Lee la primera parte.
No tardó en tropezar con una piedra, en sortear un tronco caído, en sentir algún animalillo asustado escurrirse entre sus piernas al escapar. Seguía desorientado, pero al menos tenía la certeza de estar caminando en una dirección fija, con la esperanza de topar con algo, algo, en un momento dado.
En esta zona no debería ser demasiado complicado encontrar señales, aunque fueran nimiedades, que le permitieran ubicarse en el mapa que tan netamente tenía dibujado en la mente: era como si el terreno esperara a que llegara él y clavara con decisión su dedo sobre un punto (“¡Aquí estoy!”), como si el paisaje que le rodeba estuviera dispuesto a descubrirse, majestuoso, de esta niebla tupida y abandonara el siniestro cariz que poco a poco iba tomando.
Era lo suficientemente aficionado al monte como para no dejar que se le acelerara el pulso, que la incómoda humedad le hiciera exhalar vaho, desasosegado, hasta tener que gritar para liberar la presión del pecho: ya se había perdido alguna vez, y nunca había tardado en volver a encontrar el camino. Esta vez no tenía por qué ser distinta.
Efectivamente, evitaba pensar, absolutamente, en lo que le podría haber llevado a despertar sumido en barro: ¿De qué le serviría hacerse preguntas que era imposible responder ahora? Lo último que recordaba era noche, calor, lana, las manos enroscadas en una taza y meterse en la cama del refugio con calcetines. Nada de vestirse, nada de acostarse con esta ropa.
Sintió una punzada de hambre que le hizo pensar en que la mañana avanzaba rápida, sin que la niebla hiciera el más mínimo amago de romper filas. Y seguía sin reconocer nada, y sin agobiarse. Ni siquiera tenía clara la topografía: subía, bajaba, saltaba.
Empezó a sospechar que nunca había pisado este bosque, y que orientarse sería una cuestión de suerte. Había querido reservarse las barritas energéticas, pero una nueva punzada en el estómago le obligó a abrir una y a engullirla casi sin pensarlo. Cuando guardó el papel en el bolsillo, empezó a tener claro que la pregunta que no tenía sentido responder entonces (“¿Cómo”?) era, quizás, la clave para salir de esa niebla.
Por fin, le empezó a temblar el pulso.
Lee la tercera parte.

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