The Good Thief’s Guide to Amsterdam
Chris Ewan
Londres: Long Barn Books, 2007
He aquí una de esas novelas que llaman la atención en una estantería, se cogen con pocas expectativas, se comprueba que no son nada del otro mundo y, caramba, por eso se disfrutan.
Surcar las 238 páginas de la primera novela de Chris Ewan consiste únicamente en leer una historia sin otra pretensión que aplicar el modelo de una novela negra convencional, procurando no dejar agujeros en la trama y aguantándola sin ornamentos innecesarios más allá de algún que otro ramalazo poético que no va más allá de una frase en mitad de una descripción.
Si no es una gran novela, si no es un bocado de literatura sin igual, ¿por qué dedicarle tiempo y alguna que otra neurona? Porque no todos los días se puede comer un chuletón de buey, de vez en cuando hace falta una hamburguesa. De hecho, la solidez de la trama llega a verse amenazada por algún que otro pepinillo de más y un ligero exceso de ketchup, pero a fin de cuentas la idea es buena y está bien desarrollada.
Sin embargo, la importancia de meterse entre pecho y espalda libros pura y llanamente entretenidos, ni siquiera de una gran calidad (en este sentido, cualquier novela de Jean Christophe Grangé, autor de El imprerio de los lobos, es bastante mejor) reside en una lección literaria de gran valor: al tratarse de una primera novela bastante humilde, y deudora del género negro de hace 50 años, la mayor prioridad del autor es aplicar la estructura de aquél de manera prácticamente esquelética, dejándola clara para mentes con poca paciencia filológica, como la mía: la chica, el gerifalte, el poli, la escena final de 30 páginas en la que todo se resuelve.
A pesar de todo, conviene apuntarle un tanto a Ewan que me hará leer más trabajos suyos con más entusiasmo: ¿no es, cuanto menos, atractivo el concepto de un relato narrado en primera persona sobre un ladrón que además escribe novelas de calidad y éxito discutibles? Y que vivan las primeras novelas.