RSS Feed

a enero 30th, 2010

  1. El texto tras el autor

    Lo escribí el Sábado 30 de enero de 2010

    Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

    La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

    Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

    Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

    Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

    Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

    Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.


  2. La paliza

    Lo escribí el

    logoculturasSherlock, tirado en el suelo, recibe patadas en las costillas semiinconsciente. Es uno de los grandes misterios: cuando hasta sir Arthur Conan Doyle intentó acabar con el mejor de los detectives, la propia Reina de Inglaterra, con sus superpoderes, lo evitó. Se las vio y se las compuso para aguantar los embates de los más ingeniosos villanos y hasta del «Elemental, querido Watson», que le adjudicaron las primeras adaptaciones cinematográficas.

    Pero ahora, con los creadores de un oportuno videojuego con Jack el Destripador como contrapunto (!) tirándole de los pelos (el videojuego es imposible de acabar por un error de programación) y Guy Ritchie embuchándole ‘El Código Da Vinci’ (como suena) por las orejas, el rey de los detectives no parece tener escapatoria posible.

    Siempre igual: como hiciera su padre narrativo, las adaptaciones empiezan con un par de ramalazos de encantador ingenio británico y una feliz acumulación de misterios, que nos conducen con paso firme hacia el prometedor desenlace, sorprendente. Siempre sorprendente.

    Pero ahí están para calzarnos una de artes marciales, una buena ración de 3D y, por qué no, un sano refrito de pentagramas y sociedades secretas.

    Y la cosa va para saga, dicen por ahí. Con Brad Pitt de Moriarty… Al menos, habrá patadas. Digo.