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septiembre, 2009

  1. Canta conmigo

    Lo escribí el Domingo 27 de septiembre de 2009

    logoculturasLa escena tuvo lugar el fin de semana pasado en la RAI: neumática presentadora italiana anuncia la actuación del  grupo Muse, el más «eclettico, innovativo e coraggioso» de la música británica, con un entusiasmo digno de la era más tenebrosa de las galas ‘Murcia, qué hermosa eres’. Comienza a sonar la batería del último single de Bellamy y compañía, ‘Uprising’, y sorpresa: cada componente del trío está tocando un instrumento que no es el suyo (en general, a destiempo). Resulta que les pusieron a hacer playback y los muchachos, ni cortos ni perezosos, aprovecharon para demostrar sus «aptitudes» en otros campos. Ninguno de los presentes pareció enterarse, por cierto: entrevistaron al batería, crecido en su papel de cantante por un día, sin inmutarse lo más mínimo.

    Con el revuelo que se ha armado en Internet con este asunto han empezado a florecer otros casos célebres de ironía en «riguroso directo»: tenemos a Iron Maiden pasándose alegremente las guitarras y baquetas de mano en mano en un programa alemán de 1986 o a Oasis haciendo lo propio en la televisión inglesa, inventándose hasta la letra.

    Hay quien dice, como los fans de los grupos mencionados, que habría que lapidar a quien lo utiliza, pero, tras haber topado con un vídeo de alguna ‘starlette’ cantando en directo del bueno, no les quepa la menor duda de que más de uno nos están haciendo un favor. Y de los gordos.


  2. Malditos Bastardos

    Lo escribí el Jueves 24 de septiembre de 2009

    Malditos Bastardos

    Qué miedo da Tarantino cuando se pone detrás de una cámara. Su habilidad para forzar estilos y lenguajes cinematográficos le ha llevado, con los años, a producir grandes maravillas y obras fallidas (nunca truños, porque bueno es): de ahí el temor y el recelo con el que acudimos a ver Malditos Bastardos: ¿una incursión de más de dos horas y media en el género bélico-nazi? Caramba…

    El experimento no sólo sale bien, sino que sale redondo: cójase Kil Bill y subsánense los errores narrativos cometidos; aderécese todo con una buena dosis de sobriedad y elegancia y se tendrá esta película. Puede que el hecho de que a servidor la filosofía oriental le de exactamente lo mismo tenga algo que ver, pero vaya, quedándonos en lo puramente cinematográfico, le da mil vueltas.

    Posee un ritmo pausado, casi teatral y muy deudor del mejor cine clásico: no abundan los escenarios, predominan los diálogos y un argumento sólido, que se aguanta por sí solo incluso fuera del contexto histórico. La trama no gira en torno a los Bastardos, en realidad, sino que reposa sobre los hombros del Coronel Landa, uno de los personajes mejor construidos por Tarantino. Es él quien se hace con las escenas de diálogo, quien crea la desasosegante sensación de saber siempre algo que el espectador desconoce, quien posee la clave de toda la historia.

    Por otro lado, la historia progresa firme y contenida, aunque algunos detalles (no doy datos por no reventarla) hacen pensar en una concepción más cercana al cine negro: empezando por el final y llegando al principio, desde donde se irá avanzando, perdiendo y confundiendo al espectador, hasta desvelar la sorpresa final. Una vez más, Malditos Bastardos hace gala, en este sentido, de una buena cantidad de referencias, sin por ello apabullar al espectador con su erudición u obligándole a “darse cuenta”  de una brillantez del autor

    El resultado es una historia cerrada y redonda, sin fisuras; de ritmo cadencioso, complicado pero perfecto… Un peliculón, arriesgado y no para todos los públicos, pero un peliculón con todas las letras.


  3. Lo que arraiga en el hueso

    Lo escribí el Lunes 14 de septiembre de 2009

    Lo que arraiga en el huesoLo que arraiga en el hueso

    Robertson Davies

    Traducción de Concha Cardeñoso

    Barcelona, Libros del Asteroide

    2009 (original de 1985)

    Desde ya mismo, una recomendación completa y absoluta. Recalé en este libro sin pretenderlo, como algo casual: alguien estaba poniendo orden y dio con el volumen en una estantería en la que no debía estar. “Ya me lo he leído, está genial, llévatelo si quieres.”

    Pues, efectivamente, ataqué. Y es un libro largo, es complejo, pero no se cae de las manos en ningún momento. Es una novela en el sentido más clásico de la palabra, casi decimonónico: el protagonista nace, vive, muere y le ocurren mil y un avatares, pero con un par de guiños narrativos que hacen del relato algo perfectamente moderno.

    También remite a otros tiempos en el nivel lingüístico: el ingenio de Davies no reside en su habilidad para componer frases brillantes, ni para llevar la historia por derroteros osados. Lo que logra, como (aparente, al menos) currante de la literatura, es presentarnos los hechos en una lengua neutra, casi insulsa, logrando así que poco a poco olvidemos que es él quien está detrás de lo que estamos leyendo, y además, confiriendo muchísima más potencia a lo que ocurre en el libro. Porque parece una crónica, parece real.

    Uno de los mayores riesgos de este tipo de escritura es que uno no se puede permitir anunciar lo gris y aburrido que era el Canadá de principios de siglo así, tal cual. No, uno tiene que buscar un personaje que lo piense, y más tarde tiene que ocuparse de recargar el segmento correspondiente de descripciones y aburrimiento para que el lector termine de entenderlo: Davies logra este tipo de hitos sin perder el equilibrio o el pulso narrativo, como si se tratase de una carrera de fondo.

    Nada queda abierto en Lo que arraiga en el hueso, como decía, por esa magnitud de otro tiempo que tiene. Pero, tras haberlo leído, queda cierto regusto de que algo se ha escapado, de que quizás la historia esté incompleta: sospecho que es simple y llanamente porque se trata de la segunda parte de una trilogía, la de Cornish, que aunque fuera concebida para ser leída de manera compartimentada sin duda guarda una coherencia que me encantará descubrir.

    Sólo queda el fuerte aplauso para Libros del Asteroide: es el segundo libro suyo que cae en mis manos (el anterior fue Vida de Manolo, una joya de Josep Pla mucho más breve) y la edición es absolutamente impecable. Tipografías cuidadas, una traducción sin fisuras, bien trabajada… Conste que sólo menciono el trabajo editorial y el de Concha Cardeñoso porque casi siempre me tiro de los pelos al llegar a este punto, pero, por suerte, este es uno de esos deliciosos casos en los que lo único que hay que hacer es sentarse y disfrutar de un libro excepcional. Como tiene que ser.


  4. Mi literatura

    Lo escribí el Sábado 12 de septiembre de 2009

    logoculturas

    Desde que descubrí que cualquier plumilla que se precie tiene «su literatura», quise una: por lo que he podido averiguar, se trata de una especie de mascota sedosa y rechoncha a la que no le puede dar Cabrales pasadas las 12, y a la que es obligatorio referirse con cierto énfasis en el posesivo: «Mi (espacio) literatura», ha de decirse. Fíjense qué emocionante: la de este evolucionaba hacia el mal (amigo escritor, hay que leerse las instrucciones: nada de bañarlas), la de aquel maduraba, la del de más allá estaba definida por el erotismo, y la del otro «muestra la infancia como un paraíso perdido». Sin duda, parecía una inversión prometedora.

    Logré que me regalaran una por mi cumpleaños, hace un par de meses, y de momento no he conseguido más que evitar que haga sus necesidades en la balda de los diccionarios y que salude con la patita si tiene el día simpático. Por lo demás, eviten comprársela: no me advirtieron de que la literatura de uno hace preguntas, tortura el alma y esclaviza al autor, maldito de por vida. En casa sospechamos, además, que se come los macarrones directamente de la caja y, cuando hay luna llena, nos mira de una forma un poco extraña: a mí se me hace cada vez más peliagudo mirar debajo de la cama.

    Entretanto nuestros audaces escritores, los Ángel Cristo de la doma de letras, ya las tienen creando intrincados laberintos polifónicos de personajes multidimensionales, o como se diga. ¿Será el clima?


  5. Dos grandes portadas del New Yorker

    Lo escribí el Martes 8 de septiembre de 2009

    Uno de los primeros detalles que más ansío cuando saco la revista del plástico y retiro el folio con mi dirección es la portada que me encontraré. Siempre son dibujos a página completa, que en la mayoría de los casos cuentan una historia por sí mismos; bien sea irónica, bien sea alusiva al momento del año correspondiente.

    Las dos últimas que me han llegado (24 y 31 de agosto) tienen un toque nocturno-veraniego. La primera, además, melancólico; la segunda, romántico que me resultan de lo más sugerente. Además los azules, la gama de colores y el tratamiento de las formas, casi de cómic, las convierten en dos de mis favoritas de este año. Ahí van:

    New Yorker 24-08


    New Yorker 31-08-09

    PS: Siento no haberlas conseguido en un tamaño algo más reseñable…