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Bah

Jules et Jim

La entrada del Jueves 15 de abril de 2010, por Alejandro Carantoña

Hay algunos momentos, raros, en los que a uno una obra de arte le devuelve, o mejor, le redescubre, una sensación algo oxidada: la de maravillarse. Esto es lo que anoche me ocurrió de la mano de Truffaut, viendo Jules et Jim.

Ubico la cuestión, para que se tengan en cuenta los elementos necesarios para un buen sopapo: para empezar, es necesaria una buena ración de tralla institucional. Truffaut, esta película, y Le Tourbillon, la deliciosa canción que la redondea, son nombres fijos en esos espantosos libros de texto de lengua francesa que llevamos sufriendo desde pequeños, y que incluyen pinceladas sobre su cultura y costumbres: Torre Eiffel, bullabesa, Molière, Johnny Halliday, y fotos desteñidas de croissants.

Hay que añadir a un puñado de pazguatos asiduos a la Filmoteca cantando las virtudes de este maestro del séptimo arte en tono recargado y pedante.

Bien, con esto ya se han evaporado (casi) todas las ganas de ver cualquier cosa de Truffaut. Por eso llega una lluviosa noche de abril, con té, manta y poco sueño, y aparece una mano providencial que tiende esta película. Uno, tirado a la 1 de la mañana bajo el edredón, la pone sin esperanzas y dispuesto a dejar pasar el tiempo necesario para que se le cierren los ojos, cuando se le van abriendo poco a poco. El bigote de Jim, la nuca de Catherine, la guitarra de Albert, el acento de Jules, la inefable sensación de que está ocurriendo algo enorme con apenas dos trazos, como aquellos que Jules dibuja en la mesa del café.

Con una aparente levedad y economía de recursos, van cayendo las dos horas de placer de otro tiempo con tal ligereza que tengo que parar varias veces la película para que no se me acabe: igual que una novela de las que ocupan los puestos altos en la estantería, uno disfruta tanto el durante que no quiere que llegue este momento, el de verse casi obligado a saltar de la cama y escribir unas líneas tras el «The End».

Eso es Jules et Jim: es pura literatura y puro cine al mismo tiempo, pura belleza en el sentido más amplio de la expresión, puro arte accesible a todos los paladares por su desnudez y precisión. Es un principio absoluto, en el sentido de que ninguna obra que haya venido detrás, ningún comentario que se pueda hacer al respecto pueden ayudar a hacerse una idea de lo que supone remontar la sinuosa estela que Truffaut ha dejado tras de sí.

Ni siquiera me atrevo a recomendarla, porque supongo que es la película exacta, en el momento preciso. Esta vez, me quedo callado y me quito el sombrero. Sin más.


5 comentarios »

  1. Mario Fernández dice:

    A Mario le gusta esto.

  2. Astur dice:

    Viendo cine francés…voy a tener que volver a Madrid para que te entretengas…:-D

  3. Petra dice:

    ¡Bien! Has pasado la primera prueba. Ahora, a por A bout de souffle. Y luego, ya puedes dedicarte a poner pingando el resto de la producción de La Nouvelle Vague sin padecerla.

  4. txe dice:

    la nouvelle vague es siempre moderna, aunque pasen 50 años. Jeanne Moureau está escandalosa y la peli truffada (al loro con el juego de palabras) de momentos memorables.

    Tb tenemos de amigo en común a Manuel Astur, parece.

  5. Alejandro Carantoña dice:

    ¿Amigo? Ja! Enemigo, cuanto menos.

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