Siete minutos: Seis (de los libros)

Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:58

De pequeño le dijeron, como a todo el mundo, que la literatura era un universo de fantasía y aventuras; que encerraba sensaciones únicas; y así le dieron una copia mal impresa y con el lomo roído de Moby Dick. Llegó a la página 27, lo guardó y no ha vuelto a abrirlo desde entonces.

Una posterior y momentánea manía por el orden le hizo encontrarlo y colocarlo, aunque sólo fuera como recordatorio de su fracaso, en la balda más alta de la estantería del salón. Allí ha permanecido, amenazante, presidencial y adquiriendo paulatinamente una pátina de polvo.

En uno de los asaltos de limpieza anuales, volvió a vaciar toda la estantería y, cuando llegó al roñoso ejemplar de Moby Dick, tomó una decisión resolutiva: empapado en sudor como estaba, incómodo, con el suelo del salón copado de objetos (grapadoras, folios, carpetas, libros, regletas, pisapapeles, objetos decorativos, etc.) se dirigió, furioso y a trompicones, hasta la cocina; abrió la papelera y con una mueca de desprecio, lo tiró.

Pasó tiempo antes de que pudiera arrepentirse, puesto que en aquel momento aún trataba de hacerse un hueco profesional y lo último en lo que pensaba era en leer; pero poco a poco empezó a recordar aquel tomo no como un detalle desafiante en mitad de aburridos manuales (“¡Conmigo no puedes!”), sino con la nostalgia de aquel olor a papel en descomposición, con el tacto rugoso y desagradable de las hojas amarillentas.

En su incipiente estado de culpa, abrió cierto suplemento cultural un domingo por la tarde y encontró, como reportaje destacado, que se reeditaba Moby Dick en tapa dura, durísima, a un precio tan deliciosamente exagerado que le entraron ganas de pagarlo, sólo para saber qué se sentía.

Corrió, el lunes, a por un ejemplar de su nuevo Moby Dick y, sin siquiera sacarlo de la bolsa, espero a que llegara la noche para colocar una lámpara adecuadamente, poner el sillón en su sitio y abrir la primera hoja. ¡Qué papel! Y empezar a leer, con enorme atención primero, frunciendo las cejas y acercándose al volumen: ¡Qué olor! Y pasar las páginas con avidez: ¡Qué edición!

Disfrutó, durante un rato, del enorme libro que tanto le pesaba sobre el abdomen y lo depositó, agotado ya por un día de trabajo, sobre la mesilla. Se acostó y, satisfecho, durmió.

Sigue leyéndolo, lo tiene en casa esperándole ahora mismo: pretendía terminarlo antes de que el 2009 se lo llevara, pero no ha sido posible. Brinda, y recoge un cuenco con doce perfectas uvas.


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