Son las 11 menos cuarto de la mañana y las cosas se están poniendo, cuanto menos, intensas.
Ando a apenas diez días de acabar con la carrera o de que ella acabe conmigo, gracias a los exámenes, trabajos sin entregar, peleas por correo electrónico y, en general, luchas urgentes y constantes por licenciarme YA.
No obstante, mientras que estudio y contemplo de reojo el correo electrónico con la esperanza de que mis gestiones fructifiquen, no puedo evitar olvidar que estoy en Gijón y que esta tarde, cuando el cielo se quite un poco la capota y yo ya sea 20 páginas más listo, podré salir a dar un paseo, a ver a mi nueva prima o a tomar algo, por ejemplo.
Y ¿por qué Gijón? ¿Por qué escapar del mundanal ruido precisamente aquí? La respuesta se encuentra «a nivel» emocional –que no a nivel del mar–: esta fantástica construcción es un galicismo como una casa, un fraseo vacuo y sin sentido que, en general, se utiliza para no decir nada; bien porque no se tiene qué decir; bien porque la sonoridad de algo tan rimbombante supera con creces lo que se había ideado originalmente: ejemplo: a nivel europeo; a nivel visual; a nivel de la calle…
Esta chorrada, que me he vuelto a topar en esta mañana de estudio, refleja a la perfección a qué me (nos) enfrento ahora mismo en Madrid: a mediocridades, a un último esfuerzo por hacer de tripas corazón y dejar a los trestristestigres que mascan trigo en su trigal seguir con su vida mientras que yo me alejo, al atardecer, en una fueraborda, con una botella de Dom Perignon, el birrete al viento y el título de licenciado en la mano.
Y vuelvo a preguntar: ¿por qué Gijón? Porque en un par de horas voy a buscar a mi prima a la guardería, porque hoy, con el primer café, abro El Comercio y me encuentro un anuncio en la página 3 que dice algo así como que si se le piden tres deseos a San Judas Tadeo (dos de negocios; uno imposible) y se vuelve a publicar el anuncio a los nueve días, se cumplirán; porque unas señoras acaban de comentar, asombradas, con mi abuela, el transcurso de las obras; porque hace fresco.
¿Motivos de peso? Ya lo creo…
