Por distintos motivos, en diferentes circunstancias y con destinos totalmente antagónicos, llevo dos fines de semana sin posar los pies en Madrid. El primero, a Canarias; el segundo, a Zaragoza y Barcelona.
A Canarias uno va como hay que ir: con chanclas, bañador y los gastos pagados. Ah, y ciento y pico desconocidos con los que entretenerse. Pero, en cualquier caso, a hacer turismo de safari; esto es, a ver guiris en su salsa, al piano man del cartonpiédrico hotel y a comer hasta quedarse tonto en el buffet libre. Un viaje ciertamente agradable, relajante incluso.
A Zaragoza y Barcelona ya no, la cosa cambia. Aquí el formato era diferente; con coche, tres amigos y 1.200 kilómetros en tres días por delante. Pueden parecer pocos, pero si se pretende compaginar las múltiples excursiones con el delicioso terraceo del verano tempranero, con paseos frente a la Basílica del Pilar a horas infames, o incluso con una visita en condiciones a Barcelona, la cosa se complica.
Al final, volví de ambos fines de semana con el único propósito de que me dejaran meterme en mi cama durante un mínimo de ocho horas, pero también con una sensación única: la de estar descansado y haber tomado fuerzas. Soy una de esas personas a las que contentar es tan fácil como darles un poco de sol adormecedor, un día veraniego y una comida en buena compañía –más la promesa de que Internet y derivados no entrarán en escena–: así ya se me puede infundir un buen humor complicado de tumbar. Horas en el coche, cigarros en gasolineras sobre una llanura infinita, aviones a las siete de la mañana, kebabs a las 5, taxis con desconocidos… Al final, recargar pilas no era tan difícil.
