Es conocida la dificultad de un enorme número de gijoneses para levantar la mirada de las estilosas aceras de nuestra ciudad; lo cual, unido a la supersónica velocidad a la que caminan, con las manos en la espalda, les convierte en auténticas apisonadoras.
En las estrechas calles del centro, resulta casi más seguro pasear por el centro de la calzada que transitar por ese sanfermín humano que organizan los viandantes a media tarde; pero lo preocupante es que en el mismísimo Muro, con su anchura de autovía de dieciséis carriles, se corre riesgo de atropello.
En esto que andaba yo pegado a la barandilla blanca, disfrutando del sol y del mar cuando, como si acabase de meterme en una justa medieval improvisada, vi acercarse en mi misma dirección a un cuasi vigoréxico y decididamente moreno gijonés bien entrado en años, con los consabidos pantalones cortos y la camiseta en la mano, concentrado, por supuesto, en la calidad del cemento que recubre el paseo.
Decidí no apartarme, aunque sólo fuera por averiguar si el problema era de miopía, de orgullo o de convicción; el tipo, consciente ya del choque, frunció el ceño y apretó el paso cuando sólo nos quedaban un par de metros.
Y no, no frenó: embistió y, ya de paso, me lanzó en la trayectoria de un carrito con su bebé kamikaze. Tonterías, las justas. Advertidos quedan.