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a diciembre 27th, 2009

  1. Siete minutos: Cuatro (de las plantas)

    Lo escribí el Domingo 27 de diciembre de 2009

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:56

    A pesar de esa tendencia a madrugar, como testimonio de la medida en que el trabajo estructura su vida, hasta este año le había resultado casi imposible establecer otro hábito, por sí mismo, que escapara a lo que está “obligado” a hacer. Sí que tiene sus hobbys, claro que le gusta que la casa esté cuidada, por supuesto que le entusiasma leer o establecer costumbres con sus amigos que le aten a un ciclo temporal determinado, pero jamás había logrado que entre los cuatro muros de su casa naciera y creciera algo propio.

    Pero alguien decidió regalarle por su cumpleaños una planta, de hojas verdes y carnosas, tanto que parecía de plástico. Él, en la fuesta que organizó en el apartamento, la agradeció al instante y la depositó, con la maceta envuelta y todo, en una mesa, sin prestar demasiada atención a la explicación que le daban.

    Fue al día siguiente, al ir a recoger los restos del día anterior (ceniceros a rebosar, copas mediadas en el baño, platos con restos de comida esparcidos por el suelo del salón, camas deshechas, bufandas perdidas tras los butaciones) cuando reparó de nuevo en el obsequio y, sin pretenderlo, fue a rozar las hojas cuando, al tacto, se dio cuenta de que era necesariamente natural. Se asustó y, por pudor, evitó llamar a quien se la había regalado para preguntar qué cuidados necesitaba.

    Pero el simple hecho de haber sentido la pulsión de cuidar aquella planta le catapultó a la floristería más cercana, a consultar, como quien no quiere la cosa, qué debía hacer: regarla con profusión cada dos días, remojar las hojas de vez en cuando usando un aerosol, y tenerla en un lugar iluminado el máximo de tiempo posible.

    Así lo hizo, y con los meses ha ido creciendo, engordando, reproduciéndose hasta resultar en un objeto especial y cambiante que, con mirarlo, le provoca la satisfacción del “lo he hecho yo”. Poco a poco, se ha propuesto ir comprando más, y cuidándolas y alimentándolas.

    Se sonríe al ver, en una esquina del salón (y con la copa de champán siempre en la mano) unas macetas igual de artificiales en apariencia, pero igual de vivas y carnosas en realidad, que la que él atesora en el alféizar de la ventana. Tan sólo cuatro minutos…


  2. Ángeles rebeldes

    Lo escribí el

    angelesrebeldes Angeles rebeldes

    Robertson Davies

    Traducción de Concha Cardeñoso

    Barcelona, Libros del Asteroide

    2008 (original de 1981)

    Por fin asisto a la primera parte de la trilogía de Cornish, igual de fascinado que a las otras dos pero, no obstante, muy sorprendido.

    Sorprendido porque el tono, la estructura y la narración nada tienen que ver con los otros dos libros, sino que resultan completa y absolutamente independientes (que no incoherentes): por eso a lo largo de esta lectura no he dejado de preguntarme qué hacía de la trilogía de Cornish eso, una trilogía, más allá de que los personajes se llamen igual. Pero a esto habrá que dedicarle otra entrada.

    El libro en sí juega a la perfección con las voces de los personajes, sirviéndose de ellos y de unos diálogos de ritmo pausado pero firme para construir escenas tremendamente ricas en detalles y cubiertas, además, con ese tufillo académico-erudito en el que Davies nos quiere sumir.

    Lo mismo sucede con el resto de “ambientes” de la novela: el gitano, el estudiantil, el estudioso, el amoroso, el pervertido, el privado… Todos ellos se configuran definiendo el espacio y la acción con precisión milimétrica, utilizando además anécdotas y pequeñas historias dentro de la historia para mantener el interés del lector.

    La traducción desempeña, una vez más, un papel fundamental en el desarrollo del libro: la escritura de Davies es, más que nunca, la herramienta sobre la que se sostiene todo, ya que logra poner a sus personajes a teorizar sobre la ciencia del bomarí, o sobre Rabelais, estableciendo un discurso divulgativo a la vez que pedante hasta lo levemente grimoso; es decir, proporcionar la información ironizando, a la vez, con sus personajes y sin resultar obvio.

    Transportar eso al español, igual que la agilidad de una sintaxis ferozmente divertida cuando toca, son los retos a los que se enfrenta una edición de esta clase, que puede resultar, sólo por este factor, absolutamente infumable. Pero, por suerte, no es ni de lejos así.