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Bah

De Méjico a Madrid, pasando por Sarajevo

La entrada del Miércoles 16 de junio de 2010, por Alejandro Carantoña

El lunes, el cártel que controla mayoritariamente el estado mejicano de Michoacán, La Familia, tendió –supuestamente, etc.– una emboscada que costó la vida a 10 o 12 (lo siento, no tengo el dato exacto) policías federales.

Precisamente estaba leyendo esta semana sobre La Familia y, hace no demasiado, sobre un grupo organizado que poco tiene que ver con ellos, procedente de Europa del Este, conocido como “Las panteras rosas”: en ambos casos, llama especialmente la atención el factor humano que se esconde detrás, la raigambre social de estas organizaciones y, por ende, la dificultad de extirparlas.

El caso de La Familia es muy similar al de la Mafia de toda la vida: súmese, a la fascinación de la juventud por la figura del gangster, la popularidad/miedo que han logrado ganarse en el tú a tú, en lo que, como apuntaban en The New Yorker, es un “síndrome de Estocolmo masivo”. El problema principal en ciertas zonas de Méjico, simplificando, es que nada funciona como debería: sobornos, incompetencia, lentitud… Bien, yo soy un mafioso; no tengo más que proporcionarle a la gente lo que el Estado no puede: tú me ayudas y, si te roban en casa, me llamas. Al día siguiente, verás en qué cuneta está el ladrón.

La muerte, la tortura, suelen estar implicadas, pero desde el momento en el que el estado de derecho flaquea por algún flanco, es tan fácil como adoptar el discurso del Robin Hood y la técnica de “la plata o el plomo”. O te soborno, o te mato.

Es así de fácil; tanto, que da miedo: Las panteras rosas, por su parte, son una de las bandas organizadas más misteriosas y, por qué no, interesantes que han parido los Balcanes. Aunque se desconoce su estructura interna, es sabido que no se conocen entre sí, que la enormísima mayoría son ex militares o ex guerrilleros y que, en general, son gente muy bien preparada y muy peligrosa. Han robado a lo largo y ancho de nuestro continente –sí, amigos, en España también– y serían una banda de guante blanco de no ser tan bestias (son muy partidarios de alunizajes, etc.).

En su tierra son la clase de gente que conduce un Mercedes por las calles semiderruidas con una mano mientras que sujeta el iPhone con la otra; fuera de ella, son la clase de gente que despierta la curiosidad.

Son dos esferas absolutamente distintas, dos representaciones criminales que inevitablemente llaman la atención pero que, ay, también tienen el oscuro lado de la arbitrariedad, la cara siniestra de depositar, sin darse cuenta, más y más poder en manos de sabedios quién.

En España no tenemos esta clase de problemas, y si se dan, lo hacen en un ámbito mucho más limitado: pienso en los narcos gallegos, en los constructores costeros y demás personajes. Conectarlos no sería difícil, pero sí se hace complicado suponer que, en este país, todo está cableado de tal manera que vivimos subyugados (¿o no?).

No obstante, sí existe un nexo centralizado para todos y cada uno de los grupos criminales que pululan por ahí: los impuestos. Así cayó en su día Al Capone y así se ha trincado a una enorme cantidad de criminales; aquí, sin embargo, más que una cuestión de Hacienda parece que la evasión fiscal es lo que les armoniza y, como buenos Robin Hoods, canoniza socialmente: ¿Qué hay más osado, valiente y frecuente que las transacciones “en B”? ¿Cuánta gente conocéis capaz de contener una sonrisilla de niño malo al clavarle a Hacienda un par de banderillas?


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