Creo que cuando aquel sábado se apagaron tres o cuatro rascacielos entré en una de esas fases en las que uno decide desenchufarse de prensa, televisión, radio e Internet por un tiempo. Me llegan ecos desde fuera de la fortaleza (des)informativa, lo justo como para que el mundo no se acabe y me pille desprevenido, pero, servicios mínimos aparte, hay que decir que la vida es bastante más brillante y divertida.
En la plaza acaban de plantar las terrazas, en el café del rincón ya dejan las puertas abiertas de par en par toda la noche, hasta cerrar, y la chaqueta va cogiendo postura en la percha, como preparándose para su particular hibernación de aquí a octubre.
Lo mejor es que en Madrid, hace una semana, no era difícil encontrarnos pelados de frío la noche más tonta, por confiados; pero de pronto, tras discretas nieves en marzo (!) y la rasca amenazante de Semana Santa, me descubro sacando las camisas de verano y desterrando hasta el jerséy, a los oficinistas sin corbata dormitando en las terrazas a la hora de comer. Para mis amigos, los que apagan rascacielos, este es sólo otro síntoma del drama que atenaza al planeta; para nosotros, una semana de calor delicioso: ¿Quién llevará la razón? A saber: menuda tarde ha quedado.
