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abril, 2010

  1. Un par de viajes (o tres)

    Lo escribí el Martes 27 de abril de 2010

    Por distintos motivos, en diferentes circunstancias y con destinos totalmente antagónicos, llevo dos fines de semana sin posar los pies en Madrid. El primero, a Canarias; el segundo, a Zaragoza y Barcelona.

    A Canarias uno va como hay que ir: con chanclas, bañador y los gastos pagados. Ah, y ciento y pico desconocidos con los que entretenerse. Pero, en cualquier caso, a hacer turismo de safari; esto es, a ver guiris en su salsa, al piano man del cartonpiédrico hotel y a comer hasta quedarse tonto en el buffet libre. Un viaje ciertamente agradable, relajante incluso.

    A Zaragoza y Barcelona ya no, la cosa cambia. Aquí el formato era diferente; con coche, tres amigos y 1.200 kilómetros en tres días por delante. Pueden parecer pocos, pero si se pretende compaginar las múltiples excursiones con el delicioso terraceo del verano tempranero, con paseos frente a la Basílica del Pilar a horas infames, o incluso con una visita en condiciones a Barcelona, la cosa se complica.

    Al final, volví de ambos fines de semana con el único propósito de que me dejaran meterme en mi cama durante un mínimo de ocho horas, pero también con una sensación única: la de estar descansado y haber tomado fuerzas. Soy una de esas personas a las que contentar es tan fácil como darles un poco de sol adormecedor, un día veraniego y una comida en buena compañía –más la promesa de que Internet y derivados no entrarán en escena–: así ya se me puede infundir un buen humor complicado de tumbar. Horas en el coche, cigarros en gasolineras sobre una llanura infinita, aviones a las siete de la mañana, kebabs a las 5, taxis con desconocidos… Al final, recargar pilas no era tan difícil.


  2. Calentamiento global

    Lo escribí el Sábado 24 de abril de 2010

    Creo que cuando aquel sábado se apagaron tres o cuatro rascacielos entré en una de esas fases en las que uno decide desenchufarse de prensa, televisión, radio e Internet por un tiempo. Me llegan ecos desde fuera de la fortaleza (des)informativa, lo justo como para que el mundo no se acabe y me pille desprevenido, pero, servicios mínimos aparte, hay que decir que la vida es bastante más brillante y divertida.

    En la plaza acaban de plantar las terrazas, en el café del rincón ya dejan las puertas abiertas de par en par toda la noche, hasta cerrar, y la chaqueta va cogiendo postura en la percha, como preparándose para su particular hibernación de aquí a octubre.

    Lo mejor es que en Madrid, hace una semana, no era difícil encontrarnos pelados de frío la noche más tonta, por confiados; pero de pronto, tras discretas nieves en marzo (!) y la rasca amenazante de Semana Santa, me descubro sacando las camisas de verano y desterrando hasta el jerséy, a los oficinistas sin corbata dormitando en las terrazas a la hora de comer. Para mis amigos, los que apagan rascacielos, este es sólo otro síntoma del drama que atenaza al planeta; para nosotros, una semana de calor delicioso: ¿Quién llevará la razón? A saber: menuda tarde ha quedado.


  3. Jules et Jim

    Lo escribí el Jueves 15 de abril de 2010

    Hay algunos momentos, raros, en los que a uno una obra de arte le devuelve, o mejor, le redescubre, una sensación algo oxidada: la de maravillarse. Esto es lo que anoche me ocurrió de la mano de Truffaut, viendo Jules et Jim.

    Ubico la cuestión, para que se tengan en cuenta los elementos necesarios para un buen sopapo: para empezar, es necesaria una buena ración de tralla institucional. Truffaut, esta película, y Le Tourbillon, la deliciosa canción que la redondea, son nombres fijos en esos espantosos libros de texto de lengua francesa que llevamos sufriendo desde pequeños, y que incluyen pinceladas sobre su cultura y costumbres: Torre Eiffel, bullabesa, Molière, Johnny Halliday, y fotos desteñidas de croissants.

    Hay que añadir a un puñado de pazguatos asiduos a la Filmoteca cantando las virtudes de este maestro del séptimo arte en tono recargado y pedante.

    Bien, con esto ya se han evaporado (casi) todas las ganas de ver cualquier cosa de Truffaut. Por eso llega una lluviosa noche de abril, con té, manta y poco sueño, y aparece una mano providencial que tiende esta película. Uno, tirado a la 1 de la mañana bajo el edredón, la pone sin esperanzas y dispuesto a dejar pasar el tiempo necesario para que se le cierren los ojos, cuando se le van abriendo poco a poco. El bigote de Jim, la nuca de Catherine, la guitarra de Albert, el acento de Jules, la inefable sensación de que está ocurriendo algo enorme con apenas dos trazos, como aquellos que Jules dibuja en la mesa del café.

    Con una aparente levedad y economía de recursos, van cayendo las dos horas de placer de otro tiempo con tal ligereza que tengo que parar varias veces la película para que no se me acabe: igual que una novela de las que ocupan los puestos altos en la estantería, uno disfruta tanto el durante que no quiere que llegue este momento, el de verse casi obligado a saltar de la cama y escribir unas líneas tras el «The End».

    Eso es Jules et Jim: es pura literatura y puro cine al mismo tiempo, pura belleza en el sentido más amplio de la expresión, puro arte accesible a todos los paladares por su desnudez y precisión. Es un principio absoluto, en el sentido de que ninguna obra que haya venido detrás, ningún comentario que se pueda hacer al respecto pueden ayudar a hacerse una idea de lo que supone remontar la sinuosa estela que Truffaut ha dejado tras de sí.

    Ni siquiera me atrevo a recomendarla, porque supongo que es la película exacta, en el momento preciso. Esta vez, me quedo callado y me quito el sombrero. Sin más.


  4. Shutter Island

    Lo escribí el Miércoles 14 de abril de 2010

    ShutterIsland Ya está, no he podido resistirlo: tras semanas aguantando la polémica sobre si Shutter Island es la mejor película de la Historia o la prueba irrefutable de que Scorsese está (muy) viejo, he tenido que verla.

    El resultado es que ni lo uno ni lo otro; es una película terriblemente irregular. Esgrimían como argumento a favor, como irreprochable ventaja, el nivel visual de la película –indudablemente, insuperable, detallista–; y en contra, que el guión es previsible y una colección de tópicos. Bien realizada, pero colección de tópicos.

    Ambas observaciones son absolutamente ciertas, y si todo el mundo ha reparado, ante todo, en estos aspectos de la película es porque Scorsese ha sabido enfatizar lo que pretendía. Enhorabuena.

    Ahora bien, esas consideraciones no dejan de ser técnicas, formales, con cuya pertinencia se puede estar más o menos de acuerdo; pero parece que se ha olvidado lo fundamental de la historia: ¿es Shutter Island una película entretenida?

    La respuesta es no. Es una muy buena película, pero mucho me temo que está abocada a ser vista una y sólo una vez: por su ritmo, cadencioso pero excesivamente marcado; por sus giros en la trama, que insuflan a muchas de las escenas el único interés que tienen; porque Dennis Lehane escribió una buena novela, pero no una novela genial.

    Podríamos decir, pues, que se trata de cine de entretenimiento con chicha: una película que ver en el cine un domingo por la tarde, recordar con agrado y, quizás, volver a ver en la tele dentro de siete años. Pero nada más.


  5. Una nueva vida

    Lo escribí el Martes 13 de abril de 2010

    Eso es mudarse. Creo que ya puedo decir –aunque siga sin Internet– que he terminado el movimiento: a apenas una parada de metro de mi antigua casa, pero a fin de cuentas, movido.

    Voy tapando el olor a pintura fresca con los propios de un hogar habitado, voy comprando lo que falta y agobiándome porque igual llueve y no puedo tender; voy buscando la mejor manera de guardar la escoba, la fregona, y de limpiar la tarima flotante. Mantengo el piso ordenado, voy encontrando los huecos, la cosa toma forma.

    Mudarse a una nueva casa, y más, solo, puede ser un paso ilusionante o agobiante; pero es, en cualquier caso, el primer reto tras terminar de desempaquetar cajas y tener dónde caerse a dormir. ¿A qué hora me levanto? ¿Cómo es desayunar, somnoliento, en tu nueva casa? ¿Soy capaz de encender la luz y coger la toalla casi a tientas, con los ojos llenos de legañas?

    Día a día, mañana a mañana, noche a noche, se van realizando las pequeñas conquistas. De pronto, el paño de la cocina ya está sucio; y el Fairy se acaba; y la nevera se vacía… Y la rueda vuelve a empezar, más afinada y colocada.

    Tras dos semanas, las pasiones ya se han diluido, las ganas de jugar con el cierre automático del microondas han quedado atrás y la fascinación por los perfiles de aluminio que sujetan las luces del techo se encuentra en un segundo plano. Pero ahora, por fin, uno puede decir: “Esta es mi casa.”