Siete minutos: Cinco (de los amigos)
Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:57
Tener, siempre ha tenido amigos. Amigos, amistades, conocidos: cada cual le da un nombre, pero el caso es que la soledad nunca había hecho mella en él y eso no tenía por qué ocurrir. La única melancolía que pudo llegar a sentir fue más joven, cuando, sin batería en el iPod, se vio obligado a caminar bajo la lluvia sin paraguas sobre la cabeza ni música en los oídos.
Con los años el grupo de amigos se ha ido reformando, mutando, creciendo y encogiendo, pero jamás ha llegado a desmembrarse del todo: de hecho esta noche, aquí, están todos los que son con sus mujeres, o novias, o desubicados en alguna esquina del salón mientras esperan a que termine el año y a que, aguardando una suerte de efecto 2000, el mundo dé un cambio radical a su alrededor con la última campanada.
Él nunca ha sido consciente de la soledad que le ha sobrevolado, o que ha llegado incluso a apoderarse de él, porque creció aprendiendo a obviarla (de nuevo, sin pretenderlo). Por ejemplo, en septiembre más o menos, se encontraba en casa dispuesto a salir, planeando una noche con quienes hoy comparte fiesta. Dos de ellos ya tenían compromisos, uno de los desubicados trabajaba al día siguiente, el otro estaba fuera de la ciudad, otros tres estaban de viajes de trabajo y fue, por fin, el desubicado que ahora otea la sala despreocupado, el único que le ofreció compañía para la velada.
Salieron, cenaron, rieron con carcajadas menos sonoras de lo habitual y se enfrascaron en una conversación intrascendente, luego trascendente, luego ascendente, luego descendente y, finalmente, en barrena emocional, aplacados por una ristra de gin-tonics y asidos a sus respectivos taburetes acolchados como si en ello les fuera la vida.
Pero daba igual, porque no dejaban de reír aunque por dentro fueran quemándose y retorciéndose: volviendo a casa, sintió un atisbo de melancolía, que por suerte sus reflejos achacaron al alcohol ingerido y le recetaron, sabios, que se metiera en la cama urgentemente.
A apenas tres minutos de la explosión final de amistad, que mantiene a todos los estómagos levemente tensos, nadie piensa en ello. Y él, por descontado, menos aún: hay cosas mejores de las que preocuparse.
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