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a febrero 3rd, 2010

  1. Barack me robó el periódico

    Lo escribí el Miércoles 3 de febrero de 2010

    El gabinete de prensa de la Casa Blanca nunca había tenido que preocuparse en exceso de las nuevas tecnologías: hasta la legislatura anterior, valía con tener a un pollo que supiera usar Internet Explorer y enviar e-mails para enterarse más o menos de lo que se decía del presidente de Estados Unidos por ahí.

    Pero con la era Obama llegó la locura: Twitter, Facebook, Youtube ya eran una realidad, un monstruo de siete cabezas imposible de dominar. Sólo quedaba una opción: hacerse un hueco.

    En alguna ocasión he hablado ya de esos psicópatas de las nuevas tecnologías que con la excusa de la web 2.0 twittean hasta desde la cola del supermercado, y comparten con nosotros cada detalle de sus vidas mediante insulsos blogs en los que los enlaces a redes sociales ocupan más que el propio cuerpo del texto. Bien, pues de esta tendencia no se iba a salvar la prensa política estadounidense de hoy: habla un artículo reciente de The New Yorker de un corresponsal que a lo largo del día publica 3 ó 5 entradas en su blog y 8 ó 10 actualizaciones de Twitter. El ritmo de la noticia en Washington dura 24 horas, y vuelve a coger carrerilla antes de que amanezca.

    Vista la voracidad del nuevo periodismo, frenético e imparable, lo que la administración Obama decidió, como astutamente analiza el artículo de Ken Auletta, fue llevarles la noticia a la puerta de casa. Te abro un canal en Youtube, te modernizo la página web, contrato a un equipo de televisión: yo te lo cuento TODO. Yo soy la fuente directa; así, no se acalla a los medios de comunicación, sino que (esto suena rarísimo) se compite con ellos: ¿Quién hubiera podido pensar hace 30 años que el gobierno publicara un periódico propio? Ahora no sólo hace eso: tiene además un canal de televisión y, todo, con difusión mundial.

    Los medios tradicionales, mientras, están contra la pared: los tipos de los puros reclaman a los atribulados reporteros en mangas de camisa y con el lápiz sobre la oreja historias, historias, historias, y a éstos no les queda más remedio que tirar de Blackberry y procurar esquivar las faltas de ortografía; el periodismo no tiene más remedio que hacerse con un nicho ideológico y afianzarlo, a costa de cortar cabezas, y el análisis se va doblegando ante el hambre de sencillez poco a poco.

    La inmediatez ha permitido a un gobierno circunvalar a una prensa de dudosa moralidad y levantar, en tan sólo unos meses, un debate sobre la ética periodística y comunicativa que empieza a proyectar una sombra ligeramente siniestra sobre el idolotrado Obama, que ha dejado de molar algo de lo que molaba (pero sigue siendo guay).

    Aquí esto no pasa, y dudo que llegue a ocurrir. Como siempre digo, mientras que en un sótano de Washington un think tank mide cada uno de los términos que aparecerá en un discurso, aquí montamos un ministerio. Pero el poder, más que nunca, está en nuestras manos: ellos saben cómo funciona; nosotros, no.

    Es tonificante vivir en un país que sigue creyendo que es más eficaz regalar bolis y globos en los mítines que esto: