El jueves de la semana pasada tuve el gusto, que se convirtió en orgullo –qué calidad, en serio– de asistir a la segunda representación en Madrid de As you like it, de William Shakespeare, a cargo de la compañía transatlántica orquestada por Kevin Spacey y Sam Mendes: ¿director ozcarizado dirigiendo dos montajes únicos durante cinco días cada uno? Eso hay que verlo.
Eso es: ocho y cinco de la tarde, ya llevamos retraso y entra Ángeles González-Sinde en el patio de butacas; saluda a Elena Salgado; sortea a Pedro Almodóvar y ocupa su asiento. Parece que podemos empezar. En mi platea, una mujer resopla porque no alcanza a leer los sobretítulos mientras que los de la de al lado se murmuran y, en el descanso, se dicen: «Aún queda hora y media de suplicio…» El descanso es, efectivamente, como una obra de Shakespeare: si no fuera por los iPhones, uno diría que es Alicia Moreno, concejal de las Artes en el Ayuntamiento de Madrid, la Rosalind por cuyo amor se pasa toda la obra suspirando Orlando, a juzgar por la cantidad de miradas ávidas de contactos que en ella se posan, y no la excelente actriz que se está dejando la piel en las tablas.
En la segunda parte, Almodóvar tiene que levantarse y sale corriendo del teatro, para volver pocos minutos después: menos mal, porque de haber esperado diez minutejos más, se hubiera cruzado con Jacques, el heredero del Duque, por el patio de butacas. Tras un emocionante epílogo que nos hace saltar del asiento a la mayoría –los de mi platea están haciendo lucha libre fuera del teatro porque la señora tampoco alcanzaba a ver el escenario, según ella por culpa del mastodóntico espectador que ocupaba el asiento de al lado; los de la platea de al lado duermen plácidamente– un puñado de celebérrimas sombras aprovechan, en un movimiento ejemplar, los segundos de oscuridad que median entre final de la obra y aplausos para correr. Pero no se lo reprochen: lo de aparcar está fatal en el centro por estas fechas…