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a octubre 12th, 2009

  1. De cómo perdimos la razón

    Lo escribí el Lunes 12 de octubre de 2009

    El mundo de Internet en general y el de los blogs en particular siempre me han parecido fascinantes. Y es que en esta soleada mañana de octubre acabo de toparme con dos nuevos fragmentos de la locura que ha engendrado la Red de redes: en primer lugar, Google Wave, el nuevo despropósito de la macroempresa californiana para sorbernos los sesos y que sirve para… ¡Hacer relaciones sociales, hablar con los amigos y compañeros de trabajo en directo, compartir archivos, estar conectados! Me cuesta contener la emoción ante tan innovador y práctico recurso. ¿Qué será lo próximo? ¿Google Splash, para bañar a tu perro virtualmente?

    Lo segundo con lo que he tropezado ha sido con un refrescante artículo (que no enlazo porque lo voy a poner a caer de un burro) sobre cómo escribir una entrada diariamente en tu blog. Una de las claves es la aplicada en el propio artículo: adaptar libremente otro ya publicado, incluyendo un enlace al final y procediendo, a continuación, a bombardear con él todas las redes sociales y comunidades habidas y por haber. A todos nos gusta ser leídos, pero como bien apunta la “autriz”: “Cantidad no significa calidad.” Gracias, autriz.

    Esto entronca con la peculiar noción de éxito que tiene la gente de esta calaña. Miden el éxito de un blog por los millones de visitas que recibe, por los comentarios que le dejan, por la prontitud de sus actualizaciones. Todo esto está muy bien, pero ¿dónde quedó el gusto por releer los artículos pasado un tiempo y no avergonzarse de ellos? ¿Dónde quedó la necesidad de cuidar UN POCO nuestra lengua y no vomitar frases inconexas desde un móvil para que las lean nuestros 658.000 contactos de Twitter en menos de 30 segundos? ¿Dónde quedó la calidad, suplantada por la afición a anegar la Red a base de insulsas entradas con el único fin de recibir un puñado de visitas más? Si dedicáramos algo más de tiempo a hacernos un buen café y a lecturas distintas del catálogo del Carrefour, Internet sería un lugar mejor. Creo.


  2. Autoayúdate

    Lo escribí el

    Niños con pijamas de rayas aparte, existe un fenómeno editorial único en su especie e irresistible por derecho propio, en la sección de autoayuda, que me tiene atrapado desde hace días: El Secreto o Ley de la Atracción (con muchas mayúsculas, como mandan los cánones del género).

    Se trata, aparte de una premisa absurdamente perfecta, de toda una demostración del arrojo moral necesario para lanzarse a hacer dinero con estos manuales. Ahí va: si uno desea ciertas cosas para sí con toda su convicción, éstas acuden dóciles gracias a la señal magnética (!) que todos emitimos. ¿Genialidad o timo? Por si acaso, había que probar: quizás en el epílogo me enseñasen a lanzar rayos por los ojos o a pulverizar nueces con la mente.
    Comencé mi investigación en la Red de redes, donde encontré un avezado resumen de la técnica en cuestión cortesía de unos fans, que incluía este tonificante símil entre el milagro propuesto y la electricidad: «Yo no sé cómo funciona [la electricidad]. Pero sí se [sic] esto, que puedes cocinar la cena de un hombre con electricidad, y también puedes cocinar al hombre».
    En fin, estaba cada vez más claro que mi camino hacia una vida de superpoderes y telekinesia estaba abonada: ya tengo encargado el traje de mallas y ando dándole vueltas a un apodo atractivo para mi otro yo.
    Ahora espero ansioso una segunda parte con la que detener balas con los dientes, construir bombas nucleares con Mistol o hacer vudú usando el Facebook: y todo, gracias a la autoayuda. No lo duden y háganse un favor: ¡autoayúdense!