Eso es mudarse. Creo que ya puedo decir –aunque siga sin Internet– que he terminado el movimiento: a apenas una parada de metro de mi antigua casa, pero a fin de cuentas, movido.
Voy tapando el olor a pintura fresca con los propios de un hogar habitado, voy comprando lo que falta y agobiándome porque igual llueve y no puedo tender; voy buscando la mejor manera de guardar la escoba, la fregona, y de limpiar la tarima flotante. Mantengo el piso ordenado, voy encontrando los huecos, la cosa toma forma.
Mudarse a una nueva casa, y más, solo, puede ser un paso ilusionante o agobiante; pero es, en cualquier caso, el primer reto tras terminar de desempaquetar cajas y tener dónde caerse a dormir. ¿A qué hora me levanto? ¿Cómo es desayunar, somnoliento, en tu nueva casa? ¿Soy capaz de encender la luz y coger la toalla casi a tientas, con los ojos llenos de legañas?
Día a día, mañana a mañana, noche a noche, se van realizando las pequeñas conquistas. De pronto, el paño de la cocina ya está sucio; y el Fairy se acaba; y la nevera se vacía… Y la rueda vuelve a empezar, más afinada y colocada.
Tras dos semanas, las pasiones ya se han diluido, las ganas de jugar con el cierre automático del microondas han quedado atrás y la fascinación por los perfiles de aluminio que sujetan las luces del techo se encuentra en un segundo plano. Pero ahora, por fin, uno puede decir: “Esta es mi casa.”

Yo, como nunca me he mudado, no sé lo que se siente, pero te animo en tu nueva aventura.
la casa está encendida, que diría Luis Rosales