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julio, 2010

  1. Palabras vacías

    Lo escribí el Viernes 30 de julio de 2010

    El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.

    Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.

    Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.

    Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.

    Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.


  2. Los toros, o manual para (no) tomar partido

    Lo escribí el Miércoles 28 de julio de 2010

    Pocos minutos después de que, este mediodía, el parlamento catalán aprobara la prohibición de los toros en aquella comunidad, mi Facebook y mi Twitter empezaban a echar humo con reacciones (en general desaforadas) a tan polémica decisión.

    La verdad es que a mí, personalmente, me ha costado mucho formarme una opinión al respecto; es más, no lo he hecho y dudo que llegue a hacerlo en algún momento. Todos los argumentos esgrimidos tienen dos, tres o cuatro filos, tanto de un bando como del otro: me cuesta empatizar con un bicho que sólo comparte conmigo el hecho de ser mamífero; me cuesta, igualmente, creer que es sano cargarse cosas para pasarlo bien. (más…)


  3. Any Human Heart

    Lo escribí el Lunes 26 de julio de 2010

    Any Human Heart

    William Boyd

    Londres: Penguin Books, 2002

    504 pp.

    Reseña publicada originalmente en Culturamas.

    Cada vez que se acerca un examen, es esencial que el estudiante recuerde una premisa fundamental: si no puedes convencerlos, atrónalos. Es decir, si no eres capaz de componer un desarrollo lógico en la prueba porque careces de datos o de la capacidad de enlazarlos, échales los que tengas a la cara y huye en la confusión.

    Eso es lo que, más o menos, ocurre con William Boyd en esta novela, que no es novela: (más…)


  4. La autoridad competente

    Lo escribí el

    Venía en el tren terminando de ver ese peliculón que es JFK cuando noté, con los últimos rayos de sol entrando perpendiculares a la ventanilla, cómo las minúsculas motas de polvo que se posaban en la pantalla del ordenador me complicaban ligeramente la tarea de ver el espléndido alegato final proferido por Kevin Costner.

    Luego se me terminó la película, y repasé algo de música de viaje.

    Y luego, rebusqué entre los libros de la maleta de mano. Allí encontré el espléndido ladrillo de Sir Norwich sobre la historia de Venecia y, aún con la erudición musical enchufada en las orejas, lo abrí. Admiré los mapas, miré el índice y me propuse iniciar su lectura. Pero claro, oír cantar a un señor mientras se intenta leer a otro es algo que, al menos a mí, me cuesta lo mío: por eso deposité el libro abierto en mi regazo y, con ambas manos, retiré los cascos de mis queridas orejas.

    –¡MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!

    –Pelayín, corazón, no grites, que hay gente durmiendo.

    Y más adelante, ya con la introducción avanzada:

    –Tía, Paula, que se enrolló con él.

    Mientras, Sir Norwich explica cómo su padre le llevó a Venecia por primera vez con 16 años, para dejarle maravillado llevándole tan solo a dos lugares: la basílica de San Marcos y el Harry’s Bar.

    Punto pelota, me voy a la cafetería a intentar leer, una revista aunque sea. Estoy de suerte: atravesamos los puertos, con la noche ya bien ceñida sobre el tren, mientras que un hombre, gin tonic en ristre, se marca un solo de air guitar en mitad del vagón vacío. No había otro sitio.

    Pistola de dardos. ¡Ya!


  5. La madre de tus hijos

    Lo escribí el Domingo 25 de julio de 2010

    Al final, decidió levantarse para dejar de soñarla como sabía que no era. La noche no había sido larga, pero sí lo suficiente como para que el sueño empezara a hacer mella en él cuando aún estaba llegando a casa, andando solo por las aceras aún calientes por el castigo del sol. Así, al acostarse, las casi dos horas que había invertido en acercarse a ella; la otra media que tardó en conseguir su teléfono; y el paseo de vuelta se engarzaron con un sueño profundo y repleto de imágenes.

    Pocas horas después de haberse acostado, se sorprendió despertándose solo y sobresaltado entre las sábanas (más…)