Esto fue lo que, el otro día, me dijo así, a bocajarro, una amiga reciente para mi sorpresa y fascinación: ¿cómo, por qué, ha llegado a pensar que soy escritor? ¿Porque tengo un blog? ¿Porque escribo en un periódico? ¿Porque paseo libros bajo el brazo y me siento en cafés a leer? ¿Porque estudio Traducción? ¿Porque he publicado un libro de relatos y una novela?
Ah, sí, debe de ser por eso.
Uy, un momento: ¡No he publicado ninguna novela, ni ningún libro de relatos!
– No, no soy escritor: no he publicado nada –le respondí.
– Pff –dijo ella– la de ellos que habrá que no han publicado nada. No te preocupes: eres escritor.
No le hice caso, y preocupado me quedé, sentado frente a la mesa de mármol con un libro de mil páginas encima, decidido a documentarme sobre esa estirpe secreta de escritores-zombi en cuanto llegara a casa. He localizado a un puñado de ellos desde entonces, rebuscando por fantásticos blogs diseñados en Times New Roman, sin márgenes, que recopilan encendidos artículos al borde de lo guerrillero firmados por algún chileno que aún no se explica por qué no es Roberto Bolaño; también he dado con excelsos autores de aforismos en Twitter, de cuyo mérito no dudo; y con especialistas en compendios de relatos, libros a ocho manos y artículos sobre vino, comida, y otros epicúreos y novedosos temas.
La expresión “sustancia literaria” aflora en sus labios cada dos frases; critican traducciones del ruso; malviven en quintos sin ascensor; y construyen descripciones interminables (el récord, de momento, son 300 palabras sin un solo punto). Ah, me enamoran.
Imagino que mi nueva amiga, la que tan generosamente me adjudica el título de escritor –¡ni siquiera de autor!– se refería a todo esto. Y no sólo no estoy tranquilo, sino que estoy más preocupado.