Siete minutos: Dos (de la comida)

Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:54

Tampoco ha sido un año malo en lo que a comer se refiere: allá por marzo alguien le sentó a una mesa y pidió por él. Por su condición no había perdido la oportunidad de comer en sitios caros, buenos quizás, malos habitualmente. Esas raciones mal medidas, esos platos fatal calculados que sembraban, en un principio, una acidez difícil de superar, pero a las que su estómago acabó por acostumbrarse por pura inercia social.

Ahora bien, tras tantos años (“¡años, ya, qué viejos nos hacemos!”) topó con alguien, como decía, que le sentó a una mesa y pidió por él. Lo recuerda con vividez, incluso mejor de lo que realmente fue, gracias a la habilidad de su acompañante. El sitio se encontraba en un patio interior, sin un solo cartel que advirtiera de su naturaleza; había que atravesar uno de esos antiguos portalones para coches de caballos y, al llegar al patio interior, de adoquinado nivelado y regular, un impecable maître aguardaba con la elegante carta bajo el brazo y una mesa, en un rincón, perfectamente vestida.

Apenas había más comensales, por lo que desde ese preciso instante empezó a sentirse cómodo; más aún cuando, al ir a mordisquear un trozo de pan, rozó el mantel y la servilleta. La acompañante eligió por los dos el vino, cuyo nombre o denominación ocultó rogando al camarero que lo sirviera decantado; los entrantes, algunas delicias frías con tantos ingredientes que la andanada de sabores formaba un todo imposible de desnetrañar; los primeros, sopas templadas suaves y cariñosas; los segundos, solomillos de salsas tan bien medidas y guarniciones tan bien calculadas que ni siquiera era posible pensar en ellas, sólo en un sentimiento de pura y simple euforia; y los postres, dos raciones de una mousse esponjosa y sonora bajo la cuchara.

Luego tomaron una copa que podría haberlo destruido todo, pero que no hizo más que compactarlo y vestirlo de terciopelo en su renacido estómago (o eso creyó sentir). Estaba tan entusiasmado que olvidó todo lo demás por unos momentos y, desde entonces, no ha hecho más que buscar de nuevo esa sensación. Con un breve sorbo de champán, tras tantos meses de práctica, cree acercarse bastante. Pero sigue teniendo un nudo: apenas quedan seis minutos para que termine el año.


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