Ya está, no he podido resistirlo: tras semanas aguantando la polémica sobre si Shutter Island es la mejor película de la Historia o la prueba irrefutable de que Scorsese está (muy) viejo, he tenido que verla.
El resultado es que ni lo uno ni lo otro; es una película terriblemente irregular. Esgrimían como argumento a favor, como irreprochable ventaja, el nivel visual de la película –indudablemente, insuperable, detallista–; y en contra, que el guión es previsible y una colección de tópicos. Bien realizada, pero colección de tópicos.
Ambas observaciones son absolutamente ciertas, y si todo el mundo ha reparado, ante todo, en estos aspectos de la película es porque Scorsese ha sabido enfatizar lo que pretendía. Enhorabuena.
Ahora bien, esas consideraciones no dejan de ser técnicas, formales, con cuya pertinencia se puede estar más o menos de acuerdo; pero parece que se ha olvidado lo fundamental de la historia: ¿es Shutter Island una película entretenida?
La respuesta es no. Es una muy buena película, pero mucho me temo que está abocada a ser vista una y sólo una vez: por su ritmo, cadencioso pero excesivamente marcado; por sus giros en la trama, que insuflan a muchas de las escenas el único interés que tienen; porque Dennis Lehane escribió una buena novela, pero no una novela genial.
Podríamos decir, pues, que se trata de cine de entretenimiento con chicha: una película que ver en el cine un domingo por la tarde, recordar con agrado y, quizás, volver a ver en la tele dentro de siete años. Pero nada más.