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diciembre, 2009

  1. Siete minutos: Siete (de las despedidas)

    Lo escribí el Jueves 31 de diciembre de 2009

    Aguarda, ya, con las 12 uvas dispuestas en un cuenco, a las correspondientes campanadas. Asiste a la explicación del presentador, en televisión, de lo que va a ocurrir en la Puerta del Sol. Todos los presentes en el salón observan la gigantesca pantalla de plasma, cuchicheando entre parejas, con sonrisas cómplices; o entre amigos, con contenidas carcajadas.

    Bien, esto se acaba. Recapitula, piensa en los cabos que quedan por atar: en apenas 50 segundos, cuando el presentador sugiere el último anuncio del año como algo exótico, excepcional o necesario, todo habrá terminado. No, no queda mucho por pensar: no puede quejarse de la vida que lleva, de los amigos que tiene, de la casa que mantiene, del trabajo que le agota y le ayuda a dormir bien.

    40 segundos. Un frasco de colonia vuela sobre un fondo negro en la pantalla de plasma, y las caras contenidas en el salón aprovechan para girarse y dedicar miradas de felicitación teñidas de nerviosismo: ¿sabrán comer las uvas? ¿Se evitarán atragantamientos insalvables? Él empieza a notar el champán subir por sus sienes, hacia la coronilla, y dejarse caer por todo su cuerpo: empieza a estar levemente borracho, pero con la satisfacción el año cumplido, y bien hecho.

    30 segundos. Empiezan los zooms, los avisos, el presentador desaparece de plano.

    20 segundos. Está cada vez más nervioso, y no sabe por qué: 2010 es su año; esta década, la suya.

    10 segundos. ¿Se le está olvidando algo? Se lo pregunta como si estuviera a punto de emprender un viaje en el tiempo, como si fuera a un lugar del que no estuviera seguro poder volver. No sabe, se pregunta, se inquieta… ¿Y si de verdad estuviera dejando todo lo demás atrás (comida, amigos, clima, libros, plantas, luz)?

    2 segundos. Ya da igual. Feliz 2010.


  2. Siete minutos: Seis (de los libros)

    Lo escribí el

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:58

    De pequeño le dijeron, como a todo el mundo, que la literatura era un universo de fantasía y aventuras; que encerraba sensaciones únicas; y así le dieron una copia mal impresa y con el lomo roído de Moby Dick. Llegó a la página 27, lo guardó y no ha vuelto a abrirlo desde entonces.

    Una posterior y momentánea manía por el orden le hizo encontrarlo y colocarlo, aunque sólo fuera como recordatorio de su fracaso, en la balda más alta de la estantería del salón. Allí ha permanecido, amenazante, presidencial y adquiriendo paulatinamente una pátina de polvo.

    En uno de los asaltos de limpieza anuales, volvió a vaciar toda la estantería y, cuando llegó al roñoso ejemplar de Moby Dick, tomó una decisión resolutiva: empapado en sudor como estaba, incómodo, con el suelo del salón copado de objetos (grapadoras, folios, carpetas, libros, regletas, pisapapeles, objetos decorativos, etc.) se dirigió, furioso y a trompicones, hasta la cocina; abrió la papelera y con una mueca de desprecio, lo tiró.

    Pasó tiempo antes de que pudiera arrepentirse, puesto que en aquel momento aún trataba de hacerse un hueco profesional y lo último en lo que pensaba era en leer; pero poco a poco empezó a recordar aquel tomo no como un detalle desafiante en mitad de aburridos manuales (“¡Conmigo no puedes!”), sino con la nostalgia de aquel olor a papel en descomposición, con el tacto rugoso y desagradable de las hojas amarillentas.

    En su incipiente estado de culpa, abrió cierto suplemento cultural un domingo por la tarde y encontró, como reportaje destacado, que se reeditaba Moby Dick en tapa dura, durísima, a un precio tan deliciosamente exagerado que le entraron ganas de pagarlo, sólo para saber qué se sentía.

    Corrió, el lunes, a por un ejemplar de su nuevo Moby Dick y, sin siquiera sacarlo de la bolsa, espero a que llegara la noche para colocar una lámpara adecuadamente, poner el sillón en su sitio y abrir la primera hoja. ¡Qué papel! Y empezar a leer, con enorme atención primero, frunciendo las cejas y acercándose al volumen: ¡Qué olor! Y pasar las páginas con avidez: ¡Qué edición!

    Disfrutó, durante un rato, del enorme libro que tanto le pesaba sobre el abdomen y lo depositó, agotado ya por un día de trabajo, sobre la mesilla. Se acostó y, satisfecho, durmió.

    Sigue leyéndolo, lo tiene en casa esperándole ahora mismo: pretendía terminarlo antes de que el 2009 se lo llevara, pero no ha sido posible. Brinda, y recoge un cuenco con doce perfectas uvas.


  3. Siete minutos: Cinco (de los amigos)

    Lo escribí el Martes 29 de diciembre de 2009

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:57

    Tener, siempre ha tenido amigos. Amigos, amistades, conocidos: cada cual le da un nombre, pero el caso es que la soledad nunca había hecho mella en él y eso no tenía por qué ocurrir. La única melancolía que pudo llegar a sentir fue más joven, cuando, sin batería en el iPod, se vio obligado a caminar bajo la lluvia sin paraguas sobre la cabeza ni música en los oídos.

    Con los años el grupo de amigos se ha ido reformando, mutando, creciendo y encogiendo, pero jamás ha llegado a desmembrarse del todo: de hecho esta noche, aquí, están todos los que son con sus mujeres, o novias, o desubicados en alguna esquina del salón mientras esperan a que termine el año y a que, aguardando una suerte de efecto 2000, el mundo dé un cambio radical a su alrededor con la última campanada.

    Él nunca ha sido consciente de la soledad que le ha sobrevolado, o que ha llegado incluso a apoderarse de él, porque creció aprendiendo a obviarla (de nuevo, sin pretenderlo). Por ejemplo, en septiembre más o menos, se encontraba en casa dispuesto a salir, planeando una noche con quienes hoy comparte fiesta. Dos de ellos ya tenían compromisos, uno de los desubicados trabajaba al día siguiente, el otro estaba fuera de la ciudad, otros tres estaban de viajes de trabajo y fue, por fin, el desubicado que ahora otea la sala despreocupado, el único que le ofreció compañía para la velada.

    Salieron, cenaron, rieron con carcajadas menos sonoras de lo habitual y se enfrascaron en una conversación intrascendente, luego trascendente, luego ascendente, luego descendente y, finalmente, en barrena emocional, aplacados por una ristra de gin-tonics y asidos a sus respectivos taburetes acolchados como si en ello les fuera la vida.

    Pero daba igual, porque no dejaban de reír aunque por dentro fueran quemándose y retorciéndose: volviendo a casa, sintió un atisbo de melancolía, que por suerte sus reflejos achacaron al alcohol ingerido y le recetaron, sabios, que se metiera en la cama urgentemente.

    A apenas tres minutos de la explosión final de amistad, que mantiene a todos los estómagos levemente tensos, nadie piensa en ello. Y él, por descontado, menos aún: hay cosas mejores de las que preocuparse.


  4. Siete minutos: Cuatro (de las plantas)

    Lo escribí el Domingo 27 de diciembre de 2009

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:56

    A pesar de esa tendencia a madrugar, como testimonio de la medida en que el trabajo estructura su vida, hasta este año le había resultado casi imposible establecer otro hábito, por sí mismo, que escapara a lo que está “obligado” a hacer. Sí que tiene sus hobbys, claro que le gusta que la casa esté cuidada, por supuesto que le entusiasma leer o establecer costumbres con sus amigos que le aten a un ciclo temporal determinado, pero jamás había logrado que entre los cuatro muros de su casa naciera y creciera algo propio.

    Pero alguien decidió regalarle por su cumpleaños una planta, de hojas verdes y carnosas, tanto que parecía de plástico. Él, en la fuesta que organizó en el apartamento, la agradeció al instante y la depositó, con la maceta envuelta y todo, en una mesa, sin prestar demasiada atención a la explicación que le daban.

    Fue al día siguiente, al ir a recoger los restos del día anterior (ceniceros a rebosar, copas mediadas en el baño, platos con restos de comida esparcidos por el suelo del salón, camas deshechas, bufandas perdidas tras los butaciones) cuando reparó de nuevo en el obsequio y, sin pretenderlo, fue a rozar las hojas cuando, al tacto, se dio cuenta de que era necesariamente natural. Se asustó y, por pudor, evitó llamar a quien se la había regalado para preguntar qué cuidados necesitaba.

    Pero el simple hecho de haber sentido la pulsión de cuidar aquella planta le catapultó a la floristería más cercana, a consultar, como quien no quiere la cosa, qué debía hacer: regarla con profusión cada dos días, remojar las hojas de vez en cuando usando un aerosol, y tenerla en un lugar iluminado el máximo de tiempo posible.

    Así lo hizo, y con los meses ha ido creciendo, engordando, reproduciéndose hasta resultar en un objeto especial y cambiante que, con mirarlo, le provoca la satisfacción del “lo he hecho yo”. Poco a poco, se ha propuesto ir comprando más, y cuidándolas y alimentándolas.

    Se sonríe al ver, en una esquina del salón (y con la copa de champán siempre en la mano) unas macetas igual de artificiales en apariencia, pero igual de vivas y carnosas en realidad, que la que él atesora en el alféizar de la ventana. Tan sólo cuatro minutos…


  5. Ángeles rebeldes

    Lo escribí el

    angelesrebeldes Angeles rebeldes

    Robertson Davies

    Traducción de Concha Cardeñoso

    Barcelona, Libros del Asteroide

    2008 (original de 1981)

    Por fin asisto a la primera parte de la trilogía de Cornish, igual de fascinado que a las otras dos pero, no obstante, muy sorprendido.

    Sorprendido porque el tono, la estructura y la narración nada tienen que ver con los otros dos libros, sino que resultan completa y absolutamente independientes (que no incoherentes): por eso a lo largo de esta lectura no he dejado de preguntarme qué hacía de la trilogía de Cornish eso, una trilogía, más allá de que los personajes se llamen igual. Pero a esto habrá que dedicarle otra entrada.

    El libro en sí juega a la perfección con las voces de los personajes, sirviéndose de ellos y de unos diálogos de ritmo pausado pero firme para construir escenas tremendamente ricas en detalles y cubiertas, además, con ese tufillo académico-erudito en el que Davies nos quiere sumir.

    Lo mismo sucede con el resto de “ambientes” de la novela: el gitano, el estudiantil, el estudioso, el amoroso, el pervertido, el privado… Todos ellos se configuran definiendo el espacio y la acción con precisión milimétrica, utilizando además anécdotas y pequeñas historias dentro de la historia para mantener el interés del lector.

    La traducción desempeña, una vez más, un papel fundamental en el desarrollo del libro: la escritura de Davies es, más que nunca, la herramienta sobre la que se sostiene todo, ya que logra poner a sus personajes a teorizar sobre la ciencia del bomarí, o sobre Rabelais, estableciendo un discurso divulgativo a la vez que pedante hasta lo levemente grimoso; es decir, proporcionar la información ironizando, a la vez, con sus personajes y sin resultar obvio.

    Transportar eso al español, igual que la agilidad de una sintaxis ferozmente divertida cuando toca, son los retos a los que se enfrenta una edición de esta clase, que puede resultar, sólo por este factor, absolutamente infumable. Pero, por suerte, no es ni de lejos así.