Aún no sé muy bien por qué, la semana pasada me acordé repentinamente del documental sobre Metallica Some kind of monster, rodado entre 2001 y 2003, cuando la banda atravesaba uno de sus episodios más constructivos: sin bajista, con un bloqueo creativo de tres pares y la tormenta de la demanda de Lars Ulrich, el batería, a Napster, aún fresca.
Realmente sorprende la cantidad de horas de metraje que tienen que existir como para describir con tanta exactitud el camino que va desde un grupo al borde del abismo hasta el de los cuatro metallicos defendiendo su St. Anger frente a nosecuantascientas mil personas, pasando por las imprescindibles escenas con el terapeuta.
Se aprecia a la perfección cómo el mismo ego y energía que llevaron a Ulrich, Hetfield y Hammet a comerse el mundo empezaban a volverse contra ellos; más aún cuando se veían incapaces de producir una canción que valiera la pena: se les estaba empezando a ir la cabeza (más) y ese pequeño resquicio de maldad, de estupidez, de lo que sea que acaba por germinar y convertirnos en seres insoprotables e ingobernables parece adueñarse de ellos al principio de la historia, para acabar por derretirse cuando todo encaja y funciona, de golpe.
Dudo que el señor terapeuta como tal tenga demasiado que ver en el proceso; más bien parece que el hecho de tener cámaras delante y a alguien “vigilándoles” basta para que Hetfield y sus psicópatas se contengan en momentos clave y consigan llevar a buen puerto –no sin esfuerzos sobrehumanos– el disco que acabaría por ser St. Anger.
Tampoco queda de lado la presión: a pesar de la capacidad que ha de tener uno para ser músico y poder permitirse ser Metallica al mismo tiempo, cómo meterse en el estudio y (en la medida de lo posible) olvidarse del mundanal ruido y hacer lo que mejor –o lo único– que saben hacer.
En fin, tampoco conviene hablar mucho más: vedlo y opinad, sabios.