Givaudan es una multinacional suiza, gigantesca, que se dedica a la síntesis de aromas naturales: una molécula de este cítrico, un toque de ua planta tropical y tachán: un nuevo sabor sintético.
Existe, en este sector envuelto en secretismo corporativo, un concepto interesante: el de espacios blancos, esto es, sabores que no existían creados a partir de componentes conocidos. Por ejemplo, el Red Bull: ¿a qué sabe? A sí mismo, es único e inconfundible.
Es sabido que lo mismo ocurre con los libros, con el cine o con la música: por estar, está todo inventado, la cuestión es ir colocando y recolocando elementos hasta dar con una nueva fórmula magistral: ese solo tremendo, esa descripción emocionante, ese plano secuencia que quita el habla.
Uno de estos nuevos aromas, de los que estremecen hasta los dedos de los pies, topé hará un par de semanas, en un zapping, visitando la última joya de la producción televisiva nacional: Un burka por amor. Creo que uno de los momentos cumbre de la Historia de la pequeña pantalla se dio cuando, sobre la imagen de una pista de aterrizaje, apareció un subtítulo informándonos de que estábamos viendo Kabul. Exotismo a tope: entonces aterriza un avión de EasyJet, como si nada, y vemos a una Olivia Molina desembarcar más ancha que pancha en un aeropuerto que, si no era Ranón con un puñado de figurantes con la cara sin lavar, bien podría pasar por el vestíbulo de una oficina de Correos.
Nuevos sabores, nuevas emociones: algo de castizo, mucho de barato, quítame allá el pudor, un buen chorro de tópicos y bien de carne para que entre mejor. Y a correr.
