El domingo por la noche, tras la gesta que me hizo abrazar a más de un desconocido, más de siete de mis contactos en Facebook había colgado el vídeo de Casillas y Carbonero, con diversas músicas de fondo. La pareja del año, del siglo, ha removido corazones a lo largo y ancho de la nación; igual que el gol de Iniesta; o incluso el “otro” proyectil de Piqué.
No obstante anoche, con un buen amigo al que llevaba años –años– sin ver, estuvimos poniéndonos al día y, con el correr de licores espirituosos y la consiguiente desinhibición, fuimos contándonos esas cosas que solo se le cuentan a un amigo, por años que pasen. Vaya: me sé mejor la vida de Casillas que la de quienes me rodean. Al menos, hasta ayer.
No es nada, ni siquiera me preocupa: la conclusión que saqué de aquella conversación, volviendo a casa, es que, más bien, ese beso y las 37 horas de telediario ininterrumpido y monotemático que siguieron al Gran Gol marcan la línea entre la lágrima necesaria e histórica y la gilipollez supina que se ha apoderado de más de uno y más de dos en los últimos días.