Llevo semanas dándole la brasa a todo el mundo con este disco, pero es que me tiene bastante fascinado.
Son canciones cerradas, que no herméticas: todo lo que está, ocupa un lugar por un motivo u otro; el disco, en su conjunto, sólo adquiere sentido al escucharlo por completo, y tras entender que todos sus recovecos sólo sirven para hilarlo. No hay una línea argumental, no hay una continuidad en melodías o ritmos: todo es un bloque monolítico que empieza con ese fantástico guiño con aroma a Alaska que es Siempre ella y se cierra con la exagarademente melancólica Toda la noche nevando.
La voz de Abel Hernández desempeña el papel que se le pide: infundirle peso y un carácter marcadamente propio al disco, igual que un Nacho Vegas, por poner un ejemplo. A pesar, no obstante, de lo recargado de la producción (y de los arreglos: en directo, este disco gana muchos enteros) y de la clara vocación de ofrecer unas letras trabajadas y literarias, El Hijo no llega a resultar cargante; quizás por el carácter más ficcional de sus canciones.
Sea por lo que sea, es un gran disco que poner, dejar correr, y escuchar: El Hijo – Madrileña