Pasadas las 12, se abrió la puerta al fondo del pasillo y una enjuta figura de metro setenta lo atravesó a toda prisa, escoltado por dos policías nacionales que le sentaron a apenas dos metros de mí. Iba cubierto con una braga y un gorro, fuera de la sala tan solo le espetaron un «¡Eres mierda!» que nos subió un par de palmos tráquea arriba el nudo que ya arrastrábamos quienes sabíamos para qué estábamos allí.
—Por favor, tome asiento. Sabe que tiene derecho a no testificar en su contra; tiene derecho a responder a todas, alguna o ninguna de las preguntas que se le formulen.
—Sí, señoría —repuso la figura con la voz temblando—. No voy a responder a ninguna pregunta, no quiero declarar porque estoy muy nervioso y no quiero.
No es habitual que estos juicios sean públicos: la causa es contra J.R.B.L., que el 14 de abril de 2008, como profesor de educación física, pidió a R.M.R.P. (7 años) que le acompañara al cuarto de materiales del colegio para enseñarle un «juego de percepción sensorial» (no es un vomitivo eufemismo: es el término utilizado por el acusado y su defensa a lo largo del juicio), del cual no daré más detalles.
Comenzamos por escuchar, con el nudo en la garganta apretando ya alguna lágrima, la exploración que el psicólogo de la Guardia Civil practicó a la menor; media hora de declaración en vídeo con la pantalla vuelta de espaldas al público y el acusado agitando nerviosamente el pie contra el parqué, tras negarse a contemplar las imágenes.
El horror no mira a los ojos. No miró ni a los padres, ni al director del colegio, ni a los agentes que testificaron, ni a su abogado, ni al de la acusación, ni al público, ni al presidente de la sala. Miró al infinito durante las casi 6 horas de juicio, sin dejar de mover el pie. El horror no busca más que salir lo más indemne posible de su primer delito, de recibir la menor pena de cárcel posible, de librarse tras pedir a la familia uno de los perdones menos sinceros que jamás he tenido la desgracia de escuchar.
Como decía, no quiero dar más detalles del caso, pero lo que aquí se juzgaba era, básicamente, si había existido penetración o no. De eso pende que al pollo que caiga un año de cárcel o que le caigan diez; en cualquier caso, la inhabilitación es por seis años y luego supongo que puede volver a dar clase.
Jueces y magistrados mantenían el semblante serio durante las más de seis horas de juicio, y sólo resoplaron con el alivio del que ha terminado otro largo día en la oficina cuando sacaron al acusado de la sala, pasadas ya las siete de la tarde: ya era de noche, reinaba el silencio en la Audiencia. Los padres de la niña esperaban en el pasillo a que saliera su abogado, con alguna lágrima reseca y mirando curiosos a todos los que salíamos como público. «Mucha suerte», les dijimos uno tras otro. Apenas quince minutos antes, el abogado de la defensa había logrado sembrar la duda. «Queda visto para sentencia.»
