necesaria e histórica y la gilipollez supina que se ha apoderado de más de uno y más de dos en los últimos días.
Mi buen amigo Cristóbal ya se ha puesto a desenmascarar a la horda de personajes que afloran como champiñones con cada victoria, a la caspa ibérica que se esconde tras esas camisetas de acrílico que dejan la piel como gotelé, y hace bien; pero que nadie se confunda: hay otra horda, bastante mayor en número pero razonablemente menos ruidosa, que lleva por dentro una alegría sincera, deportiva y despreocupada.
Yo también fui a Cibeles el domingo y, cómo no, me maravillé con la capacidad que tiene la gente para perder la vergüenza, la cartera, la dignidad y el metro a la oficina a la mañana siguiente sin despeinarse; no obstante, no me costó distinguir quiénes contarán esto a sus nietos como algo único y quiénes, por su lado, no recordarán quién era aquel calvo con cara de fantasma dentro de cinco años. A los primeros: enhorabuena; a los segundos: feliz resaca.
