Traducir y callar
Estudio cuarto de carrera de la licenciatura (sí, licenciatura) de Traducción e Interpretación, el último curso. No me pondré ahora a relatar en qué ha consistido y consiste mi formación en “la segunda profesión más antigua del mundo”; baste decir que me han dado clase 5 profesores (cinco) en toda la carrera que hayan practicado la traducción profesional en algún momento de sus vidas y que los otros (más de diez, y de 20 me atrevería a decir) eran lingüistas, filólogos, o mejor, teóricos de la traducción que nunca han traducido (paradojas de la vida).
Ocurre con frecuencia que se organiza algún debate en clase sobre esas marcianadas que tanto nos gustan: la invisibilidad del traductor (¿hasta qué punto se tiene que notar que estamos ante una traducción?), cómo hay que afrontar la traducción de determinado tipo de texto (¿leerlo previamente o no? ¿usar software de apoyo o hacerlo a pelo?), y mi preferido: euros.
La obsesión que ha desarrollado cierta gente en esta carrera —fomentada, en ocasiones, por conferenciantes con problemas para pagar las facturas— por los euros y la situación laboral del traductor les ha convertido en aguerridos sindicalistas de cuchillo entre los dientes antes incluso de asomarse de lejos a lo que es el mercado: escuchar hablar a veteranos del mundillo que han tenido que luchar por leyes que reconozcan nuestro estatus les envalentona y llena el espíritu de ganas de venganza contra el empresario maligno.
Entretanto, se van nutriendo, en su burbuja de instituto —”¡Mierda, este 5,2 me baja la media!”—, de lo que los lingüistas insertan en sus cerebritos: un mundo idílico en el que se traduce un párrafo por hora, en el que cada recoveco del texto se puede y debe explorar, en el que la traducción es una actividad científica, compleja, para la que hacen falta un método y sabiduría teóricas que, por supuesto, nunca adquiriremos (e ignorantes moriremos).
Con este unvierso cocinado en los pasillos, despachos y congresos de facultades mal iluminadas rondándome, estaba hace unas semanas en casa cuando sonó el teléfono: “Alejandro, soy X. Tengo una traducción para ti; cambio climtáico; 70 páginas; fatal escrito; te lo mando.”
Otra vez la adrenalina, otra vez noches sin dormir, otra vez correr, volar, pasar páginas del diccionario, comer delante del ordenador. Otra vez curro del que nos motiva a los que nos gusta el tipo de trabajo que en algún momento te lleva a preguntarte: “¿En qué hora…?” Otra vez traducir el doble de lo recomendable en un día, otra vez sonreírse al pensar en el libro acabado. Otra vez, la satisfacción que pocos entienden o quieren entender: otra vez, traducir y callar.
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