Ver la segunda parte.
Por eso cuando estuve cerca del mirador, toda la soledad se había esfumado. Fotografié lo que me rodeaba, me di cuenta de que, paradójicamente, no había nadie a mi alrededor y comencé la vuelta. No sabía si me estaría esperando, si ya se habría marchado, si seguiría en aquella terraza donde le había dejado, delante de una copa, tan seguro de que mi espantada no era más que un arrebato; pero sí sabía que no valía la pena desaprovechar este día.
Se lo hubiera perdonado de no haber conocido a aquella zorra. Pero, para su desgracia, la conocía.
El sol, ya semioculto tras los edificios, aún tenía fuerza para lanzar brillantes reflejos sobre la bahía, y yo apreté el paso. La fina capa de sudor comenzaba a cristalizar, a secarse sobre mi piel con el salitre que me traía el viento de la tarde. Parecía que todo lo que se había recalentado volvía a enfriarse, y que la tarde se encaminaba hacia la cena, repentinamente, a mucha más velocidad de la esperada.
Apreté el paso, con un nuevo nudo creciéndome en el pecho: ahora, por la posibilidad de que las últimas horas de esta jornada súbitamente especial se me escaparan entre los dedos.
Fantaseé con la ducha, con la sesión de terraza en buena compañía; me ilusioné con encontrarle en el hotel preparado para hacerme creer que nada (importante) había ocurrido, aceleré aún más al ver que la tarde se despedía definitivamente. Pero todo aquello empezó a desvanecerse cuando, llegando de vuelta a El Norte, la playa seguía tan llena como antes (puede que algo menos); y todo permanecía en el mismo lugar en el que lo había dejado (como un flash-back al revés, con menos luz). Quizás, el gran paseo no había servido para nada; quizás, a fin de cuentas, no era tan buena idea volver al hotel.

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