Siete minutos: Cuatro (de las plantas)

Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:56

A pesar de esa tendencia a madrugar, como testimonio de la medida en que el trabajo estructura su vida, hasta este año le había resultado casi imposible establecer otro hábito, por sí mismo, que escapara a lo que está “obligado” a hacer. Sí que tiene sus hobbys, claro que le gusta que la casa esté cuidada, por supuesto que le entusiasma leer o establecer costumbres con sus amigos que le aten a un ciclo temporal determinado, pero jamás había logrado que entre los cuatro muros de su casa naciera y creciera algo propio.

Pero alguien decidió regalarle por su cumpleaños una planta, de hojas verdes y carnosas, tanto que parecía de plástico. Él, en la fuesta que organizó en el apartamento, la agradeció al instante y la depositó, con la maceta envuelta y todo, en una mesa, sin prestar demasiada atención a la explicación que le daban.

Fue al día siguiente, al ir a recoger los restos del día anterior (ceniceros a rebosar, copas mediadas en el baño, platos con restos de comida esparcidos por el suelo del salón, camas deshechas, bufandas perdidas tras los butaciones) cuando reparó de nuevo en el obsequio y, sin pretenderlo, fue a rozar las hojas cuando, al tacto, se dio cuenta de que era necesariamente natural. Se asustó y, por pudor, evitó llamar a quien se la había regalado para preguntar qué cuidados necesitaba.

Pero el simple hecho de haber sentido la pulsión de cuidar aquella planta le catapultó a la floristería más cercana, a consultar, como quien no quiere la cosa, qué debía hacer: regarla con profusión cada dos días, remojar las hojas de vez en cuando usando un aerosol, y tenerla en un lugar iluminado el máximo de tiempo posible.

Así lo hizo, y con los meses ha ido creciendo, engordando, reproduciéndose hasta resultar en un objeto especial y cambiante que, con mirarlo, le provoca la satisfacción del “lo he hecho yo”. Poco a poco, se ha propuesto ir comprando más, y cuidándolas y alimentándolas.

Se sonríe al ver, en una esquina del salón (y con la copa de champán siempre en la mano) unas macetas igual de artificiales en apariencia, pero igual de vivas y carnosas en realidad, que la que él atesora en el alféizar de la ventana. Tan sólo cuatro minutos…


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