Siete minutos: Tres (de la luz)

Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:55

No solía permitirse dormir hasta tarde, ni siquiera los domingos, hasta que tras una velada idiota lo hizo. Sin querer, casi, pero se descubrió amaneciendo a las 12 y media de la mañana, con la habitación ya invadida por el sol reflejándose en las paredes.

Por un momento le costó comprender cómo se había dormido y dónde se encontraba, tan sumamente iluminado a través de las legañas. Es decir, nunca había contemplado las paredes de la habitación en ese estado de semiinconsciencia del que sólo controla sus movimientos lo suficiente como para palmear el despertador y apurar cinco minutos más, y ahora, antes de desperezarse por completo y asistir a la realidad tal cual la conocía, pudo verlas durante unos momentos.

Ese fue el día en el que, igual que le había ocurrido con la comida o con el clima, empezó a apreciar una iluminación adecuada y a su gusto en casa: tiró (casi) todas las bombillas y se hartó a comprar lámparas de pie, que le encanta enfocar al techo y mover de sitio en función de las visitas, de su estado de ánimo o de lo que esté haciendo por casa: para fregar, todas las posibles; para leer, sólo una y embutida entre las páginas, por debajo de sus ojos; para cocinar, tenue e indirecta; para dormir, el piloto rojo del cargador del móvil, una pequeña mota  en mitad de la habitación que la hace parecer sumida en la oscuridad en principio pero que, a medida que se va acostumbrando la vista, revela volúmenes, sombras y figuras inusitadas.

Piensa en esto mientras que recoge una segunda copa de champán, a falta tan solo de 5 minutos para acabar el año, mientras observa cómo los halógenos refulgen en el techo del salón, ocultos tras unas molduras de gusto dudoso pero acabado resultón.


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